La camorra no puede morir
Nos lanzamos dentro del auto y Antonio manejó en absoluto silencio. No era momento de hablar, solo de darnos un respiro después de todo esto que había pasado.
En ese silencio cómplice, los tres íbamos en nuestro mundo, uno que había cambiado sin siquiera darnos cuenta. Solo se escuchaba la respiración cansada y la sensación de que habíamos sobrevivido a un destino distinto del que se nos auguraba.
Cuando llegamos al hospital, cada uno fue tomado por un equipo de personas y fuimos separados para curar nuestras heridas. Enzo era el que peor se veía, así que escuché como Antonio reclamaba para que él fuera el primero en ser atendido, sé que algo le dijo ese otro a Antonio, pero después de un rato lo dejé de escuchar quejándose.
Mientras la enfermera cosía mi cabeza rondaban en mi mente todos los acontecimientos sucedidos las últimas semanas y las consecuencias de mis actos comenzaban a hacerme cuestionar.
¿Qué haría ahora? Ya no era un soldado y había dejado mis estudios por venir aquí para pagar la deuda de mi padre. Lo único que sabía hacer era usar mis puños y preocuparme por los cargamentos, pero eso no era lo que quería… quería ser libre, pero libre ¿Para qué?
Mis hermanos ya habían labrado su destino y yo no era parte de sus vidas, meno podrían aceptar a un mafioso traidor con ellos.
Gio tenía su familia, se había casado y era maestro.
Ítalo, era militar, ni loco le podía decir lo que había hecho todos estos años, aunque me imagino que algo sabe pues una vez me lo dijo, solo que yo no podía dejar solo a nuestro padre.
¿Y Bruno?
El me odiaba, en el fondo lo sabía. El no podía querer al hermano que lo negó y dejó que nuestro padre casi lo matara por su orientación s****l. No podía aparecer frente a él y decirle Hola Hermano, aquí estoy para decirte que me equivoqué. Era demasiada la vergüenza que sentía para aparecerme sin siquiera haber estado en el funeral de mi mamá porque escuché al estúpido de mi padre.
Y con todos esos pensamientos me acordé de mi piccolina ¿qué seria de ella? ¿qué estaría haciendo con su vida? Ya habían pasado tantos años desde que desapareció y nunca supe qué pasó realmente con ella.
—Regina…—murmuré entre dientes.
—Enzo ya está descansando, necesitó más que unas cuantas puntadas, tiene tres costillas fracturadas y la nariz hecha trizas, por suerte ahora lo están suturando y esas dos balas solo fueron un cariñito.
Sonreí al ver a Antonio en el marco de la puerta y que me estuviera dando el reporte del estado de salud de Enzo, era una forma de sentirme importante.
—Lo iré a ver—dije, cuando la enfermera dio la última puntada y me miró molesta—. Después que esta bella dama termine con su trabajo.
—Muy bien, señorito. Te espero en la habitación 404, cuando la amable enfermera termine.
Dijo, guiñándole un ojo y yo reviro los ojos, pues veo como la mujer se sonroja.
“Este español “
Cuando la amable enfermera termina, me ayuda a levantar y acompaña a la habitación donde está Enzo, según ella no podía dejarme solo y me obligó a sentarme en la silla de ruedas. Aunque yo creo que es solo para ver a ese idiota, pero me muerdo la lengua, nunca había que estar en contra de un matasanos.
Me conduce por uno de los pasillos hasta llegar a la habitación que había dicho Antonio, pero antes de entrar escucho los reclamos del español para con mi amigo. Así que le pedí que se detuviera.
—Sabes que debes hacer lo correcto, Di Rossi.
—Yo cumplí con mi parte, Antonio. Les entregué a ese tipo en bandeja de plata, mi misión está terminada.
—Eres el verdadero jefe, Enzo. No puedes dejar todo por lo que sea que quieres hacer.
—Es mi vida, Antonio. Necesito volver a mi vida, esta no lo es y lo sabes perfectamente.
