El regreso a Nueva York desde París no se sintió como el fin de unas vacaciones, sino como el comienzo de la cuenta regresiva más importante de nuestras vidas. El avión privado de Sebastián aterrizó en Teterboro bajo una lluvia suave que limpiaba el aire de la ciudad. Mientras descendíamos, Sebastián no me soltó el brazo; su mano era un recordatorio constante de que ya no caminaba sola. Sofía venía a nuestro lado, con una sonrisa que no se le borraba desde que cumplió los dieciséis, cargando bolsas de compras parisinas y una madurez que iluminaba su rostro. Llegar al penthouse fue revelador. Durante nuestra ausencia, un equipo de diseñadores, bajo las estrictas instrucciones que yo había dejado, terminó de transformar el ala este del apartamento. —¿Estás lista para ver su habitación? —me

