Un golpe aún más desgarrador para Ares

1753 Words
Al día siguiente la puerta sonó tres veces. Golpes impacientes, emocionados. Ares frunció el ceño. Eran las 9 de la mañana de un domingo. Sin embargo, se levantó y abrió. —¡Ares! —exclamó Amery, con una sonrisa que no le cabía en el rostro—. ¡Ven conmigo! —¿Qué…? —¡Rápido! Ponte una camiseta. Vamos al laboratorio. Me voy a hacer un estudio. —¿Qué estudio? —Uno que cambia vidas —dijo misteriosa. Él tragó saliva. …. Veinte minutos después. En la sala de espera. Amery salía con un sobre en la mano. Lo agitaba como si fuera un trofeo. —Ábrelo tú —le pidió, con ojos brillantes. Ares lo abrió y leyó. Su mundo se detuvo. Su corazón dolió como si alguien le enterrara una cuchilla. —Prueba de embarazo: positiva… ¿Estás…? —¡Sí! —gritó ella, sin dejarlo terminar—. ¡Estoy embarazada! Ares se tragó el nudo en su garganta. —¿Es de Marcelo? —preguntó. Ya sabía la respuesta. —¡Claro! —dijo con una risa ilusa—. Lo conocí hace tan poco y ya estamos formando una familia. ¡Imagínate eso, Ares! Él desvió la mirada. —Imagínate… Luego caminando de regreso al auto Amery hablaba sin parar. Soñaba en voz alta. Ropa para bebé. Un cuarto pintado de azul cielo o amarillo. Un cochecito moderno. Pero Ares no escuchaba. Solo pensaba: «¿Por qué tuvo que embarazarse de un infiel como Marcelo Evans?» Sabía que ese tipo la haría sufrir. Lo conocía mejor que nadie. Marcelo Evans. CEO de “LoveLink”. Una app para encontrar el amor. Irónico. Ayudaba a miles a emparejarse, pero él… era un tipo oscuro, manipulador. Fingía romanticismo para ocultar su frialdad. Usaba los datos de su empresa para chantajear, para seducir, para eliminar competencia. Sabía cómo encontrar los puntos débiles de cualquier mujer. Y Amery… había caído. Como una mariposa volando hacia una trampa de luz. … De regreso en el apartamento de Ares, —¿Y Marcelo sabe? —preguntó, dejando las llaves sobre la mesa. —No aún. Quiero que sea especial. Voy a darle la noticia esta noche. Ares apretó los puños. —Sé prudente, Amery. —¿Eh? —Marcelo… no es el hombre más estable. —¡Ay, ya vas a empezar! —rio—. Lo que pasa es que tú estás celoso. Me cuidas como un hermano celoso. Eso lo mató. Ares no dijo nada. —Gracias por acompañarme hoy —le dio un beso en la mejilla—. Siempre estás. Luego de eso ella se fue.Saltando muy feliz. Con su sobre entre las manos como si fuera un boleto al cielo. … . Horas después. Ares estaba solo en su oficina. Miró los autos alineados. Eran máquinas potentes. De belleza insuperable y velocidad inimaginable. Todas demandaban poder. Era CEO de su propio imperio: Ares Motors. Eran autos superdeportivos eléctricos. También tenía híbridos de lujo. Siempre había sido ambicioso y obsesionado con la velocidad desde niño. Pero hoy, ninguna velocidad podría arrancarle ese dolor del pecho. Ella iba a tener un hijo de Marcelo Evans. Marcelo, el manipulador. El tramposo. El que cambiaría de mujer cuando le diera la gana. Ares lo sabía. Lo había visto hacerlo miles de veces. —No vas a lastimarla esta vez, Marcelo. Apretó el volante del auto que acababa de probar. Ya tenía un plan: protegería a Amery y a ese bebé, sin que ella lo supiera. Y cuando Marcelo fallara porque lo haría, tarde o temprano él estaría ahí esperando como siempre. Y esta vez, no dejaría pasar su oportunidad. … Esa noche Ares estaba estacionado a unos metros de la mansión de Marcelo. Su auto, n***o y elegante, estaba escondido entre los árboles, parecía un depredador acechando. Él llevaba más de una hora allí. Quieto y muy tenso. —Vamos, sal ya —susurró, golpeando el volante con los nudillos. Esperaba verla salir llorando y gritando. Herida y desecha por la indiferencia de Marcelo Evans. El infiel. El manipulador. El hombre sin alma. Pero no. Dentro de la casa solo se escuchaban risas. Risas y música romántica. Ares se inclinó hacia el volante, frunciendo el ceño. El ritmo era lento. Una canción de amor sonaba a través de las paredes. Él conocía esa canción. La había bailado con Amery en una fiesta hace apenas un año. —No puede ser… —murmuró con el corazón hecho trizas. ¿Y si Marcelo estaba cambiando? ¿Y si Amery de verdad había conquistado su corazón? Su pecho se encogió. —No… ese tipo no cambia. No es capaz de amar. No por mucho tiempo. Pero las risas seguían. Una copa de cristal se rompió dentro, pero fue seguida por otra carcajada femenina. Era ella, Amery y estaba feliz. Eso confundía a Ares demasiado. Apretó el celular. Lo desbloqueó sin mirar y entró a ver su perfil. Nada nuevo. Pero entonces lo vio en los estados. Marcelo Evans había subido uno. “Bendito el día en que la conocí.” Era una foto. Sostenía la prueba de embarazo en una mano, y en la otra, la cintura de Amery. Ambos sonreían radiantes. Como si todo en el mundo estuviera bien. Ares se quedó