La oficina estaba en silencio. Demasiado limpia. Demasiado ordenada. Cristal, acero, ciudad latiendo abajo como corazón indiferente. El imperio funcionando como reloj suizo: correos respondidos, contratos firmados, números subiendo. Todo perfecto. Todo controlado.
Y aun así… no podía concentrarme en nada.
El recuerdo volvió sin pedir permiso, como siempre.
El restaurante.
La luz cálida de las lámparas bajas.
La mesa junto al ventanal con vista a la calle nevada.
Lia.
No su voz. No su mirada directa. Solo su presencia, suficiente para descolocarme como un mal presagio que se mete en los huesos.
Apoyé los codos sobre el escritorio de caoba pulida y me pasé una mano por el rostro, intentando borrar la imagen. No era nostalgia pura. Tampoco deseo ciego. Era algo más incómodo, más peligroso, más profundo: era la certeza de que ella estaba aquí, en la misma ciudad, respirando el mismo aire frío, y yo no sabía ni mierda al respecto.
¿Qué hacía ella en Nueva York?
La pregunta me golpeaba con insistencia, como martillo contra cristal. Lia no era una turista que llega por fotos y souvenirs. Nunca lo fue. Ella no se movía por capricho ni por vacaciones. Siempre había una razón detrás de cada paso… y casi nunca era bonita ni limpia.
Ámsterdam se abrió paso en mi mente como una película que juré no volver a ver, pero que se reproduce sola cuando bajo la guardia.
El Barrio Rojo. Las luces rojas como pecados encendidos toda la noche. Las calles estrechas oliendo a perfume barato y agua estancada. Las noches donde el alma se vende por sobrevivir. Las vitrinas donde ella se paraba, desafiante, hermosa, rota. Las veces que la saqué de ahí, la llevé a yates, a hoteles, a camas que no eran suyas. Las promesas que le hice entre jadeos y sudor: “Te saco de aquí para siempre”. “Te doy una vida”. “Te amo”.
Y ella se fue. O yo me fui. O nos fuimos los dos. Da igual. El resultado es el mismo: silencio.
La mandíbula se me tensó hasta doler.
No era celos. Era rabia mezclada con culpa que quema. La saqué de ahí. Le pagué deudas. Le di apartamento. Le di estabilidad. Y aun así, se quedó en el barro. O eso creí. Porque ahora está aquí. En Nueva York. Mi ciudad. Mi territorio.
Entonces, ¿qué pasó después de que me fui?
¿Por qué volvió al Barrio Rojo?
¿Por qué no contestó ni un mensaje?
¿Por qué ahora Nueva York?
Me levanté y caminé hasta el ventanal panorámico. Abajo, la ciudad rugía: taxis amarillos pitando, gente corriendo con abrigos gruesos, luces de neón reflejadas en charcos de lluvia. Nueva York nunca duerme. Nunca perdona. Y yo, que creí reconstruirme aquí, ahora siento que el pasado me alcanzó.
Apoyé la frente en el vidrio frío. Respiré hondo. El vapor empañó el cristal.
No sabía aún qué había pasado en Ámsterdam después de mi partida.
No sabía por qué estaba aquí, en la misma ciudad.
No sabía si verla en ese restaurante había sido casualidad… o destino cruel.
Lo único claro era esto:
Pensar que el pasado estaba enterrado fue una ilusión cómoda y estúpida.
Lia no volvió a Nueva York por accidente.
Y yo…
ya había empezado a perder el control que tanto me costó recuperar.
El teléfono vibró sobre el escritorio. Pamela. Mensaje corto: “¿Cena esta noche?”.
No respondí de inmediato.
Miré la ciudad un rato más. Nueva York seguía igual: indiferente, fría, eterna.
Y yo… yo ya no era el mismo.
Porque en esta ciudad que no cura, el eco de un amor que se fue sigue resonando aunque intentes apagarlo.
Y duele.
**¿Qué hago ahora?**
Aprender a Respirar Sin El
Nueva York no duerme, pero yo sí lloro despierta.
Desde la ventana de mi pequeño apartamento en el Upper East Side miro la ciudad encendida. Luces como estrellas falsas que brillan para otros, no para mí. La Gran Manzana sigue latiendo: rascacielos que tocan el cielo gris, taxis amarillos pitando sin parar, gente caminando rápido con abrigos gruesos y auriculares, ajena a todo. Aquí nadie pregunta de dónde vienes ni qué dejaste atrás. Aquí solo importa si aguantas el frío, el ruido y la soledad.
