Marcelo abandona a Amery

1321 Words
Varios meses despues Amery preparó la cena con esmero. El aroma del pastel horneado llenaba el pequeño apartamento. Estaba emocionada. Solo faltaban unas pocas semanas para que el bebé llegara. Soñaba con ver a Marcelo sosteniendo a su hijo en brazos. Cuando él llegó, lo notó distinto. Frío y distante. Se sentó en el sofá sin siquiera mirarla. —Marcelo... —susurró Amery, sentándose a su lado, con una sonrisa tímida—. ¿Todo bien? Él soltó un bufido. —Tenemos que hablar. Su corazón se detuvo un segundo. —Claro... dime —respondió, nerviosa. Marcelo se pasó la mano por el cabello, irritado. —No voy a darle más vueltas —dijo, seco—. Nunca te amé, Amery. El mundo de ella se desmoronó en un instante. —¿Qué... qué estás diciendo? —murmuró, llevándose una mano al vientre. —Lo que oíste —repitió él, impaciente—. Esto... —señaló su barriga—. Nunca lo quise. No lo quiero. Amery sintió que se quedaba sin aire. —Pero... ¡falta tan poco para que nazca! —gimió—. Marcelo, no puedes abandonarnos ahora. ¡No puedes! Él se levantó del sofá, fastidiado. —Escúchame bien —escupió, sin piedad—. Ese niño no me genera nada. Ningún sentimiento. Ningún cariño. Para mí, lo ideal sería que lo abortaras. Ella lo miró horrorizada, como si no reconociera al hombre frente a ella. —¡Estás loco! ¡Eso es imposible! ¡Mira! —tomó su mano y la puso sobre su vientre—. ¡Ya se mueve! ¡Ya está aquí! ¡Es nuestro hijo! Pronto nacerá. Marcelo retiró la mano como si se hubiera quemado. —Haz lo que quieras, Amery —dijo, alejándose de ella—. Tenlo si quieres. Pero no cuentes conmigo. —¡Marcelo! —gritó ella, al borde del colapso—. ¡Por favor, no nos dejes! ¡Lo necesitamos! Él se detuvo en la puerta, sacando su celular del bolsillo. —Me voy de crucero. Con mi novia —agregó, mirándola sin un gramo de culpa—. Necesito descansar de todo esto. La puerta se cerró de golpe. Y Amery cayó de rodillas al suelo, abrazando su barriga, mientras su llanto desgarrado llenaba el vacío de la casa. —No te preocupes, pequeño —sollozó entre hipidos—. Aunque todos nos abandonen... yo nunca lo haré. Tu papá esta nervioso, ya regresará diciendo que se equivocó, No te afanes mi amor. Pero esa noche, sola, temblando, Amery sintió que algo dentro de ella se rompía para siempre. Amery pasó la noche en vela, sentada en el borde de la cama, abrazando una almohada que aún olía a él. Su mente no podía dejar de repetir las palabras de Marcelo una y otra vez. “Nunca te amé. Ese niño no me importa. Deberías abortarlo.” Las lágrimas caían silenciosas sobre sus mejillas, empapando la almohada. Se sentía vacía. Rota. Traicionada. —¿Cómo pudo? —susurró en la oscuridad—. ¿Cómo pudo decirme eso…? Se miró en el espejo del tocador. Los ojos hinchados, las ojeras profundas, el cabello revuelto. Se vio… grotesca. —Claro —murmuró, tocándose el rostro—. Claro que me dejó. Mírame… estoy gorda, hinchada… fea. El pensamiento se clavó en su mente como un anzuelo en carne viva. Tomó su teléfono, como una adicción. Abrió las r************* . Y ahí estaba él. Marcelo Evans, sonriendo radiante en la cubierta de un yate, abrazando a una mujer joven, de cabello largo y rizado, una figura esbelta en un bikini rojo. Ella reía, se colgaba de su cuello como si fuera el hombre más maravilloso del mundo. Amery sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. —Eso era… —dijo en voz baja—. Estoy horrible. Asquerosa. ¿Cómo iba a quererme…? El bebé se movió dentro de su vientre, un pequeño recordatorio de su existencia. Pero en ese momento, lo único que Amery pudo sentir fue dolor. Dolor