Mia picolinna
Verla llorar así por la muerte de su madre me tenía mal. Su pequeño cuerpo se movía con pequeños espasmos, mientras su amiga trataba de contenerla y todo lo que había pasado en este maldito viaje a Génova me remordía en la poca conciencia que aún tenía. Cómo odiaba haber ido con esos dos viejos.
No dije absolutamente nada, ¿Qué le podía decir a la chica que siempre me a gustado para consolarla? No era Bruno con sus palabras rebuscadas, tampoco era Gio con sus sabias palabras y menos aún Ítalo con sus abrazos de oso, solo era yo Lorenzo, el diablo vestido de n***o como mi alma, esa que había vendido con este viaje al maldito de Costia Carlone.
Nuestro viaje a Génova era para cerrar el peor trato que me tocaba hacer en mi vida, Costia Carlone era un ser nefasto y otro más de los imbéciles que se meten en el oscuro mundo de la mafia, una en la que había caído mi padre cuando sus negocios empezaron a flaquear. Por desgracia, con la partida de mi madre y de Bruno las cosas habían cambiado mucho en nuestro hogar. Mi padre se volvió un maldito apostador y los negocios empezaron a bajar, perdimos varios clientes y qué decir de los proveedores, ya nadie confiaba el Telas Cicarelli y ni siquiera nosotros lo hacíamos. El siguiente en abandonar el barco fue Ítalo, prefirió irse al ejercito que seguir aguantando a nuestro padre, los dos fuimos muy estúpidos y debimos habernos ido con nuestra madre, pero el mantener nuestro estatus y gustos pudo más.
¡Qué tontos fuimos!
Todavía recuerdo las palabras de mi hermano el día que decidió partir al ejército.
—Nuestro padre realmente se volvió loco, Lorenzo. No sé e qué momento se fue a meter con la mafia, por eso mi madre fue sabia y lo abandonó. Ahora, es momento que todos lo hagamos, no te quedes con él será tu perdición, salir de la camorra es casi imposible, hermano. Hazlo antes de que sea demasiado tarde.
¿Le hice caso? Por su puesto que no, no podía abandonarlo como todos y tampoco la podía abandonar a ella, Mía Picolinna.
Su dulce voz, sus sonrisas y toda ella eran mi motor cada mañana para ir a estudiar a la universidad y luego trabajar en las tardes en la textilera, de alguna forma u otra quería… No, soñaba con algún día expresarle mis sentimientos y ser correspondido por esa pequeña gema preciosa que había conocido cuando llego con sus padres a nuestra casa.
—Ellos son Pietro, Pía y la pequeña Regina—nos dice mi madre a los cuatro, mientras nos tiene en fila recibiendo al nuevo chofer de nuestro padre y su familia —. Ellos vivirán en la casita que está en el patio trasero, así que desde ya les aviso, mis pequeños diablillos, ni se les ocurra ir a molestar a Pía o a la Picolinna.
—Tranquila, mamma, yo me encargaré que estos pilluelos no los molesten. Hola, soy Bruno, el mayor de este cuarteto. Ellos son Lorenzo, Ítalo y Gio.
Mi hermano se acerca a Pietro y lo saluda estirando la mano, luego lo hace con su esposa y al final con la pequeña que está en brazos de su madre.
—Eres una hermosa principessa, bienvenida a nuestro humilde hogar.
Y ahí fue que vi al ángel más hermoso que había bajado a la tierra, su cabello n***o como el ala de un cuervo, largo y liso hacia de marco perfecto para esa carita de princesa, con su piel blanca y los labios rojos. como lo había dicho mi hermano era hermosa.
Desde ese día, siendo aún un puberto me había enamorado hasta los huesos de la hija del chofer de mi padre.
Los años fueron pasando y aunque me hacía el indiferente, ella me perseguía para saber de mí, ¿Qué hacía? ¿con quién salía? Y yo me dejaba querer, al parecer para mi Picolinna ser mi garrapata ambulante era normal y a quién iba a engañar, me gustaba muchísimo.
Pero como dije, todo cambió cuando mi madre con mis hermanos se fue, yo también cambié, me puse más irascible, trataba de estar menos en casa y me dediqué a conocer el mundo.
Me gustaban las carreras clandestinas y con mis ahorros me compré una moto, no puedo negarlo, era bueno eso y siempre ganaba unos buenos euros gracias a las apuestas que hacía Angelo en mi nombre.
Y heme ahora aquí, dos días después del fatídico incendio en la fábrica de nuestra familia, a dos metros de ella, de mi picolinna, sin poder acercarme a ella para consolarla, para curar su dolor o simplemente para decirle que estaba ahí para ella.
Su cuerpo temblaba igual que en el momento que la fui a buscar a la casa de su amiga, ahí quise decir tantas cosas, pero no podía, me avergonzaba de no poder darle lo que tanto soñé para los dos y ella, mi pobre ángel estaba destrozada al lado del féretro de su madre.
—Hija… debemos…
—¡No me toques! ¡Aléjate de mí! Te odio con toda el alma.
Regina no era así, creo que todos los presentes nos quedamos sorprendidos con su actitud para su padre, sobre todo porque des pues de eso le escupió en la cara y salió corriendo del cementerio.
Quise ir tras ella, pero mi padre me detuvo, negó con su cabeza y me dijo “es lo mejor, necesita estar sola para procesarlo”, pero yo quería ir tras ella, por eso una vez que terminó el funeral apresuré mis pasos y subí a mi moto, quería ver como estaba…
A lo lejos, escuché los gritos de mi padre, pero no me importaba, ella era mi verdadera prioridad.
Llegué a nuestra casa y apenas me saqué el casco, corrí hasta su casa y comencé a golpear la puerta.
—¡Regina! ¡Regina, ábreme la puerta! —mis gritos, al parecer, no eran escuchados, por lo que de una patada tiré la puerta. El silencio me recibió y comencé a buscarla en toda la casa, abrí cada puerta hasta llegar a la suya.
—Regina…—No estaba, en ese lugar no había nadie, su habitación estaba desordenada y noté que faltaban algunas de las fotos que había en su escritorio— No… no… esto no puede ser.
Salí de ese lugar y tomé nuevamente mi moto, si en algo la conocía era que cuando estaba mal recurría a su amiga Carlota. Enfilé el rumbo de mi motocicleta hasta su casa y al llegar a ese lugar hice lo mismo.
—Joven Lorenzo ¿Qué hace aquí? —me pregunta la madre de su amiga.
—Regina—digo respirando entrecortado, ¿dónde la tienen escondida?
—¿Regina? —me pregunta su amiga—. No sé de lo que hablas Lorenzo, pero ella no está aquí, se supone que estaba en el funeral de su madre y tú también ¿no?
—Ella, se fue antes y no está en la casa.
—¡Dios santo! Lo hizo.
—¿Qué cosa, Carlota?
—Regina, huyó de casa.
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