El pasillo del edificio viejo de Lía parece un túnel sin salida, las paredes descascaradas exhalando olor a humedad y desesperación que se pega a la piel como una segunda capa de mugre. Karel se erige en la puerta como un cuervo sarnoso, flanqueado por dos perros de presa: el de la izquierda, un armario con tatuajes serpenteando por los brazos como venas hinchadas, y el otro, un tipo flaco con ojos hundidos mascando chicle con chasquidos irritantes.
—Mañana, Lía. Todo o nada —repite Karel, la voz un siseo que eriza la nuca.
Ella asiente, la boca seca como arena, y cierra la puerta con un clic que suena a sentencia final. Se desliza al suelo, la espalda contra la madera astillada, el corazón latiendo como un puño enjaulado. ¿Qué carajos va a hacer? Quince mil euros no crecen en árboles, y yo… yo soy un espejismo, polvo caro que no resuelve facturas.
Pasan horas en un borrón de lágrimas y cigarrillos robados, el humo enroscándose en el techo bajo como fantasmas de su madre. Al amanecer, Lía se levanta con los ojos hinchados y una determinación fría: irá al burdel temprano, tomará todos los turnos, dejará que extraños la toquen hasta que el cuerpo grite basta. Pero cuando abre la puerta, encuentra un sobre manila en el felpudo, sin remitente, solo su nombre garabateado en letra elegante. Dentro, un fajo de billetes limpios —exactamente quince mil euros— y una nota simple: Para empezar de cero. Un amigo anónimo. No preguntes.
El mundo se inclina, el papel temblando en sus dedos. ¿Quién? El pulso se acelera, un calor traicionero subiendo por el vientre al imaginarme a mí, mis ojos azules perforándola como anclas. ¿Yo? ¿Por qué? La gratitud la golpea como una ola, mezclada con vergüenza y un anhelo que humedece las bragas solo de pensarlo.
No espera. Toma un taxi —lujo pagado con un billete del fajo— directo al Hotel Pulitzer, donde sabe que me hospedo. El lobby es un sueño de mármol y cristal, los conserjes mirándola de reojo, pero Lía no se achica; el fuego de la noche en la lancha aún arde en sus venas. Sube al ático en el ascensor privado, el número de habitación que le susurré en un beso post-coital. Golpea la puerta con el puño, el corazón un tambor de guerra, y cuando abro —desnudo de cintura para arriba, solo pantalones de pijama grises colgando bajos en las caderas—, el aire se carga de electricidad.
—Lía… —la voz sale ronca y sorprendida, los ojos oscureciéndose al verla, recorriendo su cuerpo con una hambre que la deshace—. ¿Qué pasa? Pareces…
Entra sin permiso, cierra la puerta de un portazo y lanza el sobre a mi cara.
—Esto. ¿Fuiste tú, carajo? ¿Pagaste mi deuda como si fuera una puta caritativa? ¿Qué quieres a cambio? ¿Que te lama el culo eterno?
Atrapo el sobre en el aire, la mandíbula tensándose, pero no niego nada. La miro un segundo eterno, y luego la atraigo contra mi pecho desnudo, los brazos como barras de hierro alrededor de su cintura.
—Sí, fui yo. Hablé con tu… contacto. Karel. Le dije que desapareciera o lo hundiría con abogados que comen proxenetas por desayuno. No es caridad, Lía. Es… no podía verte rota por eso. Quería liberarte.
Se debate un instante, pero el calor de mi piel la traiciona, los pezones endureciéndose contra el encaje del sostén bajo la blusa.
—Me da vergüenza —susurra, las lágrimas picando los ojos—. Soy una carga, Sebastian. Tú con tu vida de cristal, y yo… vendiendo el coño por migajas. ¿Por qué yo? ¿Por qué no una modelo cualquiera en una fiesta?
La levanto en brazos como si no pesara nada, llevándola al salón del ático: espacio vasto con ventanales panorámicos dando a los canales brumosos, muebles de cuero n***o y chimenea eléctrica parpadeando como velas falsas. La siento en el sofá, arrodillándome frente a ella, las manos en sus rodillas separándolas con gentileza.
—Porque contigo no es vacío. Isabella… joder, Lía, ella es hielo. Nuestro matrimonio es un contrato: fiestas, sexo mecánico donde finge orgasmos mientras chequea la agenda. Me folla por estatus, no por deseo. Pero tú… tú me miras como si me vieras de verdad, no al magnate. Anoche, en esa lancha, cuando te até y te penetré por detrás, sintiendo cómo te abrías para mí, temblando… eso fue libertad. Para los dos.
