Emma sintió un escalofrío recorrerle la espalda al escuchar la seguridad en las palabras de Caílin. Aquello no era solo una insinuación, sino un plan cuidadosamente calculado para reemplazarla.
La ira comenzó a bullir dentro de ella, pero se obligó a mantener la calma. Había aprendido a lo largo de los años que el momento adecuado para actuar era crucial, y ahora no era el momento de irrumpir en esa conversación. No sin saber con exactitud hasta dónde llegaban las intenciones de ambos.
—Es cierto que Emma ya no tiene nada que ofrecerme —admitió Elijah, su tono despreocupado le provocó una nueva punzada de dolor—. Pero eso no significa que deba volver atrás.
Caílin guardó silencio por un instante, y Emma pudo imaginar la decepción en sus ojos. Sin embargo, la mujer no parecía dispuesta a ceder.
—No es cuestión de volver atrás, sino de seguir adelante —dijo, con un toque de súplica—. Podemos recuperar lo que teníamos, sin las complicaciones. Ahora que ella está fuera de la ecuación...
Emma se apartó de la pared, respirando hondo para contener la furia que amenazaba con desbordarse. Con cada palabra que Caílin pronunciaba, sentía que se abría una grieta más profunda en lo poco que quedaba de su relación con Elijah. Pero sabía que irrumpir en el despacho solo los alertaría. Necesitaba un plan y, más importante, necesitaba pruebas de lo que realmente se estaba gestando a sus espaldas.
Emma se quedó inmóvil, con la espalda pegada a la pared mientras Caílin continuaba hablando. Su voz ahora sonaba agitada, con una mezcla de resentimiento y dolor.
—Elijah, no te olvides de quién fue el que falló en nuestra relación —espetó Caílin, su tono afilado—. Fuiste tú quien se acostó con Emma, tú el que arruinó lo que teníamos. Si las cosas terminaron, fue por tu culpa, no por la mía.
El silencio que siguió pareció eterno. Emma, con el corazón acelerado, sintió cómo una oleada de emociones la atravesaba. Sabía que había habido infidelidades y traiciones, pero escuchar a Caílin arrojar aquellas acusaciones lo hacía aún más insoportable. Y sin embargo, no se movió; debía escuchar hasta el final.
Dentro del despacho, Elijah suspiró pesadamente, como si se le agotaran las fuerzas para continuar con la discusión. La voz de Caílin se quebró en sollozos, y Emma, desde su escondite, pudo imaginar la escena: Caílin cubriéndose el rostro con las manos, mientras él extendía los brazos hacia ella en un gesto automático.
—No llores —dijo Elijah, con una aspereza que apenas podía disimular el cansancio—. No vale la pena lamentarse ahora.
Sin embargo, Emma alcanzó a ver, por el resquicio de la puerta entreabierta, cómo Elijah la abrazaba, estrechando a Caílin contra su pecho. No pudo soportarlo más.
Se giró y se escabulló de regreso a su habitación, con la imagen grabada en su mente y una sensación de asco que se enroscaba en su estómago. La realidad de su matrimonio se le revelaba con toda su crudeza, y la ira que había reprimido durante tanto tiempo comenzaba a volverse peligrosa.
Horas más tarde, el ruido de la puerta al abrirse de golpe la sacó de sus pensamientos. Elijah entró tambaleándose en la habitación, el fuerte olor a alcohol lo precedía. Sus ojos inyectados de sangre la miraban con un odio que Emma nunca había visto tan claro.
—Mírate —gruñó, con voz arrastrada—. Me has sumido en este asqueroso matrimonio, y para qué... para nada. ¡Para nada!
Emma no se movió de donde estaba, observándolo con una mezcla de desprecio y resignación. El Elijah que tenía frente a ella no era más que la sombra de un hombre derrotado, tratando de culparla por sus propias decisiones y errores. Se preguntó cuántas veces más la culparía antes de aceptar su propia responsabilidad, pero no pensaba quedarse para averiguarlo.
—Tú fuiste quien eligió este camino, Elijah —dijo con voz fría—. No yo.
El hombre dio un paso hacia ella, tambaleándose levemente, y lanzó una carcajada amarga que resonó en toda la habitación.
