A mi madre…
—¡Mamma! —exclamo despertando de una pesadilla en la que me decían que ella se había ido.
—Regina, tranquila—me dice la enfermera del colegio y recién noto que estoy en la enfermería acostada en la camilla, mis ojos se llenan de lágrimas y recuerdo que no era una pesadilla lo que me estaba pasando—. Iré a buscar a la directora, déjame y ya vuelvo.
Dice calmada, quitando mi mano de su brazo, ni cuenta me había dado que la estaba sosteniendo para que no me dejara sola. La veo salir por la puerta y me incorporo para notar que tengo una vía y creo que es suero lo que me están pasando. Con cuidado de no mover la aguja que está dentro de mi me refriego los ojos y limpio las lágrimas que escurren por mis mejillas, cuando entran la directora, el oficial de policía y mi amiga Carlota.
—Regi…—me habla mi amiga y se abalanza sobre mí para abrazarme—. Lo siento tanto, amiga.
Vuelvo a llorar, mientras ella me abraza y entre sollozos escucho que el oficial me vuelve a hablar.
—Regina, sé que no es el mejor momento, pero de verdad necesito saber dónde está tu padre y el señor Cicarelli.
—Mi mamá me dijo que habían salido rumbo a Génova por un cargamento de telas, le juro que eso es lo único que sé, señor oficial.
—Lo entiendo— me mira apesadumbrado—. Será mejor que me retire, señora directora, le encargo a Regina por cualquier situación y me mantendré en contacto con usted.
—Sí, señor oficial, no se preocupe, no la dejaremos sola. Por lo pronto ya están por terminar las clases y…
—Deje que se vaya conmigo, directora. Mis papás no tendrán problema en que se quede con nosotros hasta que llegue su papá.
—Esa me parece una buena idea, ¿estás de acuerdo Regina?
¿Qué quiere que le diga? No sabía qué hacer en esos momentos y lo único en que pensaba era en que quería ver a mi mamá, así que solo me quedó asentir y dejar tranquilo con eso al oficial.
Las horas fueron pasando y nada que sabía de mi padre ¿y si a ellos también les había pasado algo?
—Te traje unas botanas y algo de beber, mi mamá dice que todo estará bien y que te puedes quedar todo el tiempo que quieras con nosotros, mientras aparezca tu papá.
—Carlo, mi mamá—digo en un susurro ahogado para volver a llorar.
—Shuuuu, tranquila, amiga. Llora todo lo que quieras, te prometo que todo va a estar bien.
En eso sentimos que la puerta se abre y es la madre de Carlota junto a otra persona, me refriego los ojos y pestañeo seguido para poder salir de la duda, pero mis palabras brotan de la nada.
—Joven Cicarelli…
—Regina, Lorenzo ha venido a buscarte, tu padre y el suyo se encuentran en la delegación para dar sus declaraciones y comenzar con—sé que le cuesta lo que intenta decirme, pero yo afirmo entendiendo la situación, me levanto y camino hasta el baño, siento que voy a desfallecer y doy un respingo, pero cuando creo que voy a caer, sus fuertes brazos me sostienen.
No ha dicho absolutamente nada desde que salimos de la casa de mi amiga y yo menos, este que va conduciendo no es Lorenzo, el Lorenzo del que me he enamorado desde que tengo uso de razón. El hombre que maneja con una mano en el volante y la otra recostada en la ventana, su aura siempre ha sido oscura, de hecho es el más huraño de los cuatro, pero su encanto estaba en las pequeñas cosas que hacía para verme feliz. Cosas que dejaron de suceder cuando mis queridos Bruno y Gio se fueron junto a su madre.
—Deja de mirarme, me vas a gastar Regina.
—Lo… lo siento joven Cicarelli. Yo…
—Y deja de decirme así, ¿quieres piccolina? Ahora te llevaré a casa, antes de— se queda callado y niega con su cabeza, creo que también le cuesta, pero nunca le costará tanto como a mí.
—Debo buscar su ropa y sus cosas más preciadas, ella no me lo perdonaría si yo…
—Lo sé y lo siento, de verdad que lo siento, piccolina, si no hubiéramos viajado.
Trato de cambiar el tema, necesito saber qué pasó en la textilera.
—¿Sabes algo más? ¿Cuántos más? ¿Cómo quedó el edificio?
—No lo sé, solo que cuando llegamos a la fabrica estaba todo destrozado y aun los bomberos tratando de mitigar los focos de incendio que quedaban.
—¿Fue intencional?
—¡Diablos, no lo sé, Regina! Después de eso mi padre me pidió que fuera a buscarte a la escuela y desde ahí te estuve buscando hasta encontrarte en la casa de tu amiga.
Eso es extraño, la directora sabía que estaba en la casa de Carlota, de hecho ella misma lo sugirió ¿cómo es que me estaba buscando? No sigo preguntando, pues estamos frente a la casa, Lorenzo sale del auto sin siquiera ayudarme, se nota que está molesto, pero ¿por qué?
Bajo del auto y camino hasta mi hogar, abro con mi llave y en mi interior espero verla y que todo esto sea una mentira, pero nada, solo se escuchan el sonar de mis pasos entrando en ese lugar que ahora está vacío. Camino apesadumbrada y entro en la habitación de mis padres, recorro el lugar tocando sus cosas, había dejado todo ordenado y pulcro como siempre, su tocador estaba impoluto, solo estaban fuera de su lugar sus zarcillos de cristal que le regalamos para su cumpleaños.
—No te los pusiste hoy, parece que estabas apurada por salir a trabajar—digo nuevamente con las lágrimas escurriendo por mis mejillas. Retomo mi camino hasta el ropero y busco su vestido de domingo, ese que tanto le gustaba y dejaba solo para grandes ocasiones y para ir a misa los domingos, lo saco con cuidado y luego tomo sus zapatos.
En eso escucho que viene mi pappa, pero no viene solo, lo escucho hablar con alguien.
—Todo esto es tu maldita culpa, te dije que debíamos contratar a alguien mejor para esto—le dice la voz que he detectado que es el señor Cicarelli.
—No me hables, no ves lo que hemos hecho. Mi Pia…—escucho a mi padre llorar y trato de entender lo que están hablando, me apego a la puerta y coloco mi oído en la fría madera.
—Debiste haberle dicho que hoy no fuera a la fábrica, te lo advertí.
—¡No tuve tiempo! —le espeta molesto— No lo tuve y ahora ella no está.
—Lo siento, Pietro, pero lo hecho, hecho está y ahora debemos ser cautos, nadie debe saber que quién ordenó el incendio fui yo.
Vuelvo a llorar, la muerte de mi madre me ha roto, pero lo que acabo de escuchar termina de romper mi alma.
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