El viaje de regreso a Manhattan fue en un silencio absoluto, pero no era ese silencio cargado de reproches de antes. Era el silencio de dos soldados que regresan de una guerra que finalmente han ganado. Sebastián no me soltó la mano ni un segundo mientras el chófer conducía a través de la noche. Sus dedos acariciaban mis nudillos, como si necesitara recordarse a sí mismo que yo seguía ahí, que estaba viva, que el coche de Pamela no me había convertido en un recuerdo. Llegamos a su penthouse en la zona más exclusiva de Nueva York. El ascensor privado nos dejó directamente en el salón. Era un lugar imponente, con paredes de cristal que mostraban la ciudad como un mar de luces infinitas, pero esta vez no me sentí pequeña. —Bienvenida a casa, Lía —dijo él, cerrando la puerta tras de nosotros

