Su padre estaba realmente enojado.
—¿Por qué no me esperaron en la fuente? ¡No deberían haberse movido de allí! Yo llamé a Soledad para preguntarle por ustedes ¡Casi se muere de preocupación! No pienso cubrirlos y mentir. Si se quedaron encerrados en el panteón fue por no haber cumplido con su palabra. Ahora arréglense con su madre. No le diré donde estuvieron, se lo dirán ustedes.
Los fue a buscar al cementerio, y los dejó frente a la vivienda de Soledad y Damián.
Isabel no quería entrar a su casa. Sabía que su madre comenzaría a gritarles ¡Odiaba cuando la esposa de Bustamante vociferaba tan temprano en la mañana! Lo peor era que todavía no habían pensado una buena excusa para explicar su ausencia, ya que Sam les había aconsejado que Damián no se enterara dónde pasaron la noche.
—Las damas primero —Juan Cruz señaló la puerta.
—Ni loca. Entrá primero vos.
—¿Y qué le digo? Sam dijo que no mencionáramos el panteón.
—Podemos decir que perdimos a papá… —no terminó la frase. No sabía qué inventar.
—Muy convincente —masculló su hermano con sarcasmo.
—¿Acaso tenés una mejor idea? —Isabel estaba perdiendo la paciencia.
En ese instante, se oyeron unos pasos pesados yendo en su dirección. Como no había nadie en la calle a esa hora (imagínense, un primero de enero a la mañana temprano) el sonido les llamó la atención. Los hermanos voltearon, e Isabel reconoció enseguida aquel joven de cabello rubio y ojos claros.
—Ezequiel… ¿Qué andás haciendo por aquí? —Isabel no pudo evitar pensar que ese chico era bastante extraño ¿Por qué siempre deambulaba solo?
—Sam me contó lo que pasó en el cementerio, y quise pasar por acá, para saber cómo estabas. Somos grandes amigos y sé guardar secretos.
—Podrías haberme enviado un mensaje —replicó Isabel, enarcando una ceja.
Juan Cruz hizo una mueca, pero no dijo nada.
—Estamos bien, gracias por preguntar… Ahora tenemos que entrar a casa. Nuestros padres deben estar muy preocupados por nosotros.
—Por supuesto, es lógico… Antes de que te vayas quiero preguntarte si mañana pasarás a saludar por el negocio.
Isabel no tenía ganas de seguir viendo a Ezequiel, ese muchacho le daba mala espina. Sin embargo, el hecho de que Samuel también trabajara allí la tentaba a ir.
—Está bien, iré con Umma.
—¡Excelente! ¡Nos vemos! —replicó con entusiasmo, y se alejó.
Juan Cruz tenía cara de pocos amigos. Pronto, comentó:
—No me preguntes por qué, pero no me gusta este tipo.
—A mí tampoco.
—¿Y por qué vas a ir a verlo?
—Porque estoy aburrida —contestó. No quería decirle que Samuel era el motivo de su futura visita.
—Hacé lo que te parezca —masculló, y marcó la clave para ingresar a su hogar.
Isabel lo siguió, un poco malhumorada. No había descansado casi nada, y le molestaba mucho cada vez que su hermano tenía razón. Había algo en Ezequiel que no era agradable, y no sabía decir qué era exactamente.
A un costado de la sala, se hallaba Soledad Martínez, marcando desesperadamente un número de teléfono. Vestía la misma ropa que el día anterior, lucía unas ojeras exageradamente grandes y el cabello totalmente despeinado. Apenas vio a sus hijos, empezó a gritar.
—¿Se puede saber dónde estuvieron? ¡Su padre los estuvo buscando toda la noche! No se dan una idea de lo asustados que estábamos…
—Tuvimos un percance, pero no quiero hablar de eso. Podés castigarme hasta que cumpla dieciocho años si querés, pero no pienso contarte lo que nos ocurrió. Y Juan Cruz está obligado a callarse también.
—¡Isabel! —exclamó, pero la muchacha no le hizo caso—. ¡Isabel! ¡Te castigaré durante dos meses si no me hablás! ¡Isabel!
Salió disparada hacia su habitación.
Necesitaba pensar, estar sola. Había pasado una noche sumamente extraña, y lo que menos quería en ese momento era dar falsas explicaciones.
