Fue muy facil perder al amor de su vida

1841 Words
Diez meses atrás…. —¡Vamos, Ares! Otra noche más, ¿sí? —dijo Amery mientras lo sacaba de su apartamento—. Tenemos que ir, por si hoy sí aparece el amor de mi vida. —¡Il imir di mi vidi! —Ares la remedó —No te burles —le lanzó una mirada divertida mientras ajustaba su vestido rojo—. Nunca se sabe, Ares. Mi amorcito está en alguna parte… solo tengo que buscarlo. —¿Y si lo tuvieras justo enfrente? —murmuró él. Ella no lo escuchó. O tal vez sí, pero decidió ignorarlo como tantas veces. Llevaban semanas en ese plan. Amery, estaba determinada, obsesionada con encontrar a alguien. Asistía a la discoteca como quien busca aire, aferrada a la idea de amar a alguien hasta perder la razón. Y Ares… él solo la acompañaba, cuidándola desde lejos, tragándose cada emoción. —¿Sabes qué busco, Ares? —le decía siempre antes de entrar al local—. Quiero a alguien que me haga sentir que no tengo que volver a buscar jamás. Y él solo asentía. Porque sabía que ese “alguien” nunca sería él. Aquella noche, la música retumbaba como de costumbre. Las luces danzaban en el techo y las risas eran un eco que flotaba entre las copas. Amery bailaba cerca de Ares, cuando una figura masculina se acercó con pasos seguros. —¡Marcelo! —exclamó Ares, sorprendido—. ¡Cuánto tiempo! —Viejo, no te veía desde la última convención de negocios —lo abrazó con fuerza y una sonrisa nostálgica—. ¿Qué haces por aquí? —Lo de siempre, cuidando a esta loca —respondió señalando a Amery, que se giró, curiosa. Marcelo la miró. Ella también y hubo un silencio extraño, espeso. —Amery, él es Marcelo Evans. Marcelo, ella es… mi amiga. —Encantada —dijo ella, ofreciendo la mano con una sonrisa. —El gusto es todo mío —respondió Marcelo, sin soltar su mirada. Ares tragó saliva. Sintió un ardor en el pecho. Un presentimiento. Un maldito presentimiento. —¿Puedo invitarte un trago? —preguntó Marcelo. —Claro —aceptó ella, y se alejó del lado de Ares sin mirar atrás. Ares los vio reír, conversar, bailar. La noche se volvió eterna. Cada carcajada de ella era un golpe a su corazón. Cada mirada de Marcelo, un recordatorio de que había llegado demasiado tarde. —No parece que hayan tardado mucho en conectar, ¿eh? —comentó Ares cuando Marcelo regresó a la barra por más tragos. —Tiene algo especial. No sé qué es, pero… necesito conocerla más. Ares apretó los dientes. —Ten cuidado, Marcelo. Amery no es cualquier chica. —Tú siempre fuiste protector con las mujeres —rio su amigo—. No te preocupes, no voy a jugar con ella. Solo… la quiero cerca. Ares solo asintió. —Sí, claro. Cerca. …. Al día siguiente, Amery lo llamó. —¡Ares! No vas a creerlo. Marcelo me escribió apenas llegué a casa. Me dijo que quería verme de nuevo. —¿Tan rápido? —él intentó sonar neutral. —¡Sí! Es que… no sé. Siento que esto es diferente. Intenso. ¿Sabes lo que es hacer planes con alguien al día siguiente de conocerlo? —Lo sé —murmuró Ares. Pero no por experiencia propia, sino por años de imaginarlo miles de planes con ella. —Hoy vamos a buscar un apartamento juntos —dijo ella de golpe—. Lo hablamos toda la noche. Él acaba de divorciarse, está empezando de nuevo. Y yo… quiero empezar con él. —¿Un apartamento? —su voz se quebró levemente. —Sí. ¿No es emocionante? —su voz vibraba de emoción. Ares se quedó en silencio unos segundos. —Claro que lo es. …. Días después, Marcelo y Amery eran inseparables. Ella sonreía como nunca. Él parecía encantado con cada cosa que ella decía. Y Ares… se convirtió en una sombra más del fondo. Un espectador del romance que él mismo presentó. Un corazón partido caminando al lado de la felicidad de otros. Y cada vez que la veía reír con Marcelo, pensaba: «Perdí a mi tesoro con mis propias manos». Pero Amery jamás le creyó. Porque, aunque la amaba, su amor no era algo que ella buscara. No era lo que ella necesitaba. Solo era Ares, su amigo. El que siempre estaba ahí… Y el único que no se iba a ir, aunque su alma ardiera cada vez que la veía tomarse de la mano con otro. …. La habitación de Ares estaba en penumbra. Solo la tenue luz de su lámpara de escritorio iluminaba el desorden de papeles, ropa tirada y una taza de café frío a medio terminar. Él estaba en la cama, acostado boca arriba, con los ojos fijos en el techo. Hasta que la puerta se abrió de golpe. —¡En qué piensas, pequeño lobo herido! —gritó Azucena lanzándose sobre él como una bola de energía descontrolada. —¡Oye! —Ares se incorporó de golpe, tratando de recuperar el aire—. ¡Maldición, Azucena! ¡Vas a matarme un día de estos! —Ay, por favor. Exagerado. Solo fue un saltito de amor fraternal —dijo riendo mientras se dejaba caer a su lado. —¿Cuándo vas a aprender