El embarazo avanzaba con una armonía que parecía bendecida. Mi vientre, ya levemente redondeado, era el recordatorio diario de que la vida siempre se abre paso. Pero con esa nueva vida, nació en mí una necesidad que no me dejaba dormir: la necesidad de volver a Ámsterdam, no para cerrar una puerta, sino para abrir una ventana a las que se habían quedado atrás. —No quiero que ninguna mujer más sienta que el frío del canal es su único refugio —le dije a Sebastián una noche, mientras él trazaba círculos suaves sobre mi barriga. Él no lo dudó ni un segundo. Su respuesta no fue un beso, fue una firma. En menos de un mes, los mejores abogados de Nueva York y los Países Bajos habían estructurado lo que hoy era una realidad: La Fundación Lía Van Der Berg. Regresamos a Ámsterdam en un vuelo priv

