Estaba lloviendo. Isabel vestía un vestido gris acampanado y unos zapatos de tacones negros. Ella odiaba la ropa formal, la hacía sentir incómoda. Se encontraba en una especie de pueblito que parecía haberse quedado en el tiempo: lucía como en la década de mil novecientos cincuenta. Los carros eran antiguos, los hombres vestían pantalones de tiro alto, camisas, chaquetas y boinas; las mujeres llevaban polleras largas, abrigos largos y los cabellos recogidos. La mayoría llevaba paraguas, y estaba tratando de refugiarse de la precipitación.
Isabel hizo lo mismo: empezó a trotar: quería encontrar un lugar seco. Rápidamente, llegó a un galpón que parecía abandonado. Isabel golpeó, pero no obtuvo respuesta. La lluvia era más densa entonces, y ya había empapado gran parte de su cuerpo.
En ese instante, alguien la tomó del brazo. Ella giró para ver de quién se trataba, y se quedó completamente petrificada.
De repente, el mundo se paralizó. Las agujas del reloj, la lluvia, el sonido de la gente que andaba por las calles del pueblito. El tiempo se había detenido cuando su mirada se había encontrado con la de Samuel.
Él vestía un traje beige, y un piloto del mismo color. Se había colocado las rastas hacia atrás, dejando que su rostro se empapara con el agua. Era muy sexy.
—Ayudame —le pidió Samuel. Sus ojos verdes se veían más brillantes de lo normal, parecía estar conteniendo un llanto—. Ayudame, por favor.
—Pedile ayuda a tu novia —replicó Isabel con resentimiento.
Él hizo caso omiso a su comentario.
—Mi mamá está muerta. Estoy solo ¡Ayudame!
—No entiendo… ¿Por qué tengo que ayudarte?
En ese instante, Samuel se desmayó.
Isabel despertó. Se encontraba toda sudada. Encendió la luz de su habitación, y se levantó para tomar un poco de agua.
Había tenido un día horrible, seguramente por eso había tenido ese sueño extraño.
Recordó que esa tarde Ezequiel le había hablado de Salomé y de Samuel, y había dicho que éste último no era lo que parecía. También se habían cruzado con un vagabundo que se llamaba Luis Roldán, y habían intercambiado unos diálogos. Además, habían hablado de sus planes a futuro. El joven Acevedo había intentado acercársele en más de una ocasión, pero ella se había alejado. Era probable que no volviera a pasear con él: era una persona que no le caía del todo bien.
Cuando regresó a su vivienda, escuchó que Soledad y su esposo ya estaban allí, y estaban discutiendo acaloradamente.
—¿Ésa es la forma en la que querés criar a tus hijos? —gritó Damián—. Anoche no regresaron a dormir ¿Y dejás que vayan de paseo?
—¡Se suponía que debían quedarse aquí! ¡No puedo vigilarlos todo el día!
—Deberíamos invertir en cámaras y sensores, y cambiar las contraseñas de la vivienda ¡No pueden hacer lo que quieran! ¡Son unos mocosos!
En ese instante, Juan Cruz apareció en el living.
—Ni siquiera mi padre me ha dado un castigo severo ¿Por qué querés intervenir vos en nuestra crianza? ¡No te metas donde no te han llamado! —bramó el adolescente.
—Esta es mi casa, muchachito.
—La mitad es de nuestra madre —respondió Juan Cruz. Sus ojos brillaban de ira—. Y vos no tenés por qué intentar ponernos límites ¡Ni siquiera mi padre me ha castigado! —repitió.
—Tu padre es un cobarde y un imbécil. Teme que no vuelvan a hablarle si los castigan ¡Por eso Soledad lo dejó por mí!
Juan Cruz no fue capaz de tolerar que Damián insultara a Benjamín, y se abalanzó sobre su padrastro. Le pegó un empujón que lo hizo chocar contra la puerta de entrada. El hombre reaccionó violentamente, y le propinó un cachetazo al adolescente.
Isabel estaba llorando mientras contemplaba esa escena, pero cuando el esposo de Soledad golpeó a su hermano, no pudo quedarse callada. Tomó a Juan Cruz del brazo, apartándolo de Damián, y gritó:
—¡Basta de pelear! ¡Mamá nos castigará como le parezca y nosotros obedeceremos y ya!
Quería escupir a su padrastro, lo odiaba con toda su alma. Sin embargo, alguien debía acabar con esa discusión, para que no pasara a mayores.
Obligó a Juan Cruz a regresar a su cuarto, y ella se echó a dormir en el suyo, sin ser capaz de dejar de llorar.
Ahora eran las cuatro de la mañana. En su casa estaban todos durmiendo. Ella fue a la cocina, buscó un poco de agua y salió a la vereda. Le gustaba sentarse en el umbral de su vivienda y observar la tranquilidad del valle en plena madrugada.