a ser femenina? ¡Pareces una maldita mula salvaje! —refunfuñó él, pasándose la mano por el rostro. —Y tú pareces una abuela deprimida —replicó ella sacándole la lengua—. ¿Desde cuándo te escondes en tu cuarto a mirar el techo como alma en pena? Ares no contestó. —Vamos, dime qué pasa. ¿Te peleaste con tu reflejo otra vez? ¿O te volvió a orinar el gato del vecino? —interrogó Azucena en medio de risas. —¿Ares? —dijo exigiendo una respuesta. —Amery… —dijo al fin, con voz grave. Azucena lo miró con atención. —¿Qué pasó con Amery? —Se fue. —¿Cómo que se fue? —Se mudó. Con Marcelo. —¿Con Marcelo? —Azucena se enderezó de golpe—. ¿Marcelo Evans? ¿Ese… el infiel, el tóxico y el mentiroso que acaban de dejar tirado como perro? —El mismo —Ares murmuró, tragando saliva. Azucena se quedó en silencio por unos segundos. Luego soltó una carcajada. —¡No puede ser! ¿Con ese idiota? ¡¿En serio?! —Sí. —¿Y tú lo dejaste pasar? ¿Tú, el gran Ares, el protector del universo y de Amery, la dejaste irse con él? Ares asintió, sin decir nada. Azucena bajó la cabeza. Luego lo miró con ternura, con esos ojitos de hermana que siempre estaban llenos de sarcasmo, pero que sabían cuándo calmarse. —Te la dejaste robar por tu propio amigo. Ares apretó los dientes. —No era mía. Nunca lo fue. —No digas estupideces. Tú la mirabas como si fuera un milagro. Como si el mundo se detuviera cada vez que ella sonreía. —Eso no cambia nada. Ella nunca me vio así. Yo era… su amigo. Su sombra. Su acompañante en busca del príncipe azul. —Y el príncipe resultó ser un sapo con cuentas bancarias a explotar —bufó Azucena—. Déjame adivinar: ¿tiene más dinero que tú? Ares se encogió de hombros. —Supongo. —Entonces ella es una interesada —sentenció Azucena—. Y tú mereces algo mejor. —No lo digas —pidió él—. No quiero odiarla. —No te pido que la odies. Solo que abras los ojos. Ares suspiró, mirando al techo otra vez. —Se veía feliz. Con él. Y yo… no puedo competir contra eso. Ni con su sonrisa. Azucena se acercó, le revolvió el cabello con suavidad. —Eres un idiota, Ares. —Gracias. —Pero eres el idiota más noble que conozco. Un día, alguien va a mirarte como tú mirabas a Amery. Y te juro que ese día, vas a entender que perderla fue lo mejor que te pudo pasar. —¿Y si no llega nadie? —Entonces me encargaré de ponerte anuncios en la calle —respondió con una sonrisa burlona—. “Se busca novia para mi hermano emo, le gustan las caminatas tristes y sufrir en silencio”. Ares rio por primera vez en días. —Gracias, Azucena. —Para eso estamos los hermanos. Para salvarte cuando te ahogas en un vaso de agua… o en los ojos de una mujer equivocada. Y esa noche, aunque el dolor seguía ahí, al menos Ares ya no estaba solo. Luego de unos minutos en silencio, solo el sonido del ventilador de techo y el golpeteo de una rama contra la ventana. Azucena cruzó las piernas sobre la cama, lo miró de reojo y soltó la bomba: —¿Hace cuánto no te dan una follada que te hagan virar esos ojos de colores? Ares la fulminó con la mirada, escandalizado. —¡Azucena! ¿Pero qué…? ¡¿De dónde diablos sacas esas cosas?! —Del mundo real, hermano —respondió encogiéndose de hombros—. ¿Qué? ¿Crees que todas las chicas de mi edad solo ven películas de Disney? —No hagas que hable con mamá sobre tus extraños consejos —gruñó él, incrédulo. —Por favor, si le dices mamá va a pensar que me estás contagiando tu amargura —respondió con burla mientras le enseñaba el dedo del medio. Ares se cubrió la cara con una mano. —Eres demasiado fastidiosa, Abigail —Le decía así cuando le hacía perder la paciencia. —Y tú eres un tonto. Un tonto sentimental, trágico y dramático. Él no dijo nada. Azucena lo miró fijo. —Tuviste a Amery a tu lado todo este tiempo. Cada noche. Viste cada risa. La acompañaste en cada salida. Y no te atreviste ni a besarla. —No es tan simple… —¡Claro que lo es! —lo interrumpió—. Le tienes miedo al rechazo, Ares. Ares apretó los labios. —No quería arruinarlo. —Y lo perdiste igual. Pero sin pelear. —Eso dolió. Azucena bajó la voz. —¿Sabes qué habría hecho yo en tu lugar? —¿Qué? —Le habría robado un beso. Aunque fuera solo uno. Para que supiera lo que tenía frente a ella. Para que, aunque eligiera irse con otro, se llevara tu sabor en la boca. Ares la miró, y por un segundo, no vio a la niña loca que jugaba con barro y se subía a los árboles. Vio a una mujer. Una con carácter. —Eres más inteligente de lo que pareces, Azucena. —Y tú más idiota de lo que pensaba —sonrió—. Pero te quiero igual, pequeño lobo herido. —No me llames así. —Demasiado tarde. Ambos sonrieron. Aunque el corazón de Ares seguía roto… al menos ya no se sentía tan solo.
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