—Sabes que pasará si tú no aceptas… Lo que pretenden hacer estos viejos —esa era la voz del agente del FBI, el tal Miles.
—Lo siento, pero esto no es lo que yo quiero para mí, soy un simple estudiante de arqueología e historia del arte recién titulado, mi vida no es estar entre medio de armas y violencia, yo no soy así.
—¿Qué haremos entonces? Necesitamos a alguien para mantener todo a raya en la ciudad. No es que quiera que los delitos continúen, pero si tú no estás alguien más tomará ese puesto y volveremos a lo mismo.
Escucharlos hablar así me hacía sentir poderoso, pues en cierta forma yo tenía la respuesta a ese gran problema que tenían frente a sus narices. Con cuidado, tomé la mano de la enfermera y besé su dorso.
—Grazie, desde aquí puedo manejarme solo.
Ella se sonrojó y me sonrió. Moví mi cuello hasta hacerlo tronar y me levanté de la silla que ella se llevó alejándose del lugar como si supiera que era lo que debía hacer.
Di tres golpecitos y entré sin que me dieran el adelante.
—Creo que los cuatro debemos hablar…
Dos semanas después.
Ya nos habían dado de alta, el que más se demoró fue Enzo, por obvias razones, pero ya estaba bien y sin contratiempos íbamos entrando en la que había sido mi casa por casi tres años, a la que no podía decirle hogar, pues más bien había sido mi cárcel o la futura jaula de oro por voluntad propia.
—¿Estás seguro de querer hacer esto?
—Absolutamente, español. El chico merece volver a lo que era antes.
—Como que fueras tan viejo, hablas como mi padre—farfulló—, pero te lo vuelvo a preguntar ¿y tú? ¿tu libertad? Esa que tanto ansiabas y por la cual diste todo.
—A veces, la libertad se lleva en el corazón, Antonio. Yo fui un perro en esta organización, pero como tal fui adiestrado para continuar con lo que hacía Di Rossi, estoy seguro que de cierta forma, tanto Giordano como yo éramos sus cartas seguras y por eso tienen la suerte de que yo mismo me quiera meter en esto sin pedir nada a cambio.
—No entiendo por qué quieres inmolarte.
—No es que me quiera quemar en las brasas del infierno, Antonio. Es solo que quién mejor que yo para tomar el puesto—afirmo, sosteniéndole la mirada. Estaba aterrado, pero después de esa conversación era claro quién debía quedarse aquí, yo no tenia nada ni nadie que me esperara o que se preocupara por mí, en cambio Enzo tenía un futuro, gente que lo amaba y lo esperaba. Además, había varios cabos sueltos que quería atar, como por ejemplo averiguar quién era el supuesto “amigo” dde Di Rossi que le enviaba los cargamentos de chicas y lo otro es que tendría cerca a la gente de Miles y a los pajarracos esos para apoyarme y hacer una buena limpieza en esta organización de mierda.
Si todo iba como lo planeaba en cinco años me retiraría, consiguiendo que todos los que debían caer lo hicieran y más aún con una buena suma de dinero en el bolsillo. Con Miles lo hablamos y esa fue una de mis condiciones, yo me haría cargo y él teniendo todo eso me daría otra vida y otra identidad.
—Simplemente o eres idiota o un genio, Lorenzo, pero cuenta conmigo para lo que necesites. Sabes que puedo ser un buen aliado, pero desde las sombras.
—Deberías quedarte una temporada, esa enfermera está loca por ti .
Su carcajada no se hizo esperar y pronto lo seguí, no era tonto, Antonio era como mi hermano, eran sus gestos, su calidez y esa forma de ser perfeccionista la que lo había delatado y nuevamente volvía a pensar en mi hermano.
Solamente me quedaba soñar y pensar que algún día él y los demás me perdonaran.
Al entrar en la casa ya estaba medio consejo en los salones, sólo faltaban Cintolesi, un viejo que vivía en Ventimiglia la mayor parte del tiempo y Carlone, ese desgraciado que fue el nexo entre mi padre y el maldito de Di Rossi.