Suspiró, y se apoyó contra la pared. Observó las estrellas, miró las casas a su alrededor. Se sentía tan vacía, tan llena de nada. Toda su vida había sido construida a base de conflictos y rivalidades, su adolescencia no había sido fácil, y mucho menos desde que Damián convivía con ellos. No quería volver a llorar, aún le ardían los ojos. Esperaba que Juan Cruz, luego de la discusión, no se hubiera drogado en su cuarto (porque a menudo lo hacía).
De repente, oyó unos pasos. No era común que las personas anduvieran caminando a esas horas por el valle.
Isabel se paró rápidamente, a la defensiva. Si se trataba de algún delincuente, correría hasta el interior de su hogar.
Sin embargo, pronto se tranquilizó. Él llevaba unos vaqueros ajustados, una remera blanca y una chaqueta de cuero. Sus rastas estaban recogidas hacia atrás.
¿Qué hacía caminando por el valle a esa hora?
—¿Isa? —preguntó, entornando los ojos, y escondió una especie de papel en el bolsillo del pantalón—. ¿Sos vos?
Isabel se preguntó qué había escondido, y por qué alguien utilizaba papel en el siglo veintidós.
—Sí, aquí vivo ¿Querés sentarte?
Samuel se acercó, y se colocó al lado de ella. A diferencia de otras veces, tenía olor a barro y a pasto mojado, e incluso su calzado estaba muy sucio. Eso le llamó mucho la atención a Isabel ¿Por dónde habría estado a esas horas y para qué?
—¿Qué hacés aquí afuera? —preguntó.
—Estaba tomando aire… En mi casa me siento asfixiada ¿Vos que andabas haciendo dando vueltas por el valle, a esta hora?
—Me gusta pasear de noche. Es tranquilo.
—No es tranquilo —Isabel negó con la cabeza—, es peligroso ¡Todos los lunáticos salen a recorrer el valle a la madrugada!
—¿Y qué te hace pensar que no soy uno de ellos?
—No sabés lo que pienso —lo desafió Isabel.
—Puedo adivinarlo —replicó, esbozando una sonrisa—. No despegás la vista de mi calzado embarrado, y puedo decir que también me has buscado en las redes y no te ha aparecido nada ¿Verdad?
Isabel parpadeó unos instantes ¡Era bastante intuitivo!
—El barro me llama la atención, pero supongo que si estuviste paseando es lógico que te hayas ensuciado. Y yo no te busqué en la web, fue Umma. Aunque debo reconocer que sos bastante misterioso, ayer nos cruzamos en el cementerio a la madrugada y hoy aquí, también a la madrugada.
—Las chicas suelen ser muy buenas investigadoras —sonrió—. Y yo podría decir lo mismo de vos, Isabel. Siempre nos cruzamos de noche.
—En parte… Pero si me buscás en Internet me encontrás fácilmente. A vos no. Es… raro.
—Sí, pero debo vivir así —suspiró.
Era increíblemente atractivo. Isabel debía admitir que sentía una enorme curiosidad por él, quería conocerlo más y descubrir qué secretos escondía y cuál era la relación que mantenía con su padrastro.
Dialogaron sobre temas comunes en la adolescencia como las fiestas, las amistades y finalmente, la familia. No quiso preguntarle por Salomé.
—Mi madre, murió cuando yo era un niño. Ella me quería de verdad. Ahora vivo con mi padre con quien tengo una pésima relación. A veces pienso que me siento muy solo y que necesito ayuda…
Aquello era muy extraño ¿Sería cierto lo que había soñado? ¿Había sido alguna especie de premonición? Isabel se puso pálida, y comenzó a temblar.
—¿Estás bien? —inquirió—. Te pusiste pálida de repente ¿No será mejor que regreses a tu casa?
—Estoy bien. Sólo tuve un mal día, y luego… una pesadilla.
—¿Querés contarme lo que te pasó?
Isabel le narró la salida con Ezequiel, la discusión acalorada con Damián e incluso se animó a contarle lo que había soñado. Cuando habló de lo último, el joven se quedó pensativo durante unos instantes. Se veía más triste que momentos atrás.
—Aquí hay algo rarísimo —afirmó el muchacho—. Siento que me resultás familiar… y vos soñaste que te pedía ayuda, y en verdad la necesito…
—Muy extraño…
—…y siempre nos cruzamos en horarios inusuales —se detuvo de pronto, y la miró a los ojos—. ¿Puedo pedirte un favor?
—Claro.
—No investigues más. No hay nada que puedas hacer por mí. Ahora deberías ir a dormir… No quisiera que te quedaras aquí sola en la vereda.
—Sam…
Samuel la ignoró completamente. Se puso de pie y le dijo:
—Adiós, Isa.
La joven Medina ingresó a su hogar. Tenía una horrible sensación en el pecho ¿Por qué Samuel se veía tan deprimido? ¿Qué secretos ocultaba? ¿Acaso Damián le había hecho daño? Y otra importante pregunta… ¿Por qué había muerto su madre?
Isabel sabía que aquellas preguntas no la dejarían dormir.