La vitrina está fría esta noche, el vidrio empañado por mi aliento y la lluvia fina que no para. Tengo el vestido rojo corto pegado al cuerpo, tacones que me duelen pero atraen, pelo rubio suelto cayendo por la espalda como cortina que no oculta nada. Seis meses desde que Sebastian se fue sin mirar atrás, y sigo aquí, donde siempre estuve: vendiendo lo que queda de mí por dinero que no llena.
Entra él. Cliente habitual, cincuenta y pico, traje gris caro, ojos que miran con hambre vieja. No dice nombre, nunca lo hace. Paga cien euros sin regatear, billetes limpios que dejo en la mesita.
Lo llevo a la habitación pequeña: cama con sábanas ásperas que ya no limpio, espejo en el techo que refleja todo sin piedad, lavabo con jabón barato que huele a limón sintético. Cierro la puerta con clic seco.
Se quita el traje rápido, v***a dura bajo boxers. Me empuja contra la pared, besos agresivos y torpes, manos en pechos pellizcando pezones hasta que duele placer traidor.
—Americana caliente —gruñe, bajando cabeza a mi coño, lamiendo clítoris con lengua pesada, dedos introduciendo dos curvando punto G que me hace jadear.
Gimo porque el cuerpo responde solo, aunque la mente esté en otro lado. Pienso en Sebastian: su lengua lenta, devorándome como si fuera elixir, no como este que solo quiere descargar.
—Joder, sí —digo, enredando dedos cabello gris, voz forzada.
Me voltea, culo contra él, v***a rozando entrada vaginal.
—Te follo duro —dice, embistiendo profundo, caderas chocando palmadas húmedas y rápidas.
Ritmo salvaje, mano en cabello tirando fuerte, otra frotando clítoris con dedos ásperos. Me corro rápido, apretándolo, gritando sin ganas. Él se corre dentro con jadeo, colapsando sobre mí.
Sale, billete extra en la mesita, puerta cerrando.
Me limpio con toalla húmeda, semen goteando muslos. Miro espejo: mejillas sonrojadas, labios hinchados, ojos vacíos. Soy puta. Siempre lo fui.
Salgo del turno, camino al departamento. Carla me espera con tequila y cara de preocupación.
—Otra noche larga, mija —dice, sirviendo dos vasos.
Me siento en el sofá, cuerpo agotado.
—Cliente habitual —digo, voz ronca—. Folló duro. Como siempre.
Carla me mira fijo.
—¿Pensaste en él otra vez?
Asiento, lágrimas subiendo.
—Siempre. Cada vez que me penetran, cierro ojos y veo a Sebastian. Su v***a despacio atrás, sus manos en mi cintura, su voz diciendo “te amo”. Y luego recuerdo cómo se fue sin mirar atrás. Me dejó sola en esta mierda.
Carla se sienta a mi lado, mano en mi rodilla.
—Lia, ya pasaron seis meses. ¿Por qué no contestas? Te llama, te escribe.
—No puedo —digo, voz quebrándose—. No quiero que vuelva. No quiero que pierda más por mí. Sofía necesita padre. Isabella, aunque sea una perra, es familia. Yo soy… esto. Una puta que cobra por abrir piernas.
Carla niega.
—Tú no eres solo esto. Eres la mujer que él amó. La que lo hizo sentir vivo.
Lloro fuerte.
—Precisamente por eso me alejé. Lo saqué de aquí, lo hice elegir, y lo perdí. No quiero que regrese y vea lo que soy de verdad: una zorra que sigue en la vitrina, que se acuesta con cualquiera por dinero.
Carla me abraza.
—Él te amó así. Te sacó del barro. Pagó deudas, apartamento, todo. Quería vida contigo.
—Y yo lo rechacé —digo, sollozando—. Porque sé que no merezco. Soy puta, Carla. Putas no tienen finales felices. Putas actúan tal: follan, cobran, olvidan.
Carla me mira con ojos húmedos.
—¿Y si él vuelve? ¿Qué harás?
Me quedo en silencio largo.
—No volverá. Lo vi irse. Frente en alto. Vergüenza en piso. Destruyó familia por una puta como dicen. Y yo… yo lo dejé ir.
Lloro más, abrazando a Carla.
—No merezco amor. No merezco nada.
Carla me aprieta.
—Tal vez mereces perdonarte, mija. Porque él ya te perdonó.
Me quedo callada, lágrimas cayendo.
La noche se alarga. Bebemos. Lloro. Recuerdo Sebastian: su risa, su v***a, su “te amo”.
Pero él no vuelve.
Y yo sigo aquí, en la vitrina, esperando clientes que no llenan nada.
**¿Cuánto más puedo aguantar?**