Y yo… apenas estoy aprendiendo.
Sebastian.
Su nombre vuelve sin permiso. Siempre vuelve. Cada noche, cada silencio, cada vez que miro por esta ventana y veo la ciudad que lo contiene.
La imagen del restaurante me atraviesa como una bala lenta que no mata, solo hiere profundo. Él, elegante, intacto, sentado junto a la ventana con esa camisa blanca abierta en el primer botón. Como si Ámsterdam nunca hubiera existido. Como si yo no hubiera sido parte de su historia, como si nunca me hubiera sacado de la vitrina, como si nunca me hubiera follado despacio en una cama que pagó para mí, como si nunca me hubiera susurrado “te amo” mientras me llenaba hasta el fondo.
Y ella.
Rubia. Perfecta. Segura. Sentada a su lado como si perteneciera ahí desde siempre. Mano en su brazo, sonrisa cómoda, mundo sin grietas. Pamela Salvaterra. No la conozco, pero la reconocí al instante: hija de un socio, la que sale en revistas de sociedad, la que tiene todo lo que yo nunca tendré.
No me vio.
O fingió no verme.
Yo sí lo vi todo.
Vi cómo la escuchaba con atención.
Vi cómo sonreía con calma.
Vi cómo estaba… vivo.
Eso fue lo que más dolió: verlo feliz sin mí.
Quería encontrarlo. Lo había pensado mil veces en Ámsterdam, en el departamento vacío, en la vitrina mientras clientes me follaban. Ensayé las palabras frente al espejo roto, en el metro sucio, en la ducha fría.
Perdón.
Lo siento.
No supe hacerlo mejor.
No quise que perdieras a Sofía por mí.
No quise ser la razón por la que tu hija te odiara.
No quise que destruyeras tu matrimonio por una puta como yo.
Quería explicarle Ámsterdam. El Barrio Rojo. El miedo que me comía viva. La vergüenza que me ahogaba. Las decisiones que se toman cuando no hay opciones, cuando tu madre muere y te deja deudas que no puedes pagar, cuando el hambre aprieta y la única salida es abrir las piernas. Quería decirle que no fue por falta de amor, sino por exceso de supervivencia. Que lo amé con todo lo que tenía, que cada vez que me penetraba sentía que valía algo, que cada vez que me azotaba y me llamaba suya creía que podía cambiar.
Pero fue imposible.
Porque cuando lo vi con ella, entendí algo cruel y claro:
el pasado no siempre tiene derecho a volver.
Y yo ya no tenía lugar en su presente.
Me quedé quieta en ese restaurante. Serví mesas. Sonreí. Tragué lágrimas. Mantuve la bandeja firme aunque el corazón se me partía. Escuché su risa. La risa de ella. La risa de él. Una risa que no era la que me dedicaba a mí en las noches de Ámsterdam, cuando me follaba lento y me susurraba “eres mía”.
Me di la vuelta. Caminé hacia la cocina. Entré al baño de empleados. Cerré la puerta con llave. Me apoyé en la pared fría. Y lloré.
En silencio.
Sin ruido.
Porque aquí, en Nueva York, nadie tiene tiempo para lágrimas. Nadie se detiene por una mesera que llora en el baño.
Ahora me toca otra batalla.
Aprender a vivir sin Sebastian.
En esta ciudad enorme donde nadie te salva.
Donde cada esquina es un comienzo y cada noche una prueba.
Donde el amor no basta si llega tarde o se va sin mirar atrás.
Nueva York es fría, pero justa.
No te promete nada.
Te exige todo.
Y yo voy a aprender.
A caminar sin buscarlo en cada esquina.
A respirar sin su nombre en los labios.
A existir sin esperar que me mire de nuevo.
A dormir sin soñar con sus manos en mi cintura, con su v***a llenándome, con su “te amo” que ya no es mío.
Quizá algún día pueda cruzarlo sin que duela tanto.
Quizá no.
Por ahora, solo sé esto:
Amarlo fue fácil.
Perderlo, inevitable.
Sobrevivir sin él… será mi victoria más dura.
**¿Podré hacerlo?**