—¡No te atrevas a culparme a mí! —gritó, señalándola con un dedo acusador—. ¡Siempre has sido tú! Tú y tu maldita familia... no eres más que una carga.
Emma lo miró fijamente, sintiendo cómo la última pizca de empatía que le quedaba por él se desvanecía por completo. En su mente, ya no quedaba espacio para el perdón.
Elijah avanzó con pasos inestables hacia Emma, tambaleándose por el alcohol en su sistema. La furia en su mirada parecía disiparse por momentos, siendo reemplazada por un brillo distinto, uno que ella había visto antes en él. Sin pedir permiso, hundió su rostro en el cuello de Emma, inhalando profundamente su aroma, un gesto cargado de una familiaridad que solo la enfureció más.
—A pesar de todo —murmuró contra su piel, su voz grave y arrastrada—, sigues siendo una mujer deseable.
Emma sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo, pero no era del tipo que provocaba un buen recuerdo. Al principio, lo empujó con fuerza, apartándose de él lo mejor que pudo, pero Elijah insistió, su mano firme en su espalda la mantenía cerca.
Antes de que pudiera protestar de nuevo, la besó con una intensidad voraz, la misma que tantas veces la había confundido y enredado en aquel matrimonio disfuncional.
Intentó resistirse, sintiendo una mezcla de repulsión y deseo que la invadía. Sin embargo, en la oscuridad de aquella noche y bajo la carga de todas las emociones reprimidas, el rechazo inicial de Emma se fue transformando. La lucha dio paso a una respuesta mutua, la rabia y el dolor fundiéndose en un impulso primario.
Elijah no dejó de besarla, y ella, quizás por despecho o por el eco de un amor antiguo que alguna vez creyó real, se entregó a ese instante. Las caricias se volvieron desesperadas, y ambos cayeron juntos en la vorágine de sus propias contradicciones. Pasaron la noche entre sábanas que ya no hablaban de amor.
Emma despertó con la luz de la mañana filtrándose a través de las cortinas, bañando la habitación en un resplandor frío que la hizo parpadear varias veces. Al abrir los ojos y notar el brazo de Elijah sobre su cintura, una ola de vergüenza y furia la golpeó con fuerza. ¿Cómo había caído en eso de nuevo? ¿Cómo había permitido que el hombre que tanto despreciaba lograra enredarla otra vez?
Con cuidado, retiró el brazo de Elijah y se deslizó fuera de la cama, sintiendo una mezcla de hastío y repulsión. Miró a su alrededor, viendo las señales de la noche anterior como marcas de una batalla perdida. Sin hacer ruido, empezó a recoger sus cosas, empaquetando rápidamente sus pertenencias. Ya no había nada que la atara a ese lugar. Ya no.
Abandonó la habitación antes de que Elijah despertara, cerrando la puerta con un suave clic y avanzando por el pasillo con determinación. Al llegar al vestíbulo, la esperaba María, su sirvienta leal, con el rostro preocupado. Al ver a Emma, María se acercó con cautela y le tendió la mano, pero la mirada firme de Emma le indicó que era mejor no decir nada.
—El auto está listo, señora —dijo María en voz baja.
Emma asintió, agradecida por la discreción de la mujer. No podía permitirse titubear, no ahora. Se dirigió al coche que la esperaba frente a la entrada de la hacienda y subió rápidamente.
Cuando el vehículo comenzó a alejarse, Emma se giró para observar la casa que se desvanecía en la distancia, ese lugar que había sido su prisión y escenario de tantas humillaciones.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, y ella las secó con el dorso de la mano, apretando la mandíbula para contener el dolor que la invadía. La rabia se filtraba en cada lágrima que caía, transformando su tristeza en una promesa.
—Algún día volveré —murmuró con la voz temblorosa, pero llena de una resolución inquebrantable—. Y cuando lo haga, me vengaré de todos ustedes.
Mientras el coche avanzaba, Emma cerró los ojos y dejó que el peso de su decisión la empujara hacia un nuevo destino, uno donde su regreso no sería con súplicas ni lamentos, sino con la fuerza de alguien que no tiene nada que perder.