Capítulo 41— El Silencio de Sebastián**

676 Words
**Capítulo 41— El Silencio de Sebastián** No sonrió. Ni siquiera fingió hacerlo. Cuando Pamela terminó su discurso —ese embarazo servido como sentencia final, con lágrimas ensayadas que caían lentas y medidas, voz quebrada en el momento exacto, mano en el vientre como escudo—, el silencio cayó como una losa pesada entre los dos. Pesado. Incómodo. Definitivo. El tipo de silencio que pesa en los hombros, que se mete en los huesos y no se quita. Yo lo vi desde el sofá donde estaba sentado. Sebastián no estaba feliz. Estaba atrapado. Él se quedó quieto, apoyado en el escritorio de caoba, manos abiertas sobre la madera pulida, mirando el suelo como si buscara respuestas en las vetas del árbol muerto. No se sentó. No se acercó a ella. Se quedó de pie, rígido, como si el cuerpo se le negara a aceptar la noticia, como si el peso de esas palabras lo clavara al piso. —¿No vas a decir nada? —preguntó ella, bajando la mirada despacio, jugando el papel de mujer frágil que ya conocía de memoria, voz suave pero con filo escondido. Él respiró hondo, pecho subiendo y bajando lento. Cerró los ojos un segundo, como si intentara ordenar el caos dentro. —Necesito tiempo —dijo al fin, voz baja, casi ronca. Pamela levantó la cabeza de golpe. Eso no estaba en el guion que había ensayado en el espejo del baño. —¿Tiempo para qué? —susurró, voz temblando justo lo necesario—. Sebastián… es tu hijo. Ahí estuvo el detalle que cortó. No dijo nuestro hijo. Dijo tu hijo. Él abrió los ojos, mirada fija en el suelo, mandíbula apretada hasta que los músculos se marcaron. La habitación se llenó de un silencio que ahogaba. Sebastián cerró los ojos otra vez. En su mente no había cunas blancas ni nombres de bebé ni futuro con pañales y risas. Había una cama a media noche en Ámsterdam. Un cuerpo que no era el de Pamela. Una mujer que nunca dejó de dolerle, que gemía bajo él, que se abría completa, que lo hacía sentir vivo por primera vez en años. Lía. La culpa no gritaba fuerte. Pesaba. Como plomo en el pecho. —Me hago responsable —añadió, con voz baja y pesada—. De todo lo que implique. No voy a desaparecer. No voy a huir. Pamela asintió despacio, pero por dentro sonreía con frialdad. No necesitaba amor verdadero. Le bastaba con eso: responsabilidad, deber, cadena invisible. Un hijo —real o no— era el mejor grillete. La mejor forma de amarrarlo sin que se diera cuenta. Se levantó despacio del sofá, tacones clac clac suaves en el piso de madera oscura. Caminó hacia él con pasos medidos, sin tocarlo. Lo miró desde abajo, con ese pánico elegante y ensayado que sabía usar tan bien. —Tengo miedo —dijo, voz temblando justo lo necesario—. No por mí… por nosotros. Por lo que viene. Sebastián no respondió. Porque no existía ese nosotros. Nunca existió de verdad. Más tarde, cuando ella se quedó dormida abrazando una mentira aún pequeña, él permaneció despierto, mirando el techo alto y oscuro. El teléfono vibró una vez sobre la mesa de noche. Un mensaje sin abrir. Un nombre que quemaba aunque no apareciera en la pantalla. No lo leyó. No esa noche. Porque entendió algo con una claridad brutal y dolorosa: el hijo —real o no— lo amarraba al presente inmediato, pero su corazón seguía anclado en el pasado, en una mujer que no contestaba, que no lo buscaba, que lo dejó ir bajo la lluvia. Y Pamela lo supo en ese momento, aunque no lo dijera. Por eso no celebró la noticia. Por eso apretó los dientes en la oscuridad, conteniendo rabia. Había ganado tiempo. No la guerra. El silencio de Sebastian no era aceptación. Era duda. Era lucha interna. Era el comienzo de algo que ella no controlaría. Y eso… eso la aterrorizaba. **¿Cuánto tiempo podrá sostener la mentira?**
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD