El ruido de Manhattan, el eco de los canales de Ámsterdam y el veneno de Pamela se sentían como si pertenecieran a otra vida. Estábamos en una isla privada en las Maldivas, un pedazo de tierra rodeado de un mar tan turquesa que parecía pintado a mano. Sebastián no quería una boda con flashes ni con la hipocresía de la alta sociedad; quería algo sagrado, algo que solo su círculo más íntimo pudiera atestiguar. El sol empezaba a caer, pintando el cielo de tonos violeta y naranja, cuando terminé de arreglarme en la villa sobre el agua. Mi vestido de novia era una obra de arte de encaje francés, diseñado para abrazar con delicadeza mis siete meses de embarazo. Ya no buscaba ocultar nada; mi vientre era el símbolo de mi victoria y del amor real que finalmente había florecido. —Lía, ¿puedo pasa

