Decidí hacer lo correcto.
No porque me naciera del alma, no porque el corazón lo gritara con fuerza. Sino porque era lo que tocaba hacer, lo que la sociedad espera de un hombre que se supone que “madura”, lo que un padre responsable debe hacer cuando le anuncian un hijo. Responsabilidad. Deber. Cadena. Palabras que pesan más que cualquier amor, que se clavan en la piel y no se quitan. Palabras que suenan nobles pero queman como hierro caliente.
No llamé a Lia. No escribí ni un mensaje. No di explicaciones ni despedidas. El silencio fue mi coartada más cobarde y, al mismo tiempo, la más eficaz que encontré. Pensé que así dolería menos. Para ella. Para mí. Mentira elegante que me repetía en el espejo cada mañana, mientras me afeitaba la barba que me crecía desordenada, mientras me ponía corbata como si eso me hiciera hombre de nuevo.
Pamela se movía por la casa con una calma nueva y calculada, como si el embarazo fuera un escudo que la hacía invencible. No celebraba la noticia como si fuera fiesta. No exigía anillos de compromiso ni fechas de boda urgentes. Solo observaba. Sabía que la culpa ya estaba haciendo el trabajo por ella, que yo había cruzado una línea y ahora pagaba el peaje moral: responsabilidad, orden, renuncia. Cada vez que me veía dudar, sonreía leve, casi imperceptible, como quien sabe que ganó la partida sin mover ficha.
En la oficina, los papeles se acumulaban en el escritorio de caoba pulida. Firmé contratos sin leerlos bien, aprobé inversiones que antes analizaría hasta la última coma, asentí en reuniones que no recuerdo ni un minuto. Todo funcionaba hacia afuera, como siempre. Por dentro era otra cosa: un nudo que no se deshacía, un peso que crecía en el pecho cada día. Lía estaba en cada pausa larga, en cada café que no tomé, en cada noche que se me hizo larga y pesada como plomo.
El teléfono vibró una vez sobre la mesa de noche, su nombre apareció en la pantalla como un fantasma que no muere. No contesté. Lo dejé sonar como quien deja pasar un tren sabiendo que quizá no habrá otro. Cuando paró, sentí alivio y una punzada seca en el pecho que no se iba. “Es lo mejor”, me repetía. “Es lo correcto”. Palabras vacías que sonaban bien en la cabeza pero no llenaban nada, no calmaban el vacío que se abría cada vez más grande.
Pamela me miró esa noche con atención clínica, sentada en el sofá de cuero blanco, copa de vino blanco en la mano, aunque apenas bebía, solo mojaba los labios. Vestía ropa holgada de algodón suave, cabello recogido en moño suelto, sin maquillaje. Parecía frágil, pero yo sabía que era fachada.
—Has estado distante —dijo, sin reproche directo, voz suave pero con filo—. Lo entiendo. Es mucho de golpe. Un hijo cambia todo.
No le pregunté cómo sabía. No hizo falta. Ella no necesitaba pruebas ni confesiones. Le bastaba con verme romperme en silencio, con ver cómo evitaba mirarla a los ojos cuando hablaba del bebé, cómo me quedaba callado cuando mencionaba nombres o fechas.
—Tenemos que pensar en el futuro —añadió, llevándose una mano al vientre aún plano, gesto lento y calculado—. En la familia que vamos a formar. En Sofía también. Ella necesita estabilidad.
Familia.
La palabra cayó pesada, como una losa bien colocada sobre mi pecho. Asentí lento. No porque creyera en eso con todo el corazón, sino porque ya no me sentía con derecho a desear otra cosa. Ya no tenía fuerza para pelear por Lia, para romper el compromiso, para arriesgarlo todo otra vez. La culpa me había convencido de que sacrificarme era madurar, que el deber era más grande que el deseo, que un hombre de verdad no huye.
Esa madrugada abrí el chat de Lia. Escribí tres veces. Mensajes largos, crudos, llenos de todo lo que no dije antes. Borré cuatro. Al final no quedó nada. Cerré el teléfono con fuerza, pantalla apagada. Me di la vuelta en la cama. Pamela dormía tranquila a mi lado, respiración suave y rítmica. Yo no dormí. Miré el techo oscuro, pensando en Lia sola en su apartamento, en Carla muerta, en Sofía que me miraba con ojos que ya no confiaban del todo, en el hijo que Pamela llevaba y que no sabía si era real o mentira.
Entendí entonces que la culpa no pide permiso. Se instala sin aviso. Te ordena la vida. Te convence de que sacrificarte es madurar. Te hace creer que el deber es más grande que el deseo, que el silencio es nobleza y no cobardía.
Y así, sin despedidas ni explicaciones, me alejé de Lia.
No por falta de amor.
Sino por exceso de miedo a volver a romper todo, a romper a Sofía, a romperme a mí mismo.
Pamela lo supo desde el principio. Por eso no celebró la noticia con gritos ni abrazos. Por eso apretó los dientes en la oscuridad cuando me veía dudar. Había ganado tiempo. No la guerra. Pero sabía que el tiempo, cuando se usa bien, puede convertirse en victoria absoluta.
Yo me quedé con la culpa como compañera fiel.
Y la culpa no perdona.
La culpa no duerme.
La culpa te despierta a las tres de la mañana con preguntas que no respondes.
Cada mañana me levantaba temprano, antes de que Pamela abriera los ojos. Me ponía el traje, la corbata, la máscara de CEO. Bajaba al garaje, subía al auto n***o, manejaba por la ciudad que no me perdonaba. En la oficina, reuniones, números, poder. Todo perfecto. Todo falso.
Cada noche volvía a casa, cenaba con ella, hablaba de cosas pequeñas: nombres de bebé, colores de habitación, escuela privada. Sonreía cuando tocaba. Asentía cuando debía. Pero por dentro, la culpa crecía, se hacía más grande, me ahogaba lento.
Lía no volvía a aparecer en mis pensamientos como antes. Ahora estaba siempre. En cada silencio. En cada mirada perdida. En cada vez que Pamela se llevaba la mano al vientre y me miraba esperando una sonrisa que yo no podía dar del todo.
La culpa me había convencido de que esto era lo correcto.
La culpa me había hecho creer que sacrificarme era madurar.
La culpa me había robado la libertad de elegir.
Y yo… yo me dejaba.
Porque era más fácil cargar la culpa que enfrentar la verdad.
**¿Cuánto más podré cargar antes de romperme?**