Recordó que Juan Cruz le había tomado una fotografía, luego le pediría que se la enviase.
Se acostó en su cama, y cerró los ojos. Se sentía increíblemente agotada.
—¿Estás segura de que tu mamá no va a descubrir que te escapaste? —Umma observó de soslayo a Isabel, quien estaba saliendo de su casa.
—Voy a volver antes de que ella llegue. Cuando sale a caminar con sus amigas, suele regresar cerca de las ocho y media.
—¿Y si llega antes, o si aparece Damián?
—Ya veré cómo me las arreglo, no te preocupes.
—¿Qué no me preocupe? —Umma enarcó una ceja—. No quiero que el día termine peor de lo que está. Mi abuela hizo estallar la pantalla principal del living, lo cual provocó un pequeño incendio en la pared. Tampoco quiero que a mi mejor amiga la castiguen por el resto del verano.
—¿Tu abuela hizo qué? —Isabel no podía creer lo que había oído.
—Ella pertenece al siglo pasado, ¿Entendés? Tiene ochenta años. Si bien se crió rodeada de tecnología, nunca la supo manejar como la generación de sus hijos o de sus nietos. Intentó prender la pantalla, y acabó quemando la conexión…
—No quiero saber cómo sigue la historia ¡Pobre abuela!
—No debería tocar lo que no conoce —protestó Umma.
—Ya sabés que podés venir a mi casa cuando quieras, miramos programas desde la pantalla que está en mi cuarto.
—Corrección: puedo ir a tu casa cuando no estén ni tu madre ni su esposo, porque te prohibieron todo tipo de salidas y/o visitas por un tiempo mínimo de dos semanas.
—No les podía decir que estuve en el cementerio. No lo tiene que saber nadie.
—Te metiste en un lío sólo por hacerle caso a Samuel —reprochó Umma—. ¿Por qué confiás en él? Es un completo desconocido. Además, intenté averiguar sobre él en las r************* y en la nube y no hay información ¿No te parece sumamente extraño?
—No tuve tiempo de buscarlo en las redes, pero sí, es extraño. También conoce a Damián. Tiene una conexión muy turbia con él, y quisiera descubrir qué es lo que ocurre en realidad. Si descubriera algo y pudiera darle pruebas a mi madre, mostrándole que Bustamante es una mala persona…
Umma bufó, y empezó a hacerse un rodete con su cabello rubio y ondulado. A Isabel no le gustaba lo desconfiada y pesimista que era con la gente en general; pero sabía que tenía razón. El hecho de que a Samuel Aguilar le cayera mal Damián Bustamante, no significaba que podía confiar en él.
—Tienen una conexión muy turbia, vos misma lo estás diciendo. No sabés nada sobre Samuel, y te metiste en problemas por él. Unos tipos lo estaban persiguiendo ¿Y si quizás Damián pertenece al bando de los buenos y él no? No podrías decirlo con certeza. Te diría que vayas con cuidado, amiga.
Otro punto para Umma: no sabía con que bueyes araba. Sin embargo, ella quería investigar un poco al respecto.
Siguieron caminando, hasta que llegaron al negocio.
Durante la tarde, solía ir mucha gente. Era probable que Ezequiel estuviera ocupado en ese momento, atendiendo a los clientes… y ella pudiera hablar con Samuel.
Apenas ingresó, había un grupo de señoras comprando con sus nietos en la parte de golosinas. Más al fondo, se encontraba una chica de cabello oscuro, con las puntas teñidas de colorado. Vestía unos pantalones militares, y una camiseta ajustada de color n***o, que no llegaba a taparle el ombligo. Tenía un tatuaje de una rosa al lado del mismo, y su aspecto era desalineado pero llamativo.
Detrás de la joven, apareció el rostro que Isabel deseaba ver. Las rastas, la camiseta escotada, los collares de madera, los anillos grandes…
Samuel esbozó una amplia sonrisa al verla en la puerta, y se adelantó camino hacia ella.
La muchacha de cabello oscuro, sin embargo, lo detuvo. Le dijo algo al oído, y luego le dio un beso en el cuello. Isabel apartó la mirada, se sintió sumamente incómoda.
—Al parecer, tu chico tiene novia —observó Umma.
