Pamela
Competir con la Lía era perder de entrada, y lo supe desde el principio.
No me tomó semanas entenderlo ni analizarlo como en una junta de negocios. Me tomó una noche solitaria.
Una sola noche fría.
Sebastian dormía a mi lado, de espaldas como siempre, respiración lenta y profunda que llenaba la habitación oscura, cuerpo grande y musculoso ocupando la mitad de la cama king con sábanas de hilo egipcio que costaron una fortuna pero no calientan nada. Yo lo miraba en la oscuridad absoluta, estudiándolo como se estudia a un enemigo amado que no quieres perder. Sus hombros tensos incluso dormido, como si cargara peso invisible. La mandíbula apretada con fuerza, barba de dos días raspando la almohada. El hombre que el mundo llama magnate intocable… y que yo sabía roto por dentro, aunque fingiera lo contrario.
No soñaba conmigo esa noche.
Lo sabía porque cuando sueña conmigo, me abraza instintivo, mano en mi cintura, cuerpo pegándose al mío. Esa noche no lo hizo.
Esa noche murmuró otro nombre en el sueño.
No lo dijo completo ni claro. Solo una sílaba ahogada que salió como susurro ronco.
Pero fue suficiente para golpearme el estómago con claridad quirúrgica que no perdona.
Ahí lo entendí todo de golpe.
Con la Lía no podía competir con elegancia ni gracia, ni con sexo apasionado que lo deja jadeando, ni con estatus social que abro puertas, ni con apellido que pesa en Wall Street. Porque lo que ella tenía con él… no se compra con dinero ni se finge.
Ella tenía su culpa acumulada.
Su deseo prohibido.
Su herida abierta que no cierra.
Y eso es lo más peligroso que existe en una relación.
Me levanté sin hacer ruido ni un sonido, pies descalzos en el piso de madera pulida que brilla bajo la luz de la luna filtrada por cortinas gruesas. Caminé despacio hasta el ventanal panorámico, el vidrio frío contra mi piel desnuda. Nueva York brillaba abajo como siempre: cruel con sus luces eternas, hermosa en su caos, indiferente a mi dolor. Apoyé la frente en el cristal helado, vapor empañando la vista.
El amor no iba a salvarme de esta.
El amor no amarra a un hombre como Sebastian cuando el pasado lo llama.
El amor lo empuja a huir, a dudar, a romper todo.
Necesitaba otra cosa más fuerte.
Algo más definitivo y crudo.
Algo más sucio si hacía falta.
Recordé el informe del investigador que contraté semanas atrás, el que me costó una fortuna discreta. Las fotos de Lia saliendo de un restaurante barato, trabajando como mesera, vida frágil sostenida con alfileres y propinas. Nada que ver con la prostituta de Ámsterdam que hundió a Sebastian en escándalo. Pero algo en ella seguía llamándolo, como imán que no se apaga.
Y sonreí en la oscuridad.
No con alegría verdadera.
Con decisión fría.
Porque cuando una mujer como yo entiende que ya perdió el juego limpio… cambia de tablero sin pensarlo dos veces.
—No voy a rogar ni suplicar —susurré para mí misma, voz baja—. No voy a esperar que me elija.
Volví a la cama despacio, me acomodé contra su espalda cálida. Pasé un brazo por su cintura posesiva, sintiendo su calor. Lo sentí tensarse apenas, inconsciente, como si supiera que algo cambiaba.
—Te amo —le murmuré al oído, voz suave pero calculada.
Él no respondió, dormido profundo.
Y no importó.
Porque en ese momento tomé la decisión final.
No iba a luchar contra Lia como mujer igual.
Iba a hacerlo como sistema que no falla.
Como estructura que no se quiebra.
Como jaula que no deja escapar.
Sebastian podía dudar todo lo que quisiera.
Podía recordar a Lia en silencio.
Podía desear lo que ya no tenía.
Pero no iba a escapar de mí.
No cuando yo terminara de armar el plan.
Cerré los ojos por fin, tranquila por primera vez en semanas.
Porque ya no estaba compitiendo como tonta.
Estaba planeando como ganadora.
Y cuando una mujer deja de amar y empieza a decidir con cabeza fría…
alguien siempre cae sin remedio.
**¿Qué hará Pamela ahora?**
La Mentira Germina
Pamela
La mentira no nace de golpe ni de repente.
Se cultiva despacio, como planta que se riega en secreto.
Empieza con una llamada discreta y baja, un nombre recomendado en voz susurrada. Un médico que no figura en directorios públicos ni abiertos, pero sí en agendas privadas y ocultas de gente que puede pagar. Hombres que no preguntan demasiado ni profundizan cuando el sobre es grueso y pesado, y la reputación… flexible y adaptable.
—Necesito certeza absoluta —dije, sentada frente a él en el consultorio discreto, cruzando las piernas con calma calculada—. Y discreción absoluta que no deje rastro.
