*Capítulo 29: Carla – El Veredicto**

1277 Words
Salimos del consultorio en silencio. El doctor había hablado claro, sin rodeos. Su voz aún me retumba en la cabeza. —Carla, el virus está muy avanzado. El conteo de CD4 está por debajo de 50. Eso significa que el sistema inmune prácticamente no existe. Ya hay signos de infecciones oportunistas: las llagas en la boca, la fiebre constante, la pérdida de peso acelerada. Estamos hablando de SIDA en etapa terminal. Hizo una pausa. Miró mis ojos, luego los de Lia. —No hay mucho que hacer. Podemos empezar tratamiento antirretroviral ahora mismo, pero… con esta carga viral y este daño, el pronóstico es muy pobre. Semanas. Tal vez meses. Lo siento. Lia me apretó la mano tan fuerte que dolió. En el taxi de regreso no hablamos. Solo respirábamos. Cada respiración parecía costar más. Cuando llegamos al departamento, Carla se dejó caer en el sofá. Lia se sentó a su lado, sin soltarla. —Dime que es mentira —susurró Lia, voz rota—. Dime que el doctor se equivocó. —No se equivocó —respondió Carla, mirando al suelo—. Lo sabía. Lo sentía desde hace tiempo. Solo… no quería creerlo. Lia se tapó la boca. Las lágrimas le caían sin control. —¿Semanas? ¿Meses? Carla… no. No puede ser. Carla levantó la vista. Sus ojos estaban secos, pero llenos de algo que no era miedo: era aceptación. —Mija, la vida de puta siempre tuvo fecha de caducidad. Solo que pensé que me iba a morir de un mal cliente o de una sobredosis. No de esto. Lia se abrazó a ella, sollozando contra su hombro. —No es justo. Tú me salvaste cuando llegué. Tú me diste techo, me enseñaste a sobrevivir. ¿Y ahora tú…? Carla le acarició el pelo, voz suave pero firme. —Escúchame bien, Lia. No quiero que me mires con pena. No quiero que me trates como enferma. Quiero que me trates como siempre: como tu amiga, como tu hermana. Los días que me queden quiero reír, quiero tomar tequila barato, quiero escuchar música fuerte y quiero verte sonreír aunque sea una vez. Lia levantó la cara, ojos rojos. —No sé si puedo. —Tienes que poder —dijo Carla—. Porque cuando yo me vaya, vas a tener que seguir. Y no quiero irme sabiendo que te quedaste rota por mí. Silencio pesado. Solo se oía la lluvia golpeando la ventana. —¿Te duele? —preguntó Lia bajito. —Ahora mismo no. El doctor me dio morfina para cuando empeore. Pero sí duele saber que no voy a ver cómo sales de esto. Que no voy a verte pintar, que no voy a verte enamorarte de nuevo, que no voy a verte ser feliz. Lia se quebró otra vez. —Te juro que voy a intentarlo. Por ti. Carla sonrió débil, pero sincera. —Esa es mi niña. Se quedaron abrazadas mucho rato. El departamento, que antes era cárcel de recuerdos, ahora era solo un lugar donde dos mujeres trataban de sostenerse mutuamente antes de que una se fuera para siempre. Al final Carla habló, voz casi un susurro: —Cuando me muera… no hagas funeral grande. No quiero gente que me pagó por sexo despidiéndose. Solo tú. Solo nosotras. Y pon mi guitarra en la caja. Que se vaya con música. Lia asintió, llorando sin sonido. —Te lo prometo. Carla cerró los ojos, agotada. —Y una cosa más, mija. —¿Qué? —No dejes que Sebastian vuelva a buscarte si no estás lista. Pero si alguna vez lo estás… déjalo entrar. Porque él te amó como nadie. Y tú… tú también lo amaste. No dejes que el miedo te robe eso. Lia no respondió. Solo apretó más fuerte. La noche cayó lenta. Y en ese departamento, por primera vez en mucho tiempo, no había clientes, no había dinero, no había máscaras. Solo dos mujeres abrazadas, una muriendo, la otra aprendiendo a vivir con la herida que deja quien se va. **¿Cuánto tiempo le queda a Carla?