París nos recibió con ese aire melancólico y elegante que solo la Ciudad de la Luz posee en otoño. Después de la paz absoluta de las Maldivas, la energía de Francia era el escenario perfecto para celebrar los dieciséis años de Sofía. Para ella, este no era solo un viaje de cumpleaños; era la recuperación de un tiempo que la ambición de su padre y los conflictos familiares le habían robado. Nos instalamos en una suite imperial en el Hotel Plaza Athénée, con balcones que daban directamente a la Torre Eiffel. Sebastián estaba radiante. Verlo caminar por los pasillos de mármol con su hija de un brazo y conmigo del otro, protegiendo mi vientre ya prominente, era ver a un hombre que finalmente había entendido que su verdadera fortuna no estaba en la bolsa de valores. —Papá, ¿de verdad podemos