Samuel se apartó enseguida de la muchacha de cabellos oscuros, y caminó hacia donde estaban Isabel y su mejor amiga. La joven, sin embargo, no se quedó de brazos cruzados, y lo siguió.
—Isa —sonrió. Sus ojos verdes se iluminaron, o al menos eso creyó la señorita Medina— ¿Cómo te fue con tus papás ayer?
—Terrible. Me castigaron por dos semanas. Mi madre me ha gritado durante todo el día por ello.
—Supongo que no les contaste nada ¿Verdad?
—A ella no. Mi padre sabe la mitad de la verdad, porque él ha tenido que ir a buscarnos al cementerio. Ha sido estresante escuchar las quejas de mi madre durante veinticuatro horas.
—Desapareciste por una noche —observó Sam—, sin darle ningún tipo de explicación real. Yo en su lugar te habría castigado por un mes.
—Entonces ¿Debería alegrarme que hayan sido sólo dos semanas de castigo?
La joven de cabellos teñidos la fulminó con la mirada. La menuda muchacha se sintió incómoda, quizá estaba metiéndose con quien no debía…
En ese instante, Ezequiel apareció por detrás. Tenía el cabello despeinado, vestía una camiseta muy fina (que le resaltaba sus increíbles músculos), unos pantalones cortos y unas chancletas. Umma abrió la boca y lo contempló con deleite. Isabel le tuvo que propinar un pequeño codazo, para que no fuera tan alevosa.
Samuel lo miró con cara de pocos amigos, aunque quizá se debía al cansancio, pensó Isabel. Probablemente no era bonito pasar los mejores horarios de verano encerrados atendiendo un local que no era suyo.
—Viniste —le dedicó una sonrisa—. Pensé que no lo harías.
—Siempre cumplo con mi palabra —replicó Isabel.
—No sabía que venías por él —Sam miró a Ezequiel con recelo.
A la joven Medina le costaba creer que ellos dos fuesen amigos. A simple vista, no parecían llevarse muy bien.
—Sí, vino por mí ¿Por qué estás sorprendido?
Umma contempló a ambos chicos con suspicacia.
Había algo en el interior de Isabel que le gritaba que saliera de allí ¿Por qué esa gente era tan extraña? Parecían competir unos con otros. Sin embargo, no fue capaz de moverse de ese sitio.
Enseguida, la muchacha de cabellos teñidos se acercó a ellos.
—Mi nombre es Salomé Hiedra —anunció, y tomó a Samuel de la mano—. ¿Ustedes?
—Isabel Medina, y ella es mi amiga Umma.
—Mucho gusto, chicas —Salomé enseñó sus dientes con una sonrisa.
De repente, la muchacha de cabello oscuro miró a Samuel, y luego le dio un beso en los labios. El joven de rastas permaneció con los ojos verdes abiertos de par en par, sin devolverle los gestos de cariño a la chica. Se limitó a observar fijamente a Isabel, como si ella estuviese siendo testigo de un delito.
—Hacen linda pareja —comentó la menuda muchacha, sintiéndose algo desilusionada.
—Gracias. Nos conocemos desde pequeños, nuestro destino era estar juntos —replicó Salomé con orgullo.
—Mucha cursilería barata —bromeó Ezequiel, y luego se dirigió hacia la joven Medina—. Me gustaría que vayamos a dar un par de vueltas al parque, Isa. Los chicos me cubren.
Automáticamente, cuatro pares de ojos se posaron en Isabel. Ella en ese momento, deseó tener algo para apretar en sus manos. Definitivamente no le gustaba ser el centro de atención.
—Sólo un rato, porque estoy castigada.
—Genial ¡Vamos!
—Andá, nos vemos luego —insistió Umma.
Salió disparado hacia la salida, sin siquiera esperarla. Ella empezó a pensar que la estaba utilizando como excusa para que sus amigos lo cubrieran en su empleo y no tuviera que trabajar. Por lo poco que había observado de él, se había dado cuenta que se trataba de un muchacho frívolo, narcisista y poco caballero. No duraría mucho a su lado.
Sin embargo, no tenía nada que perder ¿Verdad? Samuel tenía novia, ella no debía volver a acercársele, ni siquiera para averiguar sobre su padrastro.