Capítulo 47— El rugido del motor Hudson era demasiado tranquilo, y esa tranquilidad terminó siendo nuestra peor enemiga. Sebastián y yo habíamos pasado la tarde caminando cerca del río. Él estaba decidido. Me había prometido que el lunes mismo empezaría los trámites para limpiar mi nombre y que no descansaría hasta que Pamela estuviera fuera de nuestras vidas legalmente. Pero Pamela no juega con leyes; ella juega con la muerte. —Quédate aquí un segundo, voy por unos cafés —me dijo Sebastián con una sonrisa, la primera sonrisa de paz que le veía en años. Se alejó hacia la pequeña cafetería de la esquina. Yo me quedé parada en la acera, frente a la galería, mirando cómo el sol se ocultaba tras las montañas. El pueblo estaba extrañamente vacío. Fue entonces cuando escuché el sonido. No f