Traga saliva, el recuerdo encendiendo su vientre: el estiramiento ardiente, el placer prohibido que la hizo gritar mi nombre como una oración sucia.
—Yo también tengo vergüenza —confiesa, la voz quebrándose—. Mi madre me crió para ser artista, no… esto. Cada cliente es un pedazo de mí que muero un poco. Pero contigo… duele menos. Me haces sentir deseada, no usada.
Me levanto, atrayéndola de pie, y la beso con una lentitud que es tortura: labios rozando, lenguas danzando como preliminares eternos.
—Déjame mostrarte lo que vales —murmuro contra su boca, guiándola al dormitorio principal.
El espacio es un santuario de sombras: cama king con postes de hierro forjado, mesitas con velas reales que enciendo con un encendedor plateado, y un cajón que abro para sacar una venda de seda negra, una pluma y un paddle de cuero suave —juguetes que gritan control consensuado.
—¿Confías en mí? —pregunto, los ojos azules perforándola, y Lía asiente, el pulso un trueno en los oídos.
La desvisto despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de la clavícula, el valle entre los pechos, el ombligo que lamo con la lengua hasta hacerla gemir. La venda cubre sus ojos, sumiéndola en oscuridad sensorial, y la guío a la cama, atando las muñecas a los postes con lazos suaves de seda que muerden lo justo para excitar.
El primer azote es un chasquido ligero en el culo desnudo, el paddle calentando la piel como una caricia punzante. Jadea, arqueando la espalda, y sigo: palmadas rítmicas que alternan con besos en las nalgas enrojecidas, los dedos separando los labios vaginales para soplar aire fresco en el clítoris hinchado.
—Eres mía esta noche —digo, el sonido vibrando contra su piel mientras la pluma traza senderos por la espina dorsal, bajando hasta rozar el ano expuesto.
Se retuerce, el placer construyéndose como una tormenta, y cuando introduzco un dedo lubricado en el culo —despacio, curvándolo para rozar esa próstata femenina que la vuelve loca—, Lía grita, un orgasmo preliminar salpicando los muslos.
Pero no paro. La volteo boca abajo, el paddle ahora en mi mano desnuda: azotes que arden como promesas, cada uno seguido de una lamida en la marca roja.
—Siente esto, Lía. Siente cómo te libero —susurro, posicionándome detrás.
Mi v***a, dura como hierro, roza la entrada vaginal primero, embistiéndola en un empujón profundo que la llena hasta el fondo, las bolas chocando contra el clítoris. El ritmo es brutal y tierno a la vez: follándola con fuerza, una mano en la cadera, la otra bajando para pellizcar los pezones mientras las velas proyectan sombras danzantes en las paredes. Tira de las ataduras, ciega y expuesta, y se corre dos veces —la primera vaginal, apretándome como un vicio; la segunda cuando saco y presiono en el ano, penetrándola por detrás con lubricante que gotea como lágrimas calientes, el estiramiento fundiéndose en éxtasis puro.
—Sebastian… sí, joder, más… —suplica, y obedezco, embistiéndola analmente con una ferocidad que la rompe, el semen caliente inundándola mientras digo su nombre como una maldición bendita.
Colapsamos en un enredo sudoroso, quitándole la venda para besarla con devoción, las lágrimas mezclándose con el sudor en sus mejillas.
—Te amo —confieso en la quietud, la voz un hilo frágil—. Pero Isabella lo sabe. Me llamó anoche. Sabe de ti.
Lía se tensa en mis brazos, el paraíso hecho trizas.
No dejo que se vaya esa tarde. La convenzo de mudarse. Con el dinero que le di para la deuda —y un poco más que transfiero desde mi cuenta—, alquilo un departamento lujoso y acogedor en el Jordaan: dos habitaciones, cocina moderna, baño con bañera grande, vistas al canal, muebles nuevos, todo pagado por adelantado un año. Carla se va con ella —la amiga no la deja sola—, y las dos se mudan esa misma semana. Es un lugar cálido, con luz natural, plantas en las ventanas, cama king para cuando voy de visita. Lía llora cuando ve el lugar por primera vez.
—Esto es demasiado, Sebastian —dice, abrazándome fuerte.
—Es lo que mereces —respondo, besándola en la frente.
Pero mientras ellas se instalan en su nuevo hogar, el teléfono vibra de nuevo: Isabella.
—Sé dónde estás. Y con quién. Llego mañana.
¿Vendrá Isabella a Ámsterdam?