Eran apenas las seis de la mañana y ya estaban preparando a Amery para la cesárea. Las luces blancas del quirófano, los murmullos de las enfermeras y el frío que calaba en la piel contribuían a ese vacío que sentía en el pecho. Un vacío que no la dejaba llorar. No le quedaban lágrimas. Estaba acostada, conectada a monitores, con la bata abierta en el vientre redondo que se movía levemente. Ares estaba a su lado, parado, tomándole la mano. Se inclinó hacia ella, mirándola con esos ojos que siempre le llamaban la atención por su rareza: uno marrón intenso, el otro azul como un hielo templado. —¿Estás segura? —le preguntó en voz baja, mientras las máquinas zumbaban—. En cuanto nazca… firmamos el documento de adopción. Yo me encargaré de todo. Solo dime que esto es lo que realmente quieres.

