Prólogo
Puente de las luces, medianoche.
El viento soplaba con fuerza, helando hasta los huesos. Amery estaba de pie en el borde del puente, mirando al vacío. Su cabello desordenado volaba al compás de su respiración agitada.
—Amery, baja de ahí. Por favor, no hagas esto —la voz desesperada de Ares resonó en la oscuridad.
Ella ni siquiera se giró para mirarlo.
—¿Por qué estás aquí, Ares? Esto no tiene nada que ver contigo.
—¿Qué no tiene que ver conmigo? ¡Eres mi maldita vida! —dio un paso hacia ella, cuidando de no asustarla—. No puedo dejar que lo hagas.
Amery soltó una risa amarga, que parecía más un sollozo.
—¿Tu vida? No seas ridículo. Nadie me necesita. Él se fue. ¡Se fue, Ares! Ni siquiera quiso escucharme cuando le dije que estoy a punto de dar a luz.
—¡Ese imbécil no te merece! —gritó él, su voz cargada de rabia y angustia—. Pero yo… yo estoy aquí. Siempre he estado aquí.
—¿Por qué? —preguntó ella con frialdad, girando apenas el rostro hacia él—. ¿Por qué sigues aquí, Ares? No tiene sentido. Yo nunca…
—¡Lo sé! Sé que nunca me has amado, Amery. Me lo dejaste claro cuando te burlaste de mí la última vez. ¿Pero eso me detuvo? No. Porque te amo de verdad, incluso si no lo merezco, incluso si no me amas de vuelta.
Ella apretó los dientes y miró hacia el agua que corría bajo sus pies.
—Es fácil decir eso, Ares. Pero no es tan simple. Estoy rota. ¿Qué clase de madre puedo ser? No quiero que mi hijo nazca solo para cargar con mi miseria.
—No estás rota. Y tu bebé no está condenado a nada —dijo con firmeza, acercándose un poco más—. Si no puedes hacerlo por ti, hazlo por él. Por ese pequeño ser que merece una oportunidad.
—¿Y qué haré? ¿Criarlo sola? ¿Lidiar con las miradas de lástima de todos? —se llevó una mano al vientre, lágrimas deslizándose por su rostro—. No puedo. No quiero.
—Entonces no lo harás sola —declaró Ares, su voz temblando un poco, pero llena de determinación—. Haz un trato conmigo.
Ella lo miró por primera vez, con el ceño fruncido.
—¿Un trato?
—Sí. Deja que nazca el bebé. Y si no quieres quedarte con él… yo me haré cargo. Seré su padre. Lo amaré como si fuera mío.
Amery lo miró fijamente, como si buscara alguna señal de mentira en sus palabras.
—¿Por qué harías eso?
—Porque te amo, Amery. Y porque ya amo a ese bebé, aunque no sea mío.
—Eso no tiene sentido… —murmuró ella, pero su voz empezaba a quebrarse.
—Nada en el amor tiene sentido. Pero te juro que haré todo lo que esté en mis manos para que ese niño sea feliz. Solo dame esta oportunidad. Por favor, no te rindas.
Amery apretó los labios, mirando hacia el agua. Luego volvió a mirar a Ares, sus ojos llenos de lágrimas y duda.
—¿Y qué pasa conmigo?
—Tú… tú decides qué hacer con tu vida, pero te prometo que no estarás sola. Siempre estaré aquí para ti, aunque sea como un amigo. Pero necesito que vuelvas. Por favor.
Ella lo miró un momento más, antes de dejar escapar un sollozo desgarrador. Entonces, con las piernas temblando, dio un paso atrás, lejos del borde.
Ares se apresuró a sostenerla antes de que cayera al suelo.
—Gracias… —susurró ella, hundiendo el rostro en su pecho.
—Gracias a ti por quedarte —respondió él, abrazándola con fuerza, como si temiera que volviera a alejarse.
Y en ese momento, bajo las luces del puente, comenzó una historia que ninguno de los dos había planeado, pero que estaba destinada a cambiar sus vidas para siempre.