El doctor me miró por encima de sus lentes gruesos, evaluándome como se evalúa un riesgo alto.
—Todo tiene un precio, señora Salvaterra —dijo, voz neutral pero fría.
Sonreí sin alegría.
—Por eso estoy aquí, doctor. Pague lo que pida.
Análisis manipulables y falsos.
Fechas ajustables a mi conveniencia.
Informes que pueden leerse como convenga al momento.
La ciencia, cuando se compra con dinero sucio, se vuelve dócil y obediente.
Salí del consultorio con el bolso apretado contra el pecho como escudo, y una calma nueva en la sangre que corre. No era felicidad pura. Era control total. La clase de control que no grita ni amenaza… que se infiltra lento como veneno.
Sebastian no lo sabía aún ni sospechaba.
Pero pronto no tendría opción ni salida.
La mentira ya había germinado en mi mente.
Sebastian
Pamela se fue de viaje esa tarde misma.
Dijo que necesitaba “ordenar cosas pendientes”.
Yo no pregunté ni insistí.
La casa quedó en silencio pesado. Demasiado grande para uno solo. Demasiado limpia para el desorden dentro. Demasiado vacía como mi pecho.
Y entonces Lia volvió de golpe.
No físicamente al principio, no en carne y hueso.
Volvió en forma de recuerdo vivo, de aroma imaginado que huele a perfume barato y sudor, de una imagen suya cruzando la calle con abrigo oscuro y mirada cansada que no olvido. Volvió como siempre vuelve lo que nunca se fue del todo, lo que se queda clavado.
Miré el reloj en la pared de la oficina: medianoche pasada.
No debería hacerlo.
No podía evitarlo.
Pero lo hice sin pensarlo dos veces.
Tomé las llaves del auto, el abrigo n***o largo, salí al frío de la noche.
Nueva York estaba húmeda y brillante, brillando bajo faroles cansados que iluminan poco. Manejar hasta su barrio fue un acto automático y sin vuelta, como si el cuerpo supiera el camino mejor que la razón confundida.
Cuando llamé al interfono del edificio viejo, mi voz salió baja y ronca.
—Soy yo —dije, voz temblando leve.
Silencio largo que duele.
Luego su voz, rota por sorpresa que no finge.
—No… no puedes estar aquí —dijo, voz quebrada.
—Solo mírame un segundo —dije—. Si después quieres que me vaya, lo haré sin pelea.
La puerta se abrió con zumbido eléctrico.
Lia estaba descalza en el umbral, cabello suelto cayendo desordenado, camiseta vieja y desgastada. Sin maquillaje ni máscaras. Más real que cualquier recuerdo que guardo.
—No debiste venir —susurró, voz baja.
—Lo sé —admití.
No nos tocamos al principio. Nos miramos fijo. Como dos personas que saben que el incendio sigue vivo bajo cenizas, solo esperando aire para arder otra vez.
—Vete, Sebastian —dijo, pero no se movió ni un centímetro—. No compliques más esto que ya está jodido.
—Ya está complicado desde hace meses —respondí—. Desde antes. Desde siempre.
Ella dio un paso atrás dudoso. Yo uno adelante decidido.
—Tengo una vida ahora —murmuró, voz temblando—. O intento tenerla de verdad.
—Yo también —mentí a medias.
Nos quedamos en silencio pesado. El tipo de silencio que vibra como corriente. Que empuja sin tocar.
Cuando la toqué fue con cuidado lento, como si aún pudiera romperse en pedazos. Ella tembló entera. Cerró los ojos despacio. Me empujó al pecho con manos débiles… y luego se rindió de golpe.
No fue prisa desesperada.
Fue hambre vieja y profunda.
No fue promesa vacía.
Fue necesidad cruda.
Esa noche no hablamos de futuro incierto. Ni de culpa que pesa. Ni de Pamela que espera. Ni de Ámsterdam que destruye.
Solo existimos en el momento.
Y por unas horas largas, el mundo dejó de doler tanto.
Lía
Cuando se fue al amanecer, el sol clareando la ciudad despacio.
Me quedé sentada en la cama revuelta, envuelta en las sábanas que huelen a él, con el corazón desordenado y la cabeza llena de preguntas que no quería formular ni responder.
Sabía que esto no arreglaba nada de lo roto.
Sabía que complicaba todo más.
Pero también sabía algo más terrible y real:
Aún lo amaba con todo.
Y el amor, cuando vuelve a tocarte después de creerlo muerto… no pide permiso ni perdón.
En algún punto de la ciudad, Pamela sonreía sin saberlo aún.
La mentira ya estaba creciendo en silencio.
Y pronto, alguien tendría que elegir…
aunque no quisiera ni estuviera listo.
**¿Qué pasará ahora?**