Capítulo 19: Sebastian – Cuando el Escándalo Estalla**

991 Words
Desperté con el ruido del mundo cayéndose encima como un puto terremoto. Pantallas encendidas. Titulares gritando. Mi nombre escupido en todas partes como veneno puro. El país entero amaneció con la misma ansiedad morbosa de siempre: revistas agotadas en horas, periódicos volando de los quioscos como si fueran oro, noticieros repitiendo una sola frase como mantra venenoso que no para. “Esposa de gran magnate descubre a su esposo con una prostituta en Ámsterdam.” Mi rostro en portada, grande y sin piedad. El apellido Hale en letras negras gruesas. La palabra prostituta subrayada en rojo, como si fuera sentencia de muerte. Yo sabía quién había apretado el gatillo sin remordimiento. Isabella. Esa maldita. Estaba en mi oficina, en el piso más alto del edificio que construí con sudor y deals sangrientos, cuando la puerta se abrió de golpe. Un portazo seco, furioso, que hizo vibrar los vidrios. Mi abogado entró sin pedir permiso, la revista doblada en la mano como un arma cargada, el rostro tenso y pálido. —Sebastian —dijo sin rodeos, voz grave—. ¿Ya viste esta mierda? No levanté la vista de inmediato. Encendí un cigarro con calma forzada, el humo subiendo lento mientras el corazón me latía como tambor de guerra. —Claro que lo vi —respondí, voz baja y fría—. Todo el maldito país lo vio. Y el mundo entero ya lo está compartiendo. Arrojó la revista sobre mi escritorio de caoba con un golpe seco que resonó. —Isabella vendió las fotos y la información. No tengo dudas. Esto es un ataque directo, calculado. Chisme y farándula, edición especial. La prensa se la comió viva. Leí el titular otra vez, como si hacerlo me diera algún control sobre el caos. —“Esposa traicionada rompe el silencio” —leí en voz alta, risa seca saliendo—. Qué ironía de mierda. —Aquí hay declaraciones falsas, supuestos testimonios comprados, insinuaciones de lavado de dinero, de abuso de poder… —continuó, voz subiendo de tono—. Está intentando ensuciarlo todo, Sebastian. Hacerte ver como monstruo. Apreté los dientes hasta doler, el cigarro quemando entre dedos. —Esa maldita lo hizo —murmuré, rabia subiendo como bilis—. Sabía que iba a vengarse… pero no así, no tan bajo, no tocando a Lia. Me levanté de golpe y caminé hasta el ventanal panorámico. Abajo, en la calle, periodistas como buitres: cámaras apuntando al edificio, flashes disparando, gente esperando mi caída como si fuera espectáculo gratis. —Esto no es solo un chisme barato —dijo el abogado, acercándose—. Es una estrategia fría. Quiere presionarte socialmente antes del divorcio, hacerte sangrar en público. —Quiere humillarme —corregí, voz temblando de furia contenida—. Quiere verme arrodillado, suplicando, destruido. Me giré, ojos fijos en él. —¿Qué tan jodido estoy realmente? —Mediáticamente, es un golpe brutal, Sebastian —admitió, sin suavizar—. Acciones bajando, socios llamando preocupados, marca personal en el suelo. Legalmente… no tanto. No hay delito penal. Solo moral pública juzgando. Solté una risa seca, amarga, que resonó en la oficina vacía. —La moral pública es más peligrosa que cualquier juez con toga. Te mata lento, te deja sin nada. Tomé la revista y pasé las páginas con rabia: fotos de Lia entrando a la vitrina, borrosas pero claras, fotos mías saliendo de hoteles meses atrás. Todo editado, manipulado, sacado de contexto para pintar el cuadro perfecto del villano. —La tocó a ella —dije con voz baja, peligrosa—. Publicó su cara, su vida. Y eso sí no se lo voy a perdonar nunca. —Sebastian —advirtió, voz cautelosa—. Cualquier reacción impulsiva ahora… —No —lo interrumpí seco—. Esto se maneja con cabeza fría. Como un deal de millones. Apagué el cigarro en el cenicero de cristal con fuerza que casi lo rompe. —Isabella cree que ganó. Que me arrinconó en la esquina. Que ahora soy el villano perfecto para su historia de víctima. Lo miré fijamente, ojos ardiendo. —Pero no sabe lo que yo sé. Lo que mi detective encontró. El abogado respiró hondo, intrigado. —¿Quieres que lancemos un comunicado inmediato? Negar, contraatacar… —No todavía —respondí, voz calmada pero letal—. El silencio ahora es poder. Que hablen hasta cansarse. Que crean que ganaron. Me senté de nuevo, abrí la laptop y vi cómo las redes explotaban como bomba: tendencias con mi nombre, memes crueles, comentarios venenosos. “Caído el rey.” “Otro magnate hipócrita con prostitutas.” “Pobre esposa traicionada.” Tragué saliva dura, el nudo en la garganta apretando. —¿Y Sofía? —pregunté de pronto, voz quebrándose por primera vez. —Está protegida en Italia con tu madre. Lejos del foco. No ve esto. Asentí, alivio mínimo en el caos. —Eso era lo único que importaba de verdad. —Prepárate —le dije, voz firme—. Porque cuando yo hable… se va a caer más de uno. Y duro. —¿Incluida Isabella? Lo pensé un segundo, sonrisa fría asomando. —Especialmente ella. Se va a arrepentir de apretar ese gatillo. El abogado recogió la revista, asintiendo. —Esto apenas empieza, Sebastian. —No —corregí, ojos fijos en la ciudad abajo—. Esto es el final de una mentira larga y podrida. Cuando se fue, mi teléfono vibró como víbora. Un mensaje. Isabella. > “Ahora el mundo sabe quién eres de verdad.” La miré unos segundos largos… y escribí, dedos temblando de rabia contenida. > “Y pronto sabrá quién eres tú. Prepárate.” Cerré el teléfono con fuerza. Afuera, las cámaras seguían esperando como hienas. Adentro, yo ya estaba listo para contraatacar. Porque en esta guerra sucia, el escándalo es solo la primera bala. Y yo todavía no había disparado la mía. **¿Qué secreto destruirá a Isabella?**
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD