Sebastián quien me lo dijo. Eso fue lo primero que entendí, y lo que más dolió, porque en mi cabeza todavía había un pedacito de esperanza que imaginaba que él mismo me lo diría, que me miraría a los ojos y me explicaría, que al menos me daría el derecho a romperme en privado. Pero no. La noticia me llegó como llegan las cosas que están hechas para humillarte de la forma más cruel: por boca ajena, en un lugar público, con sonrisas que no saben lo que destruyen, con esa ligereza que hace que el golpe sea más profundo y se quede clavado para siempre. Fue en el restaurante, un martes de noche, turno lento, mesas medio vacías, el olor a ajo y albahaca flotando pesado en el aire. Una clienta habitual —una mujer de unos cuarenta, traje sastre gris impecable, perfume caro que se queda en el air