Pero en ese momento a Enzo no le importaba, bastaba con que estuvieran los más cercanos y esos eran Di Nosso, Martini, Valdini y Ferrari. Y para mí era lo mismo, mientras más pronto comenzara, más pronto podría terminar con todo.
—Bienvenido, Cicarelli. Enzo nos ha hablado mucho de ti.
—Pues será Don Enzo el que te habló de mi Martini, no veo que sea tan buena tanta familiaridad, siendo que eras uno de los perros de Di Rossi.
—Maledeto figlio…
—¡Silencio!—bramó mi amigo —. No los he citado aquí para que se ataquen entre sí, agradezcan que gracias a Lorenzo nos salvamos a penas de lo sucedido hace unas semanas y que con su gran liderazgo seguiremos posicionando a la camorra de Roma
—¿Qué… qué estás tratando de decir, E… Enzo?
—Por favor, si entramos al gran salon se los explicaré.
Los viejos consejeros entraron al salón entregando sus armas con recelo y mirando preocupados como si los fueran a matar. Por mi parte, me reí internamente, necesitaba que nos temieran y este era un excelente paso.
—Buenísima tu idea, Doncito.
—Haz silencio y presencia la magia de una buena actuación.
Nuestros hombres cerraron las puertas y las ventanas, dejándonos solos con esos cuatro vejestorios y sus manos derecha.
—Los hemos citado aquí para darles algunas noticias —comienza Enzo a hablar—. Como ya lo sabrán soy el legítimo heredero de la casa Di Rossi, después de que mi adorado tío cayera preso por su estupidez.
—Eso ya lo sabemos, chiquillo, pero…
—¡Silencio! No he terminado de hablar.
Ferrari lo miró molesto, pero el tono fuerte y decidido de mi amigo lo puso en regla y calló como los demás.
—Ahora bien, como a mí no me interesa este lugar y sabiendo los deseos de mi querido tío, hoy estamos todos presentes para la unción de nuestro nuevo Don.
Los murmullos no se hicieron esperar y en ese momento vi que a varios se les iluminaron los ojos.
“idiotas”
—Déjalos pasar—ordenó, haciendo que Antonio abriera la única puerta disponible, por ahí entraron Miles, el juez Rocco, el cardenal Liggio y el alcalde de Roma Virgilio Montesco.
Los cuatro hombres, más que metidos en contra el crimen, ahora serían nuestros nuevos aliados y mierda, la cara que pusieron esos vejestorios era para un retrato de Miguel Ángel en la capilla Sixtina.
—Señores, es un placer tenerlos aquí en este gran momento.
—Sabes que lo que estás haciendo va en contra de todo lo que profesamos —masculló el alcalde y no podía creer lo buen actor que era.
—Pero nos necesitan—intervine, sin ningún ápice de miedo—. A ustedes como a nosotros nos conviene esta alianza.
—Para nuestra desgracia, el señor Cicarelli tiene razón —masculló entre dientes, Miles.
—Pues ahora a lo que han venido—Enzo me miró y supe que era el momento.
Lorenzo…
Me paré frente a él quien cogió la daga que estaba en la bandeja junto al anillo de oro y la estampa de San Pedro.
Enzo cortó con la daga su palma y me estiró la mano. El mensaje era claro, la camorra de Roma no podía morir y sin pensarlo tomé la daga he hice lo mismo, cuando nuestra sangre brotaba en nuestras palmas las unimos, era mi destino, lo supe desde siempre, aunque no lo quería era el momento de hacer las cosas bien y frente a todo ese grupo variolpinto de personas sellé mi suerte y la de todos los que estaban ahí.
—Aquí tienen a su jefe, al Don de la camorra, Lorenzo Cicarelli me pongo ante ti como tu aliado, tu compañero, tu soldado.
Habló Enzo y luego colocó en mi dedo el anillo y lo besó.
En este pacto de hermandad estaba nuestro futuro, el de él siendo libre y el mío donde dejaba mi libertad por un bien superior.
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