** La Promesa Final Varias semanas después del diagnóstico de Carla, dejo de trabajar por un tiempo para cuidar a la mejor amiga que tengo, la que está en las últimas, luchando contra el virus que se la come viva. El departamento en el Jordaan se volvió un hospital improvisado: la cama king con sábanas limpias pero arrugadas por las noches de fiebre, la cocina de granito n***o llena de medicamentos y sopas que Carla apenas toca, el baño con bañera de patas de león donde la ayudo a lavarse cuando el cuerpo no le responde. Todo lujo que Sebastian pagó parece burla ahora: vistas al canal donde barcos flotan indiferentes, muebles de diseño italiano que no curan nada, plantas verdes que Carla ya no puede regar. Carla yace en la cama, piel pálida como papel, ojos hundidos pero aún con fuego. El SIDA avanzado no le da tregua: fiebre alta, llagas que sangran, tos que la dobla en dos. Yo me siento al lado, mano en la suya fría. —Mija, no llores —dice Carla, voz ronca y débil—. Ya basta de lágrimas. Siéntate derecho. Intento sonreír, pero sale torcido. —Cómo no lloro, Carla. El doctor dijo que el virus está muy adelantado, que no hay mucho que hacer. Solo paliativos, morfina para el dolor. Carla aprieta mi mano, fuerza mínima pero llena de urgencia. —Escúchame bien, Lia. Prométeme algo. Prométeme que no volverás al Barrio Rojo. No quiero que te pase como a mí, que te contagies de esta mierda. Hazte el examen tú también, ya. Y quiero que no te quedes aquí llorando por mí. Vete de Ámsterdam, busca tu felicidad. Busca a Sebastian, tu verdadero amor. Prométemelo por favor, que no te quedes aquí llorando por mí. Lloro más, lágrimas rodando calientes. —Carla, no hables así. Tú vas a salir de esto. El tratamiento antirretroviral, los doctores… Ella niega, ojos brillando lágrimas propias. —No mientas, mija. El doctor fue claro: el virus está muy avanzado, el conteo de células bajo, las infecciones oportunistas me comen viva. No hay mucho que hacer. Semanas, tal vez. Pero no quiero irme sabiendo que tú sigues en esa vitrina, follada por clientes que no valen nada. Prométeme que no volverás al Barrio Rojo, que te harás el examen tú también para estar segura, que no te quedes aquí en Ámsterdam pudriéndote. Vete, busca tu felicidad. Busca a Sebastian, el hombre que te ama de verdad. Prométemelo por favor, que no te quedes aquí llorando por mí eternamente. Aprieto su mano, sollozos saliendo. —Carla, no puedo prometer eso. Tú eres mi familia. ¿Cómo te dejo sola? —Precisamente por eso —dice, voz quebrándose—. Porque eres mi familia, quiero lo mejor para ti. El Barrio Rojo te matará como a mí. Hazte el examen, confirma que estás limpia. Y vete de esta ciudad de canales sucios. Sebastian te ama, mija. Te sacó de ahí, pagó deudas, te dio departamento. No lo dejes ir por culpa. Busca tu felicidad con él. Lloro fuerte, cabeza en su pecho. —No sé si puedo. Lo vi irse, Carla. Destruyó familia por mí. Sofía sufre por mi culpa. Soy puta, no merezco. Carla levanta mi cabeza, ojos fijos. —Eres más que puta. Eres fuerte. Sobreviviente. Haz el examen. Vete Ámsterdam. Busca Sebastian. Prométemelo. Asiento, lágrimas mezclándose. —Te lo prometo. Me hago el examen. No vuelvo Barrio Rojo. Me voy Ámsterdam. Busco felicidad. Busco Sebastian. Carla sonríe débil. —Esa es mi mija. Nos abrazamos, llorando juntas. **¿Cumpliré la promesa?**
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD