El penthouse en Kensington es un mausoleo de lujo estéril, con vistas al Támesis que brillan como diamantes falsos bajo la luz mortecina de la tarde londinense. Estoy en Ámsterdam, pero la mente vuela a ese lugar: Isabella parada frente al ventanal panorámico, un vaso de vodka tónico en la mano, el hielo tintineando como cadenas invisibles. A sus treinta y ocho años, sigue siendo la envidia de las mesas de té: rubia platino impecable, ojos azules que cortan como bisturíes, un cuerpo esculpido en gimnasios privados y cirugías sutiles que borran cualquier rastro de la maternidad. Ese día, lleva un conjunto de Chanel en tweed gris —falda lápiz que abraza sus caderas como una promesa rota, blusa de seda que deja entrever el encaje n***o de su sujetador—, listo para la recepción en el Savoy donde recaudaría fondos para una causa olvidable: huérfanos de élite o algo igual de hipócrita. Pero su mente no está en donantes ni en sonrisas falsas; está en Ámsterdam, clavada como un puñal en el corazón traicionero mío.
La vida perfecta. Qué chiste cruel. Desde la gala en el Concertgebouw, donde posé a su lado con esa sonrisa ensayada —la misma que uso en juntas para cerrar deals de millones—, algo cambió. Mis llamadas son más cortas, mis excusas más elaboradas:
—Reuniones hasta tarde, amor. El jet me espera mañana.
Ella lo sabe; lo huele en el aire, como el perfume barato que se adhiere a mi ropa de retorno. Isabella no es tonta. Contrató al detective esa misma noche, un ex-MI6 con ojos de serpiente y tarifas que solo los ricos pueden pagar.
—Sigue a Hale en Ámsterdam —le dijo por teléfono, su voz un susurro helado—. Y no me decepciones, o te entierro en deudas que ni tu pensión de jubilación pagará.
El informe llega esa mañana, un PDF discreto en su iPad: fotos granuladas de mí saliendo de un burdel en De Wallen, el brazo alrededor de una rubia de ojos verdes que no es ella. Lía Salvaterra, dice el archivo: veinticuatro años, prostituta novata estadounidense con deudas familiares, un historial limpio salvo por el cáncer de su madre que la empujó al Barrio Rojo. Isabella amplía la imagen, el dedo temblando ligeramente —solo un milímetro, imperceptible para cualquiera menos para ella misma—. La chica es bella a su manera cruda: curvas generosas que gritan juventud, labios hinchados por besos recientes, una mirada desafiante que Isabella reconoce demasiado bien.
—Puta barata —murmura, pero el vodka no ahoga el nudo en su garganta.
No son celos románticos; es rabia por el control perdido. Soy suyo: su trofeo, su escalera al Olimpo social. ¿Cómo me atrevo a rebajarme con basura de luces neón?
Flashback a nuestra boda, diez años atrás: el Palacio Real de Ámsterdam, tulipanes importados de Keukenhof, un vestido de Vera Wang que costó una fortuna. La miré como si fuera la única mujer en el mundo, susurrando “Para siempre” en la suite nupcial, donde el sexo fue tierno al principio —yo lamiéndole el coño con devoción novata, mis dedos explorando su interior hasta que fingió un orgasmo para no decepcionarme—. Pero el “para siempre” se pudrió rápido: embarazos planeados, Sofía naciendo en una cesárea estéril, noches de rutina donde Isabella montaba encima como una amazona cansada, su clítoris rozando mi pubis en fricciones mecánicas mientras pensaba en la lista de invitados para la próxima gala. Me corría rápido, diciendo su nombre como un deber, y ella simulaba gemidos que resonaban huecos en la habitación. ¿Amor? No. Era un pacto: ella me daba redes, yo le daba estatus. Y ahora, esa zorra estadounidense lo está rompiendo todo.
Isabella deja el vaso en la mesa de mármol, el hielo derritiéndose como sus ilusiones, y llama a su asistente.
—Cancela la recepción. Tengo… jaqueca.
Se encierra en el baño principal, un santuario de azulejos italianos y vapor perfumado, y se mira en el espejo de cuerpo entero. Se desviste despacio, el tweed cayendo como piel muerta, revelando un cuerpo que cualquier hombre codiciaría: pechos firmes con pezones rosados, abdomen plano marcado por pilates, un coño depilado en una línea precisa que un amante italiano le enseñó a apreciar. Pero tocándose ahora, con los dedos deslizándose entre los labios mayores, no siente placer; siente vacío. Imagina a Lía conmigo, follándola en algún yate flotante, mi v***a —esa que conoce tan bien, gruesa y venosa— hundiéndose en ella con pasión que nunca le di.
—¿La comes mejor a ella? —se pregunta, introduciendo dos dedos en su interior seco, curvándolos en un intento fútil de imitarme.
El roce es áspero, doloroso, y las lágrimas —raras, prohibidas— ruedan por sus mejillas. No es sexo lo que extraña; es el poder de ser deseada.
Mientras tanto, en Ámsterdam, a cientos de kilómetros de distancia, Lía y yo nos perdemos en el Hotel de l'Europe, un boutique escondido en la orilla del Amstel donde las suites huelen a jazmín y pecado discreto. Llegamos esa tarde, después de la escapada a Keukenhof, con la lluvia aún goteando de nuestros cuerpos como excusa para refugiarnos. La habitación es un nido de terciopelo burdeos y espejos antiguos: una cama con dosel que invita a pecados bíblicos, una bañera de patas de león en el baño adjunto, y una botella de champán enfriándose en un cubo de plata. Pagué por privacidad absoluta —“Nadie nos interrumpe hasta mañana”—, y ahora, con las cortinas corridas contra el atardecer, los dos yacemos desnudos en la cama, explorando como amantes primerizos en lugar de adúlteros culpables.
—Muéstrame cómo te tocas —susurro, la voz ronca contra la oreja de Lía, mientras yazgo de lado, el pene semierecto rozando su cadera.
Mis ojos azules la devoran, no con hambre posesiva, sino con curiosidad tierna, como si quisiera mapear cada rincón de su alma a través de su piel.
Lía se sonroja, el calor subiendo por su cuello, pero el fuego de Keukenhof aún arde en sus venas. Se incorpora sobre los codos, separando las piernas con lentitud deliberada, exponiendo su coño —hinchado, reluciente por la excitación residual de la mañana—. Sus dedos bajan, rozando primero el clítoris en círculos suaves, un gemido escapando de sus labios cuando siente su propia humedad.
—Así… despacio, imaginando tu lengua —confiesa, los ojos verdes clavados en los míos, vulnerables y poderosos a la vez.
Jadeo, mi v***a endureciéndose por completo, y me acerco más, besando su hombro mientras la observo: los dedos de ella acelerando, introduciéndose uno en su interior con un pop húmedo, curvándose para rozar esa pared sensible que la hace arquearse.
—Dios, Lía… eres poesía —murmuro, y antes de que pueda responder, me deslizo hacia abajo, reemplazando su mano con la mía.
Mis dedos son más gruesos, expertos: uno penetrándola despacio, el pulgar en su clítoris frotando en espirales que la vuelven loca. Pero no es solo toque; es conexión.
—Cuéntame qué sientes —exijo suavemente, y ella obedece, las palabras saliendo entre jadeos:
—Calor… como si me quemaras desde adentro, Sebastian. Me haces querer todo de ti, no solo esto.
Sonrío contra su vientre, besando el ombligo antes de bajar más.
—Entonces, déjame darte todo.
Mi boca la encuentra, la lengua plana lamiendo desde la entrada hasta el clítoris en una caricia larga, saboreándola como un elixir. Lía grita, las manos enredándose en mi cabello moreno, guiándome más profundo. Exploro con devoción: succionando el c*****o hinchado, introduciendo la lengua en su coño para follarla oralmente, los labios chupando sus jugos con sonidos obscenos que llenan la habitación. Se corre rápido, un orgasmo que la sacude como un terremoto, salpicando mi barbilla mientras grita mi nombre, las paredes internas convulsionando alrededor de nada.
Pero no termino ahí. La volteo con gentileza, poniéndola a cuatro patas sobre la cama, el culo expuesto como una ofrenda.
—Tu turno —digo, y Lía, aún temblando, se gira para tomarme en la boca.
Mi v***a es magnífica: gruesa, curvada ligeramente hacia arriba, la punta goteando pre-semen salado que ella lame con la lengua plana, trazando la vena underside desde la base hasta el glande. Jadeo, las caderas empujando involuntariamente, pero ella controla el ritmo: succionando la cabeza con labios apretados, la mano masajeando las bolas pesadas, la otra arañando mis muslos.
—Joder, Lía… tu boca es el paraíso —jadeo, y ella profundiza, tragándoseme hasta la garganta, las arcadas controladas convirtiéndose en placer cuando siente mi pulso acelerado contra su lengua.
Nos movemos en un baile oral mutuo: yo lamiéndola de nuevo desde atrás, la lengua en su ano esta vez —un toque prohibido, exploratorio, que la hace gemir alrededor de mi v***a—, mientras ella me chupa con fervor, los dedos en su clítoris acelerando su segundo clímax. Nos corremos juntos: yo derramándome en su boca con un jadeo, el semen caliente y espeso que ella traga con avidez, su propio orgasmo explotando en ondas que la dejan laxa, temblando contra mi rostro.
Nos derrumbamos en la cama, enredados en un abrazo pegajoso de sudor y fluidos, besos perezosos que saben a nosotros mismos.
—Te amo —susurro, la mano trazando patrones en su espalda—. Esto es real, Lía. No lo dudes.
Pero en Londres, Isabella cierra el informe del detective, los ojos endurecidos como acero.
—Real —repite para sí, marcando el número de su abogado.
El divorcio será sangriento: custodia de Sofía, la mitad de mi fortuna, un escándalo que me hundirá en el barro. Y esa puta… esa puta pagará por robarle lo que es suyo. La venganza no es caliente; es fría, calculada, como el vodka que se acaba de servir. Mañana volará a Ámsterdam. Y el juego cambiará.
¿Llegará Isabella antes de que confiese todo?