Capitulo 11: El reencuentro

788 Words
Cinco años habían pasado desde aquella boda que selló destinos y silenció verdades. Aunque Elise no había llegado a amar a Maurice como amó a Héctor, con el tiempo aprendió a tenerle un profundo cariño y aprecio. Ahora celebrarían sus cinco años de matrimonio, conocidos como las bodas de madera, un símbolo de unión sólida que, en su caso, carecía de la calidez del amor verdadero. Leonard Meyer, su hijo de cuatro años, crecía ajeno a los secretos que lo rodeaban, creyendo firmemente que Maurice era su padre biológico, aunque este sabía en silencio que Héctor, el gran amor de Elise, era el verdadero padre del pequeño. Aquella mañana comenzó con Maurice dejando, como de costumbre, una rosa roja al lado de la cama de Elise. Sin embargo, esta vez había algo diferente: una nota con palabras llenas de amor. “Eres la mujer más hermosa que existe en este mundo material. Te amo”. Aquella rosa y esas palabras eran un recordatorio de la promesa que hizo Maurice cuando decidió luchar por el amor de Elise, prometiendo que algún día lograría conquistar por completo su corazón. Y aunque había tardado, sentía que poco a poco lo estaba logrando. Elise despertó, tomó la rosa entre sus manos y, con una leve sonrisa, bajó las escaleras donde fue recibida por el cálido aroma del desayuno recién hecho. —¿Y ese aroma? —preguntó mientras se acercaba a la mesa decorada para un desayuno familiar. —¡Mamá! —gritó Leonard al verla, corriendo hacia ella. —¿Y esto? —murmuró Elise, sorprendida por la hermosa presentación del desayuno. —¿Te gusta, mamá? —preguntó el pequeño con emoción. —Me encanta —respondió Elise, mientras dirigía su mirada a Maurice. —Te amo —susurró él, antes de recibir un suave beso de Elise. Todo parecía ser risas y alegría, pero alguien desde afuera de la residencia observaba aquella escena familiar con una mezcla de tristeza y resignación. Después de desayunar, Maurice llevó a Leonard con sus suegros, los Lambert, mientras Elise se dirigía a su boutique, donde había encontrado su refugio en los últimos tres años. Horas más tarde, mientras organizaba los escaparates, la campanilla de la puerta anunció la llegada de un cliente. —Bienvenido a Lambert Meyer. ¿En qué puedo ayudarle? —preguntó sin levantar la vista. —Necesito un regalo especial para una reunión de negocios —respondió una voz masculina que le resultó inquietantemente familiar. Elise levantó la mirada y su corazón pareció detenerse. Frente a ella estaba Héctor Grimaldi, el hombre que una vez amó con locura y cuyo recuerdo todavía dolía. —Héctor... —susurró, incapaz de ocultar su conmoción. —Elise... no esperaba encontrarte aquí —respondió él, tratando de mantener la compostura—. Regresé por negocios y necesitaba un regalo para una cena importante. —Claro, te prepararé algo especial —dijo ella, intentando controlar el temblor en sus manos. El silencio entre ellos era denso, cargado de emociones no resueltas. Mientras Elise envolvía el obsequio, Héctor no pudo evitar preguntar: —¿Cómo has estado? —Bien. La vida ha seguido su curso —forzó una sonrisa—. Tengo un hijo de cuatro años. La noticia golpeó a Héctor como un puñal. Tragó saliva antes de responder. —Eso es... maravilloso. ¿Y tu esposo? —Maurice está bien. Muy amoroso y dedicado. La conversación fue interrumpida por un joven que entró con un enorme ramo de 50 rosas rojas. —¿Es usted la señora Elise Meyer? —preguntó el repartidor. —Sí, soy yo —respondió Elise. Elise firmó y recibió el ramo con una sonrisa, mientras Héctor observaba en silencio. Fue entonces cuando comprendió que el amor que él creía eterno, ahora pertenecía a otro hombre. —Disculpa, Héctor, mi esposo es muy detallista —comentó Elise con una mezcla de ternura y orgullo. —¿Esposo? —repitió Héctor, como si la palabra le quemara en la garganta. —Sí... Maurice. Él es un hombre maravilloso. El silencio volvió a posarse entre ellos mientras Elise terminaba de envolver el regalo. Cuando finalmente se lo entregó, sus manos se rozaron inadvertidamente, provocando un escalofrío en ambos. —Gracias. Es perfecto, como todo lo que haces —murmuró Héctor, antes de girarse para irse. —Fue un placer verte de nuevo, Héctor —respondió ella, con una sonrisa agridulce. Mientras Héctor salía por la puerta, no pudo evitar mirar una vez más a Elise, preguntándose qué habría sido de ellos si hubiera tomado otra decisión en el pasado. Ahora, todo lo que alguna vez soñaron se había desvanecido, y él solo podía cargar con el peso de su propia decisión.
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