Una semana después.
—No quiero cuidar a esa mocosa ¡No quiero desperdiciar mis vacaciones trabajando de niñera! ¡Seguramente esto fue idea de Damián!
—Isabel, no podés estar holgazaneando todo el día, lo mejor es que aprendas a ganarte tu propio dinero.
—Podrían haber contratado un robot para que cuide a la niña, son más útiles que los humanos.
—Y más costosos —replicó su madre, soltando un suspiro—. Isabel, creo que será sano que mantengas tu cabeza ocupada en un trabajito ¿No creés?
Isabel estaba muy enojada con Soledad. No le molestaba ser niñera, sino el hecho de que su madre la había obligado por decisión de Damián. Todo en esa casa giraba en torno a él. La esposa de Bustamante parecía no tener voluntad propia siquiera para pedirle a su marido que no les gritara a sus hijos.
Sin embargo, sabía que, si quería evitar conflictos, debía hacer lo que su madre le estaba pidiendo.
—Contame cómo es su familia —musitó Isabel con desánimo.
—No conozco el nombre de sus padres y sé que varios adultos van y vienen de su hogar. Tengo certeza de que la hermana mayor se llama Salomé.
Isabel puso los ojos en blanco ¿Era en serio? No había ido en toda la semana al local de pirotecnia para no cruzarse con Ezequiel y tampoco con Samuel y su novia ¡Y ahora debía ir a la casa de los Hiedra!
—No quiero ir —negó con la cabeza.
—¿Y ahora qué te pasa?
—¡Salomé me cae muy mal! ¡No creo que esa sea una buena familia!
—Isabel, no seas inmadura. En la vida, siempre te tocará trabajar con gente que no te simpatiza, y deberás aprender a vivir con ello. Estás buscando una excusa para no ser niñera, pero no te daré el gusto. Aquí se termina la discusión.
Tenía ganas de echarse a llorar. Aunque Isabel era bastante caprichosa y solía salirse con la suya, esta vez sabía que había perdido. No había forma de convencer a su madre para que no fuera a cuidar a Micaela Hiedra.
Buscó su teléfono móvil y llamó a su amiga, Umma. Necesitaba hablar un rato con ella, ya que era la única que comprendería sus sentimientos.
—Si llegás a necesitar ayuda, avísame. Voy corriendo —le dijo Umma, mientras caminaban hacia la casa de los Hiedra.
—Gracias, Ummita ¡Vos sí que sos comprensiva! —le dio un beso ruidoso en la mejilla, dejándole saliva impregnada en la piel.
Umma hizo una mueca de repulsión, y se limpió con la mano.
—¡Sos una asquerosa! —bromeó.
Las cosas que parecían horribles, cuando las hacían juntas, parecían mucho más divertidas. Por ese motivo eran inseparables.
—Ésa es la casa —Isabel señaló una vivienda de clase media, que estaba pintada de color blanco y tenía rejas metálicas.
—La única que parece del siglo pasado. Aunque a simple vista, parece tener varios accesos de códigos, y algunos sensores.
Las luces estaban apagadas, las ventanas cerradas y el porche se veía sucio, como si no lo hubieran limpiado por meses. A Isabel no le asombraba, ya que se trataba de la casa de la misteriosa Salomé ¿Qué tal le iría allí dentro? ¿Sería una niñera normal o no?
Damián conocía a Samuel, y era probable que a la familia Hiedra también. Era por ello que él había sugerido que Isabel cuidara a Micaela, todo encajaba.
La joven Medina volvió a odiar una vez más a Damián.
—No me dejes sola —apretó la mano de Umma de forma suplicante—. Entremos juntas.
—No te preocupes, Isabel. Hoy tenés que quedarte sólo un par de horas y vigilar a la niña. Si te aburrís, podés escribirme.
—No quiero que te vayas… Esperá que entre…
—Tengo que irme… pero son sólo un par de horas… No exageres ¡No vas a morir!
—Sí, me voy a morir —Isabel lloriqueó falsamente.
—Ya basta… Nos vemos luego, amiga.
Umma se alejó, y saludó a Isabel con la mano. Quizá no quería que recibieran una mala impresión de la joven Medina si llegaba acompañada.
Tocó timbre.
Una niña de cabello n***o y piel blanca como la nieve atendió. Sus ojos eran grandes y azules como el zafiro, y tenía aspecto angelical. Era prácticamente de la estatura de Isabel, aunque mucho más menuda y sin curvas aún. No se asemejaba en nada a Salomé, sólo el color del cabello.
—Hola, estaba esperándote. Pasá.
—Hola —Isabel ingresó.
Las paredes eran blancas, y estaban completamente vacías: no tenían pantallas ni fotografías familiares. Había un sofá y algún que otro artefacto tecnológico, pero no había ni un solo adorno. Sin floreros, jarrones, estatuas, entre otros. Era un lugar tan frío, tan solitario…
—Ellos acaban de irse.
—¿Quiénes? —preguntó Isabel.
—Los amigos de mi hermana.
—Ah…
—Vení, acompañame a la cocina, así te sirvo un poco de jugo y charlamos un rato.
—Claro.
Atravesaron el living, e ingresaron en la cocina.
