Nueva York se había vuelto extrañamente mansa para nosotros. Las semanas que siguieron a nuestro regreso de Ámsterdam y al enfrentamiento con los Hamilton fueron un sueño de sábanas de seda, desayunos frente al Central Park y un silencio que ya no nos asustaba. Sebastián se había convertido en mi sombra y en mi luz; trabajaba desde el despacho del penthouse solo para no estar lejos de mí, como si temiera que, si parpadeaba demasiado tiempo, yo volvería a ser ese recuerdo doloroso de una vitrina roja. Pero algo empezó a cambiar en mi cuerpo. Al principio, pensé que era el cansancio acumulado, el peso de tantas batallas emocionales finalmente cobrándose la factura. Sentía una pesadez extraña en los pechos y un mareo matutino que atribuí a la intensidad de nuestras noches de pasión. Aquella

