Capítulo 7

1341 Words
Enzo Di Rossi Estar inmerso en la camorra y ser parte o uno de sus mejores soldados se había transformado en mi motivo de vida. A las pocas semanas que la fábrica se incendiara y Regina desapareciera de nuestras vidas, fui llamado por ese maldito de Carlone ha cumplir con mi cometido como su nueva adquisición y ese era presentarme y trabajar directamente con el Don de la camorra de Roma. El magnánimo Lorenzo Di Rossi. El hombre de unos cincuenta años, porte de señor de mundo y alma más negra que la mía fue quién me recibió casi como si fuera su hijo. Eso de llevar el mismo nombre fue como la llave mágica para mí y, de alguna forma, el tipo proyectó en mí todo lo que quería para si descendencia, una que no podía tener y yo como el perro sarnoso que era me dejé moldear a su imagen y semejanza. Mantenía mi gusto por las carreras clandestinas y gracias a mi arduo trabajo como soldado y ganar muchas carreras, había logrado juntar una buena suma de dinero para mis lujos, es así como en mi pequeño garaje estaban pulcramente ordenadas Donatella, una Ducati Panigale V4 Tricolore Italia 2020; Flora: una Royal Enfield Classic 350 2018; Leonora, una hermosa Aprilia RS 660 Factory 2020 y mi gran tesoro, una clásica Vespa de color rosa, que no tenía nombre, del 2006 esa que compré solo por comprar, o más bien por estar pensando en aquella chiquilla… En la organización ya llevaba tres años, de mi padre sabía que estaba disfrutando de la vida como el viejo imbécil y desenfrenado que era. Después de la muerte de mi madre, a casi un año de la muerte de la madre de Regina, mi padre se volvió un adicto al juego y las putas, vivía de la gracia de Carlone y de mi jefe. Eso fue lo que le duró el duelo al mal nacido ese , aunque ¿qué podría esperar de un hombre como mi padre? Él nunca tuvo corazón o si alguna vez lo tuvo ninguno de sus hijos lo conoció. Supe de mis hermanos, Ítalo estaba bien en el ejército y era ya un teniente de la más alta élite, Gio estaba terminando su escuela y ad portas de comenzar la universidad para estudiar pedagogía y Bruno, él sería médico, ya estaba en su cuarto año. En mi caso, yo me dedicaba a lo mío, trabajar haciendo de matón, preocupándome de los cargamentos que llegaban desde el puerto de Génova y de administrar el Duomo, un club de peleas que tenía el jefe y donde se lavaba dinero y se mantenía contento a los idiotas de la policía y mos políticos que sobornaba mi jefe. A veces, para pasar el rato cuando no podía ir a mis carreras me gustaba ser parte de las peleas y ganar dinero fácil, pues humildemente era uno de sus mejores peleadores. Eb la organización, habia ascendido en la línea de mando y ya era uno de los hombres de confianza del Don, lo que para todos era un plus, para mí era una condena. Una condena por lo que mi padre había hecho con su fábrica y con esas ocho mujeres que fallecieron ese día. —Esta noche llegarán nuevos peleadores al Duomo—me señala el jefe y yo asiento como el buen perro que soy—.Ve a recibirlos y me informas que piensas. —Entendido. Cuando llegué al lugar, encontré a dos tipos como de mi edad y a un tercero un tanto mayor que yo. Se notaba que eran peleadores y que venían por necesidad, lo que hacía más interesante la posibilidad de darles una buena paliza antes de probarlos en el Duomo. —Señor Cicarelli — me habló Giordano, uno de los peleadores más antiguos del lugar y con el cuál entrenábamos a los peleadores de Di Rossi. —¿Ya los probaste? —No, estaba esperando por ti. Se ve que el italiano es menos experimentado que los otros dos, pero viene con un buen cartel desde la Toscana, pero sabes lo más extraño de todo. —Si no me lo dices no lo sabré—Giordano frunció el ceño, pero sólo asintió y me dijo al oído. —Se llama Enzo Di Rossi. —¿Y? —Pues así se llamaba el sobrino del jefe—dice persignándose —. El jefe me ha pedido que ponga especial atención en él. —A mi no me dijo absolutamente nada. —Pues no sé, el tipo se ve demasiado delicado, aunque tiene un cuerpo bien trabajado, pero puede ser que le esté apresurando por lo que dijo el jefe. —Así que Enzo Di Rossi… interesante. Los llamamos al cuadrilátero y probamos sus destrezas, el español era buenísimo, rápido y ágil como un lince, el viejo tenía una fuerza descomunal, pero Di Rossi era perfecto. El tipo tenía técnica y estoy seguro que hacía eso desde muy joven, por lo que ese día tenía dos cosas en claro. Saber por qué el jefe lo tenía bajo la mira y luchar con él. Con unos cuantos conocidos y algunas cosas que busqué en la prensa de la época que me señalaron supe que el sobrino de Di Rossi había desaparecido en una emboscada que le habían hecho al hermano de mi jefe y su familia. Aunque todo indicaba que el supuesto ajuste de cuentas hacía mi jefe más bien fue un ardid tramado por él mismo para deshacerse de su hermano, el motivo… Eso era un oscuro secreto. —Vamos, no te cohíbas, Di Rossi. Dame tu mejor golpe. Han pasado tres meses en que de tanto investigar y pasar en el Duomo me había hecho amigo del tal Di Rossi. El tipo tenía algo que lo hacía estar fuera de lugar, pero intentaba encajar en la organización y por empeño no se quedaba. Lo que lo hacía más fácil para colocarlo en cada pelea que trajera mucho dinero a nuestras arcas y sobretodo a mi bolsillo. Se quedaba conmigo, le había dado una cama donde dormir y comida, él tipo me pagaba un con un porcentaje de las peleas y yo le daba un techo bajo el cual cobijarse. —¿Seguro, pichoncito? No quiero lastimar esa carita de bebé. —¡Joder, pelea muñequito! Un golpe seco en mi mandíbula me desestabilizó, pero la adrenalina era más poderosa y comenzamos a pelear como si nos quisiéramos matar. En un momento de locura lo llevé hasta las cuerdas y comencé a golpearlo como si el mundo se fuese a acabar. —¡Detente, Lorenzo! Era mi jefe el que estaba gritándome y Giordano intenta detenerme. —¿Por qué? ¿por qué me detienes? ¿no era eso lo que querías, jefe?—suelto molesto porque no me dejara acabar con el baby face como le había apodado, aunque en el octágono se hacía llamar Il Diávolo. —Lo necesito vivo y no busques otra respuesta. Se acercó a él y lo tomó por el cuello, nunca lo había visto tan furioso y lo tomó del mentón. Enzo lo miró como si buscara algo en sus ojos, pero Lorenzo solo sonrió con mofa. —Nunca pensé que te encontraría vivo, querido sobrino. —Nunca me buscaste, querido tío. —¿Y por qué apareciste ahora? —Para encontrar respuestas. —Llévenlo a la casa y enciérrenlo en el sótano, mi sobrinito recibirá la bienvenida que se merece y tú, ven conmigo. Necesito que hagas algo por mí. Le hice caso y con una bolsa de hielo en mi cara le seguí, por un segundo me detuve a mirar a Enzo y él solo me sonrió aceptando su suerte o más bien consiguiendo lo que él quería. Pronto… Más pronto de lo que esperaba ambos lograríamos lo que tanto ansiábamos. Él su venganza y yo… yo mi libertad. ------------------------------ Copyright © 2025 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative
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