La noche de Nueva York se filtraba por los inmensos ventanales del dormitorio, bañando la estancia en un tono azulado y eléctrico que hacía que todo pareciera más intenso. Después de la tensión con Arthur Hamilton, el silencio del apartamento no era vacío, sino expectante, cargado de electricidad que se podía cortar con un cuchillo. Sebastian me miraba desde el umbral de la puerta, con la chaqueta del traje ya en el suelo y la camisa desabrochada hasta el pecho, revelando esa piel bronceada y marcada por músculos que tantas veces me habían servido de escudo y de cárcel al mismo tiempo. —No quiero que pienses en nada más, Lía —susurró, acercándose con esa elegancia depredadora que siempre me aceleraba el pulso hasta romperlo—. Ni en Ámsterdam, ni en Pamela, ni en el dinero. Solo en esto. E