helado. No sabía si romper el teléfono o llorar. Pero no hizo ninguna de las dos. Solo bajó la cabeza. Se quedó en silencio unos minutos. Suspiró. —Al menos no está sufriendo —dijo para sí mismo. Eso, de algún modo, le dio algo de paz. Pero el dolor… el dolor era otra historia. La había perdido. Quizá para siempre. Encendió el motor y se alejó sin hacer ruido. Como el amigo que siempre estuvo y que nadie eligió. … La música suave llenaba el salón con notas de piano y violines. Amery giraba entre los brazos de Marcelo, con los ojos cerrados y la sonrisa enamorada dibujada en su rostro. —Bailas bien —susurró ella. —Contigo todo es fácil —respondió Marcelo, aunque su mirada no estaba en ella. Estaba en la ventana. Por tercera vez. Desde hacía rato. Amery abrió los ojos y notó su distracción. —¿Qué ves tanto allá afuera? Marcelo no respondió de inmediato, fingió una sonrisa y la atrajo un poco más hacia su cuerpo. —Nada. Solo escuché un ruido raro. Seguro fue un animal. Mentira. Él sabía perfectamente qué era. Era el auto de Ares. Un deportivo eléctrico de color n***o que costaba más que un departamento en Manhattan. Era inconfundible. Y aunque no lo veía con claridad, sabía que Ares estaba allí observando. Esperando… algo. Marcelo cerró los ojos un segundo y recordó tantas escenas del pasado… Ares al volante, bajando de un Lamborghini último modelo. Ares probando un McLaren antes de lanzarlo al mercado. Ares firmando contratos mientras las marcas lo buscaban como embajador. Sí… eran amigos. Pero también rivales. Y aunque Marcelo tenía dinero, poder, y hasta una compañía propia de apps de citas… Nunca había podido con Ares en una cosa: Los autos: Él los tenía, sí. Pero no como Ares. No con la facilidad para cambiarlos como si fueran relojes. No con esa obsesión por la velocidad y esa actitud ganadora que lo hacía ver invencible. Marcelo tragó saliva. Sus labios rozaron la frente de Amery con suavidad. —¿Sabes qué me encanta de ti? —¿Qué? —Tu forma de confiar. La forma en que te entregas sin miedo. Amery sonrió, ingenua. —Contigo me siento segura, Marcelo. Pero él no estaba escuchando del todo. Seguía mirando el reflejo del deportivo afuera. Sabía que Ares estaba destrozado. Y sí… en el fondo, parte de él disfrutaba ese golpe. Robarle a la mujer que amaba en silencio. Fue un movimiento cruel, lo sabía. Pero así eran los negocios… Y también el amor. Ares podría darele una vida de lujos y comodidades a Amery, pero aunque Ares tenía millones… nunca tuvo el coraje ni de besarla. Se asomó nuevamente por una ventana del pasillo. Y justo entonces, vio cómo el auto de Ares se alejaba. —Voy por un vaso de agua —dijo Amery al ver que él seguía mirando hacia afuera—. ¿Quieres algo? Marcelo negó con la cabeza. —No, amor. Quédate aquí. Ya casi es hora de dormir. La música bajó. Marcelo caminó hasta el parlante y lo apagó por completo. Amery lo miró, confundida. —¿Ya? ¿Por qué tan pronto? Marcelo le besó la frente, casi con prisa. —Tengo que hacer unas llamadas. Cosas de la empresa. Acuéstate, ¿sí? Ella asintió, pero sus ojos denotaban desconcierto. —¿Pasó algo? —No, no… Solo trabajo. Ya vuelvo. Sin más, Marcelo salió del salón. Marcelo apoyó la frente contra el vidrio y sonrió con cinismo. —Buena suerte superándolo. Luego volvió la vista hacia las escaleras. Amery estaba en su habitación. Enamorada y embarazada de él. Pero dentro de su mente, Marcelo solo pensaba una cosa: «Vamos a ver cuánto dura esto antes de que me canse». Porque si algo sabía… Es que él no estaba hecho para amar, pero tampoco para perder. Marcelo entró en el vestidor y se quitó la camisa con desgano. Su celular vibró dos veces en la encimera de mármol. Eran notificaciones del grupo privado del club, invitaciones, fotos de mujeres y de tragos. —Ya voy —murmuró para sí, mientras se observaba en el espejo. Tomó una camisa negra de seda, se la abotonó con lentitud y luego eligió una chaqueta elegante con detalles metálicos en los puños. Se veía muy pulcro. Se roció con su perfume caro y su puso el reloj de edición limitada que usaba solo en ocasiones especiales. Salió del vestidor con seguridad. Amery lo esperaba en la cama, ya con el camisón puesto y el rostro cansado. —¿Vas a salir? Marcelo se detuvo unos segundos. —Sí —dijo con voz tranquila—. Tengo reuniones. Es por la empresa. Ella asintió en silencio. No quiso hacer más preguntas. Marcelo caminó hacia ella y le besó la frente con rapidez, como quien marca tarjeta. —Duerme, amor. No te trasnoches pensando tonterías, ¿sí? —Está bien —susurró. Marcelo salió del cuarto. Y al llegar al garaje, subió a su deportivo gris mate, el motor rugió. Puso su playlist favorita y sonrió. Eran cerca de las once de la noche. Su verdadera rutina apenas comenzaba.
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