Todo estará bien.
Manejé como loco por la carretera, si lo que había dicho Giordano antes de morir era cierto Enzo estaba en peligro. Ese viejo de Di Rossi me había mandado a matar sin asco y eso quería decir que nos había descubierto.
—Si no bajas la velocidad moriremos antes de llegar a Roma.
Me dice Antonio sin un ápice de miedo.
—Algo sabes tú que no me has dicho, español. Vamos, dime lo que sabes.
—Solo sé que el viejo tiene a Enzo en su casa, resguardado por muchos de sus hombres, pero aún no ha hecho nada. Nuestro informante dice que está como loco esperando saber del “cargamento”.
—Por eso eliminaste a todos esos tipos ¿no?
—Teníamos que hacerlo, en esta guerra son ellos o nosotros y lo sabes.
—Estamos a media hora de llegar, en ese tiempo puede matarlo, como lo intentó conmigo. Lo conozco y si no llegamos a tiempo.
—Lo sé, pero tampoco podemos apresurarnos.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? Él es un maldito asesino y no le importa que Enzo sea su sobrino, no entiendes que él es un escollo más en su maldito juego.
—¡Por favor, ya cállate Lorenzo y preocúpate por el camino!
—Lo conozco, Antonio. Yo…
—No eres como él.
—Es peor, soy su perro, como todos los que estamos bajo su alero. No soy menos que esas chicas que estaban en ese container, Antonio. Mi padre me vendió por una maldita deuda de juego ¿entiendes lo que es eso?
—Te entiendo, pero estás a nada de obtener tu libertad.
—Y no sabes cuánto la deseo, pero a la vez siento miedo.
El silencio se instaló en la camioneta y para cuando llegamos, las calles de Roma nos recibieron con una calma que me preocupaba más de lo que quería. Enfilamos rumbo a la casa de Di Rossi y la situación era peor de lo que esperaba.
Nos detuvimos en la esquina, cuando uno de los hombres de Antonio nos paró.
—¿Situación?—preguntó.
—El tipo está dando una fiesta como si supiera que ya el chico está muerto—me indica y yo niego, ¿Qué más podía esperar de esa escoria?
—¿Cuántos?
—Veinte personas, incluyendo a las chicas que deben ser unas ocho.
—¿Nuestro muchacho?
—Encerrado en el sótano, por lo que nos dijo nuestro contacto adentro está a mal traer, su querido tío lo ha estado torturando desde la mañana.
—Tenemos que entrar.
—Lo sabemos, Cicarelli.
Mira a su hombre y le da indicaciones, caminamos hasta llegar dónde estaba su grupo de gente y ahora si que parecían un ejercito.
—Toma—me entregó un chaleco antibalas y una recarga para mi arma—. Arréglalo bien, te salvará.
Su gente se dispuso en los alrededores y cuando la fiesta empezaba a bajar su intensidad comenzamos a movernos.
Entramos a la casa sin problema, no podía creer que todos esos hombres que se suponían los perros de Di Rossi nos dejaran entrar como si nada.
Mentira, eran igual de traidores que yo, aunque por motivos diferentes o eso creía, escuchamos los gritos y disparos al aire que venían desde el salón y nos aproximamos con cautela. El grupo de imbéciles estaba disfrutando como si nada. Las drogas y el alcohol corrían como si fuera un expendio de dulces, las mujeres desnudas empotradas como si fueran un objeto s****l y en el centro de toda esa locura Enzo, colocado sobre la mesa de billar, amarrado por sus extremidades, su respiración era lenta, lo notaba al ver como subía y bajaba su pecho, mientras Lorenzo le pasaba la navaja por su cara y cuello.
—Di Rossi —gritó Antonio—deja el arma lentamente y aléjate de él.
—Maldito degenerado, ya sabía yo que no eras la putita que decías ser.
Escupe el maldito, creyéndose el dueño del mundo, mientras toma del cuello a Enzo y coloca la navaja.
—Esto ya terminó, Di Rossi, no tienes escapatoria.
—¡Cállate, maldito perro sarnoso! ¿ Cómo puedes tratar así a la mano que te da de comer? ¡Maldito traidor!
Los hombres de Di Rossi están tan drogados que apenas se resisten, mientras ese animal no suelta a mi amigo y veo como la navaja se va introduciendo en el cuello de Enzo.
—¡No!
Exclamo, mientras el sonido de un disparo certero da en el hombro de Lorenzo que suelta la navaja y cae de rodillas en el suelo. Corro hacia Enzo y cubro la herida.
—¡Vamos, Enzo reacciona! ¡Llamen a una ambulancia!
—No pretendo morirme, Cicarelli—dice en un susurro y me da una sonrisa—Gracias…
—Ya tendremos tiempo de hablar, ahora vamos a que curen tus heridas, vas a estar bien.
Uno de los hombres de Antonio me ayuda a soltar a Enzo de sus amarras y entre los dos lo levantamos de esa mesa, con cuidado de no soltar el pañuelo de mi madre lo apoyo para que apoye su peso en mi.
A los minutos, llegan más efectivos policiales y unos paramédico aue revisan a Enzo y al viejo Di Rossi. Cuando ya todos están esposados aparece el tal Miles aparece en escena.
—Bien hecho, muchachos. Los felicito. ¿Cómo te sientes?—le pregunta a Enzo que está recibiendo unas puntadas en el cuello.
—Como la mierda, pero gracias a Lorenzo y Antonio sobreviviré.
El paramédico nos dice que tiene unas cuantas costillas fracturadas y que debe ir al hospital, pero como mi amigo es un tanto testarudo se hace el valiente y me pide que lo ayude a levantarse. Se apoya en mi hombro y me pide acercarnos a su tío.
—¿Qué quieres maldito infeliz?
—Ni aún sabiendo que no podrás hacer nada dejas de ser una mierda, tío querido.
—Debiste haber muerto con tus padres esa noche.
—Pues parece que el destino no lo quiso así. Ahora, pagarás por todo el daño que has hecho.
—Ustedes dos algún día me las pagarán.
—Te estaré esperando, no te tengo miedo. Vamos, Lorenzo. Es momento de ser libres.
Caminamos apoyándonos el uno al otro, con Enzo no solo había logrado mi libertad, sino que también un hombro en el cual sostenerme y eso era solo el comienzo de nuestra amistad, una que sería puesta a prueba por las decisiones que deberíamos tomar.
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