Capítulo 32: Cruces que duelen

1065 Words
Capítulo 32: Cruces que duelen Lía Conseguí trabajo en un restaurante italiano en Manhattan. Nada glamoroso. Turno de noche. Uniforme n***o, sonrisa medida y propinas que apenas alcanzan para pagar el alquiler. El lugar se llama La Dolce Vita. Ironía pura. Sirvo pasta, vino y sonrisas a personas que rara vez miran a los ojos. Pero es trabajo honesto. No hay vitrinas. No hay luces rojas. Nadie paga por mi cuerpo, solo por la comida. Y eso, aunque parezca poco, para mí lo es todo. Me muevo entre mesas como una sombra eficiente. —¿Desea más vino, señor? —¿Postre para compartir? —La cuenta cuando guste. La rutina empieza a sentirse normal. A veces, incluso, casi olvido quién fui. Esa noche el restaurante está lleno. Invierno crudo. Luces tenues. Música suave. Olor a ajo, albahaca y vino tinto. Salgo al salón principal con una bandeja de copas. Y entonces… el mundo se detiene. Lo veo. Sebastián. Está sentado junto a la ventana, traje oscuro, camisa blanca abierta en el primer botón. La misma presencia que una vez fue refugio y herida. A su lado, una mujer rubia, elegante, segura. Su mano descansa sobre el brazo de él con naturalidad. Como si le perteneciera. No sé quién es. Solo sé que no soy yo. La bandeja tiembla. El vino se mueve peligrosamente. Me quedo paralizada a tres mesas de distancia. Él no me ve. Ella tampoco. Siento cómo el pecho se me quiebra por dentro, pero no dejo caer nada. Bajo la mirada. Aprieto los dientes. Camino. Sirvo las copas en la mesa contigua. Escucho risas. La risa de ella. La risa de él. Una risa que ya no es mía. Me doy la vuelta. Camino directo a la cocina. Entro al baño de empleados. Cierro la puerta con cuidado. Me apoyo en la pared fría. Y lloro. En silencio. Sin ruido. Porque en Nueva York nadie se detiene por el dolor ajeno. Sebastián Pamela habla de una exposición en París. Su voz es controlada, suave, impecable. La escucho a medias. Mi mente está lejos. Siempre está lejos. Miro por la ventana. La ciudad brilla con esa indiferencia elegante que solo Nueva York sabe tener. Entonces ocurre. La veo. Lía. Camina entre las mesas con una bandeja en las manos. Uniforme n***o. Cabello recogido. Mirada baja. Pero es ella. No hay duda. Nunca la habría confundido. El corazón me da un golpe seco en el pecho. Pamela sigue hablando. No me doy cuenta de nada de lo que dice. Lía pasa a unas mesas de distancia. Sirve vino. No levanta la vista. No me mira. ¿No me vio… o decidió no verme? Quiero levantarme. Decir su nombre. Correr hacia ella como un idiota sin orgullo. Decirle que la busqué. Que la pensé. Que nada fue tan simple como parecía. Pero no me muevo. Pamela apoya su mano en mi brazo. —¿Estás bien? La miro. Sonrío. Una mentira bien ensayada. —Sí. Todo bien. Cuando vuelvo a mirar, Lía ya no está. Desapareció hacia la cocina, como si nunca hubiera existido. No la sigo. No puedo. Porque ya la perdí. Porque tengo otra vida construida sobre ruinas. Porque hay amores que, cuando se rompen, no vuelven a encajar. Solo regresan en forma de recuerdo. Y duelen. --- Dos corazones en la misma ciudad. Dos caminos que se cruzan sin tocarse. Tan cerca… y tan lejos. El destino ya empezó a jugar. Solo que aún no ha mostrado todas sus cartas. Lo que fingimos no ver Lía No volví a salir al salón esa noche. Le dije al encargado que no me sentía bien. Mentí con dignidad. En Nueva York se aprende rápido a mentir sin dar explicaciones. Me puse el abrigo, agarré mi bolso y salí por la puerta trasera del restaurante. El frío me golpeó la cara como una bofetada necesaria. Caminé sin rumbo. Calles largas. Semáforos en rojo. Gente que pasaba a mi lado sin saber que acababa de ver al hombre que me partió la vida… sentado con otra. No sabía quién era ella. No quería saberlo. Solo sabía que él estaba bien. Entero. Elegante. Acompañado. Y yo… yo era una mesera con el corazón hecho trizas. Me senté en una parada de autobús y respiré hondo. Carla vino a mi mente sin permiso. —No te quedes donde te duele —me diría—. No compitas con fantasmas. Tenía razón. Como casi siempre. Esa noche decidí algo simple y brutal: no iba a buscar a Sebastián. Si el destino quería algo más, tendría que empujar más fuerte. Sebastián Pamela hablaba. Reía. Pedía postre. Yo asentía. Pero por dentro estaba en ruinas. No toqué la comida. No sentí el vino. No escuché la música. Mi cabeza estaba en la cocina de ese restaurante, imaginando a Lía quitándose el delantal, limpiándose las lágrimas, odiándome en silencio. —¿Quieres ir a casa? —preguntó Pamela, acercándose. Asentí. En el auto, la ciudad pasó borrosa frente a mis ojos. Pamela hablaba de planes, de viajes, de una cena con su padre. Yo solo pensaba en una bandeja temblando… y en unos ojos que no me miraron. Esa noche, en su cama, Pamela fue fuego. Intensidad. Cuerpo presente. Y aun así… No era Lía. Nunca lo fue. Me quedé despierto cuando ella se durmió. Miré el techo. Pensé en Sofía. Pensé en Italia. Pensé en Ámsterdam. Pensé en esa mujer que ahora caminaba por mi ciudad sin saber que yo llevaba su nombre tatuado en la memoria. Lía Al día siguiente volví al trabajo. Nueva York no da tregua. Serví mesas. Sonreí. Evité la ventana. Evité pensar. Evité recordar el peso de su mirada que ni siquiera me tocó. Pero algo había cambiado. Ya no me sentía invisible. Me sentía alerta. Sabía que estaba en la misma ciudad que él. Eso era peligroso. Y, al mismo tiempo… inevitable. Sebastián Dos días después, volví a pasar frente al restaurante. No entré. Solo me quedé del otro lado de la calle, como un cobarde elegante, mirando el nombre iluminado: La Dolce Vita. La vi a través del vidrio. Sirviendo mesas. Derecha. Fuerte. Viva. Sonreía… pero no era una sonrisa feliz. Era una sonrisa de supervivencia. Ahí entendí algo que me dolió más que perderla: Lía no me necesitaba para seguir viviendo. Y aun así, yo no sabía cómo seguir sin ella.
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