Esto debe terminar.
—¿Me llevarás con él? —pregunto una vez que la camioneta se pone en movimiento.
—Pues claro, pero primero haz tu trabajo y luego vamos con Enzo. Ya te lo dije, tú eres parte fundamental de este operativo.
—¿Sabes que está pasando en la mansión Di Rossi?
—Por supuesto— me responde sonriendo de lado.
—No me dirás nada—afirmo en vez de preguntar y el asiente.
—Si lo sabes ¿para qué preguntas?
—Solo quería tener algo de qué conversar.
La risa estruendosa del español me sacó una sonrisa, cuando llegamos al punto de encuentro en el puerto volvimos a quedarnos en silencio, las costillas me dolían como la mierda, pero no era momento de quejarse. Antonio me entregó una toalla para que limpiara mi sangre y una camisa nueva “Hay que disimular” fue lo que me dijo y le seguí el juego, me devolvió mi arma y la arreglé en mi espalda. Era el momento de actuar y transformarme en el traidor que ya era.
Bajamos de la camioneta, al igual que los demás hombres que nos seguían, todos tranquilos sin expresar más de lo que ya habíamos planeado. Frente a nosotros estaba el principessa, el barco de carga que utilizaba Di Rossi para transportar su mierda y desde este bajó Alonzo, su capitán.
—Pensé que venías con Giordano—fue lo primero que me dijo y por un segundo me quedé helado.
—ese idiota se fue de putas—le dije muy seguro, era eso o plantarle una bala entre medio de sus ojos, pero aún no podíamos hacerlo—. Ya lo conoces.
—Un día de estos va a morir en una cama en vez de un ring de boxeo—Si supiera—, pero vamos, que necesito zarpar pronto, El jefe me ordenó que saliera lo más pronto posible, al parecer hay un topo en la organización y no podemos fiarnos de nadie.
—Vamos, que yo también quiero volver pronto a Roma.
Caminamos con Antonio y tres de sus hombres, mientras íbamos subiendo por las escalas del barco noté que la seguridad era mayor, conté por lo menos a ocho hombres en cubierta y otros tantos más abajo, todos armados hasta los dientes y nosotros, bueno nosotros éramos con suerte diez, pero no era momento de asustarse. Si tenía que morir, lo haría con los pantalones puestos y orando para que Enzo terminara con todo esto.
Alonzo nos lleva hasta el container y con cero amabilidad nos indica que ahí está todo, le hago una seña a Antonio para que este lo abra y mis ojos casi se salen de sus cuencas al ver el cargamento.
—¿No es droga?—gesticulo pasmado al ver al grupo de chicas que se encuentra en el piso del container.
—¿No lo sabías? Pensé que ya estabas al tanto, o por lo menos algo sabías. Ya hace dos meses que Giordano ha venido por estos pequeños regalitos que le hace su amigo a tu jefe.
—¿Qué amigo?—me atrevo a preguntar y él solo niega.
—Pregúntaselo al jefe, eso no es de mi incumbencia.
—Maldito desgraciado —me lanzo contra él y comienzo a darle golpes en su rostro y costillas, mientras sus hombres se acercan y son detenidos por los fuertes gritos de Antonio.
—¡Deténganse en este mismo instante! —Los hombres que vienen con Antonio se apostan para protegerme y el sonido de las sirenas se escucha demasiado cerca
—¡Están arrestados! —grita otro y se arma una lucha entre nosotros y los hombres de Alonzo, las balas comienzan a surcar por los aires, pero eso ya no me importa, necesito respuestas.
Antonio, como puede, cierra el container y les grita a esas pobres chicas que se agachen lo más posible. Sé que me está maldiciendo, lo escucho gritarme para que me ponga a recaudo. El cuerpo de Alonzo está bajo de mí, a penas y respira, por lo que me detengo y lo llevo tras unos cajones.
Me apresto y doy unos cuantos disparos, haciendo que caigan varios.
Para cuando llega la policía, nosotros ya habíamos desarmado a los hombres de Alonzo. Antonio le da un recuento de los hechos a otro hombre que no conozco y le indica hacia donde estoy.
—Señor Cicarelli, soy el oficial a cargo de la investigación, es un gusto el conocerle por fin.
—Y usted ¿Quién es?
—Agente especial, Miles. Del FBI.
—¿Qué tiene que ver el FBI con todo esto?
—Es una operación encubierta entre la interpol que yo comando y el apoyo del FBI, Lorenzo—me responde Antonio y ahora si que no estoy entendiendo nada—. Necesito que me escuches, pero desde que empezamos esta operación, pudimos darnos cuenta que tu jefe no solo está traficando droga y armas.
—De hecho, este cargamento y los anteriores viene desde Estados Unidos, señor Cicarelli, por eso este operativo conjunto.
—Pero…
—Entendemos tu conmoción, lo mismo le pasó a Enzo al saberlo y por eso, junto a su abuelo y un grupo de amigos de España fue que pudimos infiltrarnos, llevamos más de seis meses en esta operación y cuando accediste a trabajar con él nos diste la oportunidad.
—O sea me usaron ¿no?
—Más bien, aprovechamos tu debilidad, pero no creas que Enzo lo hizo, él nos dijo que tú eras distinto y confiamos en su criterio.
—¿Debo estar agradecido de él?
—Yo creo que es a la inversa, pero terminemos con esto, debemos volver a Roma, me acaban de llamar de las águilas y al parecer alguien se fue de lenguas.
—Enzo…
No esperé a nadie, bajé del barco y tomé una de las camionetas, el chico necesitaba mi ayuda, no podría solo con ese animal y toda su gente.
—¡Espera, Lorenzo!—me grita Antonio y se sube al lado del copiloto—. Enzo también es mi amigo, no lo dejaré solo.
—Podrías habérmelo dicho.
—No podía ponerte sobre aviso, no eres santo de mi devoción.
—Gracias por el cumplido.
Arranqué la camioneta y enfilé nuestro rumbo de vuelta a Roma, esto era de vida o muerte, o más bien de principios. Enzo creyó en mí desde un principio y le pagaría con creces su confianza.
Solo esperaba llegar a tiempo y por fin respirar en paz.
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