El aire de Nueva York se volvió irrespirable. No era solo la humedad del verano, era el peso de una certeza que no me pertenecía. Hay una forma específica de dolor que ocurre cuando descubres que el futuro que imaginaste ha sido ocupado por otra persona. Me encerré tres días. El teléfono vibraba contra la mesa de noche como un animal moribundo, pero no lo toqué. Sabía que eran mensajes de Sebastián, excusas envueltas en seda que no servirían de nada ante la imagen de una ecografía. Me miré al espejo y vi a la Lía de Ámsterdam. La misma mirada endurecida, el mismo vacío en la boca del estómago. Creí que había escapado de la humillación, pero la vida tiene formas retorcidas de recordarte tu lugar. Sebastián no solo me había ocultado la verdad; me había dejado expuesta a la crueldad de Pame

