El amanecer bañaba la mansión Patrovla con tonos dorados, iluminando las paredes decoradas con arte ruso y muebles clásicos. Emma despertó con una sensación extraña, como si algo en el aire hubiera cambiado. Mientras Brenda aún dormía profundamente en su habitación, Emma bajó a la cocina, encontrándose con Raúl leyendo el periódico y María preparando el desayuno. —Buenos días, mi tesoro —saludó Raúl con su característico tono cálido. —Buenos días —respondió Emma, pero su sonrisa era distraída. María, siempre perceptiva, frunció el ceño mientras colocaba un café frente a Emma. —¿Te sientes bien? —preguntó la mujer. Emma asintió, pero en el fondo sabía que algo la inquietaba. No podía explicarlo, pero había aprendido a confiar en su intuición. Desde que Brenda llegó a su vida, ese insti

