Capítulo 31: Cruces Que No Se Ven**

960 Words
Lía Nueva York no me recibe como extraña. Aquí nací, crecí, respiré por primera vez. La ciudad es mi sangre, aunque hace años que no la piso. El frío me muerde la cara al bajar del avión en el JFK, pero no es un frío desconocido. Es el frío de casa. Rascacielos que tocan nubes grises, taxis amarillos que pitan como siempre, olor a asfalto mojado y hot dogs callejeros. Todo igual. Y al mismo tiempo todo distinto. Arrasto la maleta por el terminal como si arrastrara los últimos seis meses. No tengo mucho: ropa, la guitarra de Carla, los ahorros que me dejó antes de irse. No es una fortuna, pero alcanza. En Nueva York, con cabeza fría y sin lujos, alcanza para un apartamento cálido, no feo, amueblado, en un edificio decente del Upper East Side. No es el lujo del Jordaan, pero tiene calefacción, luz natural y una vista que no me recuerda a vitrinas rojas. —Bienvenida de vuelta —me digo en voz baja, casi sin creerlo. No vine a buscar a Sebastian. Me repito eso como mantra. Vine porque Carla me hizo prometer que dejaría Ámsterdam. Que buscaría mi felicidad. Que viviría. Y Nueva York es el único lugar donde sé cómo moverme sin sentirme perdida del todo. Tomo un taxi. El chofer me mira por el retrovisor. —¿De dónde viene, señorita? —De Ámsterdam —respondo, voz neutra. Él silba. —Lejos. —No tanto —digo—. Solo… diferente. El apartamento que encontré está en la 78 con Lexington. Dos habitaciones, cocina pequeña pero funcional, baño con bañera vieja pero limpia. Muebles sencillos: sofá gris, mesa de madera, lámparas que dan luz cálida. Nada de lujo. Nada de Sebastian. Solo mío. Lo pago con el dinero de Carla, con el que me obligó a aceptar. —Cuando yo ya no esté —me dijo ella, voz apenas susurro—, no vuelvas al Barrio Rojo. Vete lejos de Ámsterdam. Sigue tu vida. Busca tu felicidad… aunque duela mucho. Como si olvidar fuera tan fácil. Como si Sebastian fuera un nombre que se borra con una mudanza. Me siento en el sofá nuevo, aún con olor a tienda. Abro la ventana. El ruido de la ciudad entra: bocinas, sirenas, murmullo de gente que no para. Cierro los ojos. Por un segundo siento que estoy en casa. Por otro segundo siento que estoy perdida. Sebastián Tres meses pueden parecer poco tiempo… o una eternidad dolorosa, dependiendo de a quién intentes olvidar o dejar atrás. Pamela Salvaterra apareció en mi vida una noche fría de invierno, durante cena de negocios que duró horas eternas. Hija de uno de mis socios más influyentes y poderosos, hombre que maneja fondos asiáticos como si fueran juguetes. Educada en París, impecable en apariencia, mirada calculadora que mide todo. —Sebastian, te presento a mi hija —dijo su padre, levantando copa vino tinto caro—. Pamela acaba de regresar de París, donde estudió finanzas. Ella extendió mano con sonrisa estudiada y perfecta, uñas rojas brillando bajo luz candelabros. —Un placer, señor Hale —dijo, voz suave pero firme, ojos negros fijándose en mí como evaluando. No sentí nada al principio. Y justamente por eso… me quedé más tiempo en la cena. Pamela no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, iba directo al punto sin adornos ni emociones superfluas. —No creo en los hombres rotos por completo —me dijo más tarde, mientras salíamos al frío de la noche, abrigo mink cubriendo hombros—. Creo en los hombres que se reconstruyen solos. Algo en mí estaba cansado de sentir tanto, de recordar Lia cada noche. Y ella ofrecía exactamente eso: control frío, compañía sin dramas. Esa noche no pensé en Lia por primera vez en meses. Y eso ya era una traición pequeña pero necesaria. Formalizar con Pamela fue una decisión lógica y fría. Compañía estable. Imagen pública impecable. Cama caliente en noches largas y solitarias. Ella no pregunta por mi pasado ni escándalos. No le interesa Sofía más que como tema conversación superficial. Y Sofía… Sofía no la soporta desde el principio. —No me gusta, papá —me dijo una vez por videollamada desde Italia, voz rebelde—. Es fría como mamá. Egocéntrica, ambiciosa, materialista. Solo quiere tu dinero. No la contradije porque tenía razón. Pamela es ambiciosa como tiburón, materialista que mide amor en regalos caros, egocéntrica que habla solo de sí. Pero en la intimidad es un huracán que arrasa, pasión que me envuelve sin preguntas. Y en sus brazos logro algo que creí imposible: no pensar en Ámsterdam, en Lia, en su coño apretándome, en su ano virgen que abrí con placer prohibido. Al menos por unas horas, el dolor se apaga. Lía… Salgo del café con el corazón apretado, camino sin mirar a nadie en particular, solo gente pasando como río que no se detiene. Cruzo una avenida enorme y ruidosa, autos pitando, taxis amarillos frenando brusco. Me detengo frente a un edificio de vidrio alto que refleja el cielo gris y nublado, estructura moderna que parece tocar nubes. No sé por qué, pero algo en el aire me sacude fuerte, como si estuviera cerca, como si el pasado caminara a unos metros de mí sin tocarme. Siento escalofrío que recorre espalda. No. Imposible. Él no sabe que estoy aquí. Sigo andando, pies duelen en zapatos viejos, pero el dolor distrae de la mente que no para. Sebastian… Nueva York es mi refugio ahora, pero no cura del todo. Italia reconcilia con el pasado familiar. Ámsterdam destruye sin piedad lo que queda del alma. Y yo… yo estoy justo en el medio, aprendiendo a respirar otra vez. **¿El destino nos cruzará de nuevo?**
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD