Han pasado tres meses desde aquella promesa que la Carla me obligó a hacerle, mirándome a los ojos con una valentía que no le quedaba fuerzas para sostenerla por mucho tiempo más. —Cuando yo ya no esté aquí, no vuelvas al Barrio Rojo —me dijo la Carla, voz débil pero firme como siempre—. Vete lejos de la Ámsterdam. Sigue con tu vida. Busca tu felicidad… aunque duela mucho. Como si olvidar fuera tan fácil como cambiar de vestido. Como si el Sebastián fuera un nombre que se borra con una mudanza rápida. Tres meses viéndola apagarse lentamente en esa cama que terminó oliendo a medicamentos fuertes, a miedo constante y a despedida inevitable. Tres meses viéndola consumirse día tras día sin descanso, sin poder hacer nada por salvarla de ese virus que la comía viva por dentro. Todo por una s

