Han pasado tres meses desde aquella promesa que la Carla me obligó a hacerle, mirándome a los ojos con una valentía que no le quedaba fuerzas para sostenerla por mucho tiempo más.
—Cuando yo ya no esté aquí, no vuelvas al Barrio Rojo —me dijo la Carla, voz débil pero firme como siempre—. Vete lejos de la Ámsterdam. Sigue con tu vida. Busca tu felicidad… aunque duela mucho.
Como si olvidar fuera tan fácil como cambiar de vestido.
Como si el Sebastián fuera un nombre que se borra con una mudanza rápida.
Tres meses viéndola apagarse lentamente en esa cama que terminó oliendo a medicamentos fuertes, a miedo constante y a despedida inevitable. Tres meses viéndola consumirse día tras día sin descanso, sin poder hacer nada por salvarla de ese virus que la comía viva por dentro. Todo por una sola noche de pasión maldita que la condenó. Una noche de alcohol barato, de confianza equivocada y ciega, de un hombre que juró amor eterno y dejó solo muerte y dolor.
Ella creyó que era amor verdadero.
Se entregó sin defensas ni dudas.
Y él la engañó como a una tonta.
Esa noche entendí que hay pérdidas que no se superan nunca. Solo se aprenden a cargar como peso muerto.
Flashback:
La lluvia caía con rabia esa noche, como si el cielo también estuviera furioso por lo que pasaba. Las luces de la calle se reflejaban en el pavimento mojado y sucio cuando entré corriendo al apartamento, el corazón latiendo fuerte como tambor descontrolado.
—Carla… —susurré al entrar, voz temblando de miedo.
Ella estaba ahí en la cama. Pequeña y frágil como nunca la vi. Sus ojos ya no me buscaban con la misma fuerza. Le tomé la mano, todavía tibia pero débil, todavía real… y aun así, ya no estaba del todo.
Sentí que el pecho se me partía en dos como madera seca. No lloré de inmediato, no pude. El dolor fue tan grande y profundo que me dejó muda y paralizada. Me dolió más que mi propia miseria, más que mi propia historia de deudas y vitrinas. Más que nada en la vida.
Esa noche entendí que hay pérdidas que no se superan con tiempo. Solo se aprenden a cargar como una cruz pesada.
Ahora estoy aquí, rodeada de cajas vacías y abiertas que esperan ser llenadas con lo poco que queda. Haciendo mi equipaje para partir de este departamento que ya no es hogar ni refugio. Vendí todos los muebles que el Sebastian me compró para que estuviera cómoda y segura. No quería cargar con recuerdos que pesan más que una maleta llena de piedras. No quería llevarme nada que me recordara el lujo que no merezco.
La Carla me dejó sus ahorros guardados. Insistió hasta el final. Dijo que era suficiente para sobrevivir cuatro meses mientras buscaba empleo decente. No quise aceptarlo al principio, pero me obligó con esa mirada que no aceptaba no.
—Prométeme que vas a vivir de verdad —me dijo la Carla, voz apenas susurro—. No sobrevivas nomás… vive como se debe.
Nueva York.
La palabra me da vértigo y miedo. No sé por dónde empezar ni cómo buscar al Sebastian. No sé si él querrá verme después de todo el daño. No sé si aún hay un espacio para mí en su mundo… o en su corazón herido.
Pero sé algo claro: no puedo quedarme aquí en la Ámsterdam.
La Ámsterdam me recuerda lo que fui y lo que sigo siendo. Nueva York tal vez me enseñe quién puedo ser si me atrevo.
Cierro la maleta con manos temblorosas. Respiro hondo, el aire pesado de recuerdos. Miro por última vez el lugar donde perdí a mi amiga… y a la mujer que fui antes.
—Voy a intentarlo, Carla —susurro al vacío, voz quebrada—. Te lo prometo con el alma.
Salgo.
Sin mirar atrás.
Con el corazón roto en pedazos…
pero latiendo aún, aunque sea débil.
**¿Nueva York me salvará?**