Los azulejos eran blancos, la nevera y los muebles eran plateados. Era muy llamativa y tecnológica, toda especie de conservadoras automáticas. La mesada y el suelo eran de mármol. Había una ventana enorme que daba hacia el jardín, y un espejo pequeño, ubicado cerca de una puerta.
—Sentate, ahora te convido algo fresco.
—Sos muy amable.
Isabel tomó asiento donde le indicó Micaela. Rápidamente, la niña se acercó con un vaso de vidrio, que contenía jugo de naranja. Se sentó a su lado, y la contempló, expectante. La joven Medina no estaba acostumbrada a tratar con nenes pequeños, no sabía cómo interactuar con la hermana de Salomé.
—Estoy contenta de que te hayan contratado, ya que solía pasar mucho tiempo sola. Ellos por ahí venían, pero eran aburridos y antipáticos, y solamente le prestaban atención a mi hermana. Mis papás murieron cuando era demasiado pequeña, y ni siquiera pude llegar a conocerlos, para tener un buen recuerdo de ellos. Espero que Damián no se haya equivocado al sugerir que seas mi niñera.
¿Ellos? ¿Hablaba de sus tutores?
La niña acababa de confirmarle que había sido idea de Bustamante que ella trabajara. Resopló.
—Así que Damián quería que yo fuera tu niñera… —comentó sutilmente. Se sentía muy intrigada por su familia, y le daba aún más curiosidad saber qué tenían que ver con Bustamante.
—Sí. Es amigo de los amigos de mi hermana. Nunca conversé mucho con él.
Isabel no sabía qué decirle, no tenía idea de cómo debía tratarla ¡Era nada más y nada menos que la hermana menor de Salomé! Tenía que ser cautelosa con lo que decía, y no debía meter la pata en ningún momento. Tampoco podría nombrar a Samuel.
—Todos prefieren a mi hermana antes que a mí. Sé que ella es hermosa, y que es increíblemente habilidosa y veloz ¡Ni siquiera sé cómo es capaz de llegar a la copa de un árbol en menos de veinte segundos! Pero tampoco es cuestión de que me vivan dejando abandonada. También soy una persona, aunque la sociedad de hoy en día no se interese demasiado por ello.
—Si no se interesaran por vos, no me habrían contratado. Seguramente quieren que estés a salvo —Isabel intentó consolarla.
—Que trabajes aquí ha sido idea de Damián, no de ellos. Nadie se preocupa por mí. Incluso a veces dudo si Salomé me quiere. Ella no piensa en otra cosa que no sea en Samuel. A veces, en la mitad de la noche, me deja sola para ir a verlo. Está loca por él, siente la necesidad de vigilarlo todo el tiempo. Creo que Samuel no siente lo mismo por ella. Creo. No entiendo mucho de romance.
—Sos muy pequeña para hablar de ese modo ¿No querés que juguemos videojuegos?
—No me gustan los juegos virtuales —sacudió la cabeza, y continuó—: mi hermana me esconde secretos. Ni siquiera sé que es lo que lleva en su ropa o en sus zapatos, cada vez que se golpea hace un ruido espantoso ¿Tendrá armas?
Isabel recordó aquella vez en el búnker de Damián: Samuel se había chocado el pie con una mesita y había despertado a Juan Cruz a causa de ello. Había hecho un sonido similar a dos hierros pesados chocándose entre sí a gran velocidad. Nadie le había dado importancia al asunto ¿Qué estaban escondiendo? Era demasiada coincidencia que a Salomé y a él les ocurriera lo mismo. Quién sabía en qué cosas oscuras estaban metidos.
—Ya, no hablemos de cosas tristes. Contame del último paseo que hayas dado con tus amigos.
—No tengo amigos, y hace meses que estoy encerrada.
Isabel se quedó atónita ¿Por qué la familia Hiedra era tan cruel con una niña?
—Como estás a mi cargo, podemos ir a los juegos de la plaza que está a una cuadra ¿Te parece?
—¡Gracias! Me gustaría mucho ¿Vamos ahora?
—Por supuesto ¿Necesitás llevar algo?
—No.
—Genial, entonces salgamos.
Micaela puso la clave de su casa, y caminaron hasta el pequeño parque.
—Ellos decían que ningún chico o chica de mi edad estaba a mi altura —empezó a decir la niña—. que me esperan cosas mucho más grandes. Cada vez que he intentado hablarle a alguien delante de ellos, me han castigado, o me han pegado con el cinto.
—Lo lamento mucho… Todavía no puedo creer que una nena tan pequeña haya tenido que sufrir tanto.
—Tengo nueve años y medio, no soy una criaturita.
—Claro —Isabel asintió, siguiéndole la corriente—. A ver, señorita ¿Alguna vez le gustó un chico?
—Sí, pero nuestro amor no fue posible. Ya te dije, no me dejan relacionarme con otros de mi edad…
Mientras Micaela hablaba, Isabel dejó de escucharla.
En la plaza, arrinconados contra un árbol, se encontraban Juan Cruz y Salomé.
Y estaban besándose intensamente.
—¡Mi hermana! —exclamó Micaela, señalándola con el dedo.
—Y el mío —murmuró Isabel, aún no lograba recuperarse del shock—. Será mejor que regresemos…
La niña protestó, pero le hizo caso a su niñera.
Mientras tanto, la mente de Isabel era un torbellino de pensamientos oscuros.