de no ser suficiente. Dolor de no ser amada. Sin pensarlo demasiado, agarró su abrigo y su bolso. La idea absurda crecía en su cabeza como una mala hierba. «No quiero traer a este niño al mundo solo para que sufra. No quiero que me odie por no haberle dado una familia». Tomó un taxi. No podía pensar. No quería pensar. Solo quería… terminar con todo. El hospital estaba frío y brillante bajo las luces de neón. Amery caminó por los pasillos como un fantasma, con una mano protegiendo su vientre. En recepción, apenas pudo articular las palabras. —Necesito ver a alguien… necesito… una consulta urgente. La enfermera la miró con compasión y la llevaron rápidamente a una sala de evaluación. La doctora entró minutos después. —Amery, ¿qué ocurre? —preguntó, amable. Ella bajó la mirada. No podía decirlo en voz alta. No podía pronunciarlo. —Yo… —tragó saliva—. Solo quiero saber… si es posible… La doctora la interrumpió, viendo su expresión rota. —Primero veamos cómo está tu bebé, ¿de acuerdo? Amery asintió, incapaz de hablar. Se recostó en la camilla, y sintió el frío del gel en su piel. Cerró los ojos. Entonces, en la sala silenciosa, resonó el sonido más poderoso del mundo. Los latidos del corazón de su bebé llenaron el aire como un tambor de vida. Amery abrió los ojos, sorprendida. La pantalla mostraba la figura pequeña y perfecta de su hijo, moviéndose dentro de ella. El nudo en su garganta estalló en un sollozo. —Está muy fuerte —dijo la doctora, sonriendo—. Tu bebé es un pequeño guerrero. Amery cubrió su rostro con las manos. «¿Cómo iba a hacerle daño?» pensó, aterrada de sí misma. «¿Cómo pude siquiera pensarlo?» El bebé se movió de nuevo, como respondiéndole, como suplicándole que luchara por él. Cuando la consulta terminó, Amery salió del hospital diferente. Se abrazó el vientre con ambas manos, sintiendo a su hijo dentro de ella. —No estás solo, pequeño… —susurró—. No importa que tu padre no nos quiera. Yo sí te quiero. Te quiero con todo mi corazón. Y aunque el dolor seguía ardiendo dentro de ella, aunque su autoestima estaba hecha trizas, esa noche Amery dio su primer paso hacia la verdadera fuerza: La fuerza de una madre que elige amar incluso en medio de su propia ruina. …. Habían pasado quince días. Quince días de infierno. Quince días en los que Amery apenas dormía. Apenas comía. Apenas existía. La casa estaba en penumbras. El aire olía a encierro y desesperanza. Amery se sentaba en el sofá con la misma ropa de hace días, abrazando una almohada vieja, perdida en sus pensamientos oscuros. No respondía mensajes. No abría las cortinas. No se miraba al espejo. Y mucho menos… hablaba de su dolor. Le daba vergüenza. ¿Cómo contarle a Ares? ¿Cómo mirarlo a los ojos y decirle que había caído en la trampa que él mismo le advirtió? “Marcelo no es de fiar, Amery. Cuida tu corazón.” La voz de Ares resonaba en su cabeza. Pero ya era tarde. Muy tarde. Aquella noche, el dolor se hizo insoportable. Como una ola que rompe diques. Como un puñal que atraviesa el alma. Amery agarró su celular temblando. Salió de la casa sin rumbo, sin abrigo, sin más que su desesperación como compañía. Caminó por las calles frías de la ciudad hasta llegar al puente de la avenida principal. El tráfico zumbaba bajo sus pies, las luces de los autos pasaban como fantasmas veloces. Apoyó una mano en la baranda de acero. El viento helado golpeaba su rostro. Cerró los ojos. —Solo un paso… solo un salto… Encendió el celular, su tono era como un susurro, haría una última llamada en esta vida antes de saltar.  
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