Capítulo 4: "El chico de ojos verdes".

1753 Words
—¿Y papá? —preguntó Isabel, mientras corría junto a su hermano. Estaba comenzando a sentirse nerviosa y agitada. —Está fuera del panteón. Está a salvo ¡De prisa! Era difícil seguirle el ritmo al joven de rastas. Los hermanos Medina hicieron un enorme esfuerzo para no quedarse detrás: aún oían los pasos de aquellas personas extrañas en el edificio. Samuel era rápido y sigiloso como una fiera. Pronto, pateó una losa de mármol, haciendo más ruido de lo normal, y se abrió silenciosamente una especie de puerta dorada, que se hallaba camuflada con las lápidas. —¿Qué carajo…? —empezó a decir Juan Cruz. —¡De prisa! —exclamó Samuel, interrumpiéndolo. Isabel tragó saliva, ¿Por qué confiaban en un desconocido? ¿Simplemente porque no quería a Damián? ¿Y si las personas que estaban buscándolos por el panteón no eran de temer? Sin embargo, la joven Medina hizo caso a su intuición, y siguió a Samuel detrás de aquella puerta. Enseguida, la abertura se cerró. Las paredes eran claras, había muebles oscuros y labrados, y candelabros elegantes. Había un sofá de cuero bordó en un rincón, y una estantería con libros al final de la sala. Era un lugar antiguo. Isabel se sintió una opresión en el pecho al notar que no había salida de ese sitio, excepto por donde habían venido. Tomó asiento, y comenzó a respirar con dificultad. Sostuvo su cabeza con ambas manos, e inhaló profundamente. Juan Cruz y Samuel se acercaron a la muchacha. Ella había comenzado a sudar, y su cuerpo temblaba de pies a cabeza. Su corazón latía aceleradamente. Sentía pánico al encierro, comenzaba a faltarle el aire e imaginar que moriría asfixiada. Todo había comenzado de niña, cuando una malvada compañera de curso la había dejado encerrada en el baño. —Necesita relajarse —afirmó Samuel, sentándose a su lado. —Isa, calmate. Está todo bien… La joven Medina estaba a punto de echarse a llorar ¡Realmente le temía al encierro! Samuel tomó un pañuelo, y se lo pasó por el rostro, secándole el sudor. Juan Cruz, quien siempre había sido sumamente protector, confió en el muchacho. Lo mismo hizo Isabel: permitió que el muchacho limpie su piel. —Tranquila. Aquí hay aire de sobra —señaló un conducto de ventilación, y luego le entregó la prenda de seda a Isabel, para que se seque ella misma—. No te quedarás encerrada. Lo prometo. Isabel volvió a respirar hondamente. Sentía que se estaba asfixiando allí dentro. Deseaba echarse a llorar, pero se estaba conteniendo. Juan Cruz, a pesar de que no era el primer ataque que presenciaba de su hermana, nunca sabía bien qué hacer. Quizá era muy joven. En cambio, Samuel parecía estar preparado para este tipo de situaciones. —Tranquila, aquí hay aire de sobra para todos —repitió. Samuel tomó su muñeca delicadamente para medirle el pulso. —Inhalá profundamente —indicó—. Ahora, exhalá. Llená tus pulmones de oxígeno… Ella siguió sus indicaciones. Poco a poco, comenzó a tranquilizarse. Los latidos de su corazón empezaron a normalizarse, y dejó de sudar. —¿Ves que hay suficiente aire para todos? —soltó su muñeca. Evidentemente, los latidos de su corazón se habían normalizado. Samuel sonrió. —Estoy asombrado —comentó Juan Cruz—. En toda mi vida, nunca fui capaz de calmarla. No sé cómo lo hiciste, pero gracias. —Era lo mínimo que podía hacer… Si ustedes se han quedado encerrados por mi culpa. Isabel se acostó en el sofá, con la vista hacia el techo. Nunca en su vida la habían calmado tan rápidamente y con tanta eficacia… Durante un rato, ella permaneció en silencio, escuchando las conversaciones que entablaban Juan Cruz y Samuel. —¿Qué es este lugar? ¿Por qué te persiguen? —inquirió el joven Medina. —Este es el búnker de Damián, lo usa para descansar cuando debe quedarse más de medio día en el cementerio… Y es difícil explicar por qué me persiguen, pero puedo decirles que se tratan de unos conocidos de mi padre a los cuales no les simpatizo. —Deberías darnos más explicaciones ¿No creés? —Juan Cruz enarcó una ceja. —Es complicado de explicar. Si quieren, son libres de marcharse de aquí… Aunque no sería agradable para ustedes cruzarse con esas personas. Les preguntarán por mí, les pedirán explicaciones y les dirán algo como: “¿Qué hacen unos adolescentes en el cementerio a esta hora?”. —Ya. Nos quedaremos unas horas aquí —dijo Juan con resignación—. Me pregunto si mi pobre padre estará buscándonos ¿No hay forma en que podamos comunicarnos con él? —No hay señal aquí. —Ya veo… —Juan Cruz soltó un largo suspiro—. No tenemos más remedio que conversar para que las horas pasen más rápido ¿Verdad? —Eso creo. El joven Medina parecía dispuesto a conversar. —¿Planeás estudiar una carrera? —Me gustaría. Me agrada la cuestión informática, pero aún no me he decidido ¿Vos qué pensás hacer cuando termines la escuela? Te quedan tres años ¿Verdad? —Sí… Aún no tengo idea lo que haré luego… Aunque no me gusta estudiar. —Hay cosas peores que eso. De pronto, Isabel apoyó ambas manos sobre su pecho. Fue un acto involuntario, pero los chicos enseguida se acercaron a ella, alarmados. —¿Te sentís bien? —preguntaron ambos. —Sí. Sólo estoy preocupada por papá. —Se ganarán un buen castigo luego de esto ¿No? —preguntó Samuel—. Deberé recompensarlo por haberles ocasionado problemas. —No te preocupes. No, mi papá no nos castigará, pero mi madre y Damián probablemente lo hagan —Isabel se encogió de hombros. Recordó las tumbas de mármol o piedra que había afuera, las formas rectangulares que poseían, las fotos que había en ellas. Quizá su padre estaba revisando detrás de cada una, en cada rincón, para encontrarlos. —¿Quieren descansar? Yo vigilaré el sitio. —Buena idea —replicó Juan Cruz, empujando a Isabel para que le hiciera espacio en el sofá. Ambos cerraron los ojos. El joven Medina se durmió rápidamente, pero Isabel no. Aunque por alguna razón que no podía explicar confiaba en que Samuel no les haría daño, no creía lo mismo de las otras personas. Además, estaba sumamente preocupada por su padre. Unas horas después, Isabel despertó. El sueño la había vencido ¿Había dormido una hora? Juan Cruz aún descansaba a su lado, y Samuel estaba de pie, apoyado sobre la puerta de mármol. —¿Has podido conciliar el sueño? —preguntó. Samuel contempló a Juan Cruz, que dormía profundamente sobre el sofá. —Sí… algo ¿Vos no dormiste? —No. Estoy acostumbrado a no dormir durante la noche. Isabel deseó preguntarle qué tipo de vida llevaba para decir algo así, pero se limitó a cambiar de tema. —¿Falta mucho para que podamos salir de aquí? —Media hora, cuarenta minutos —replicó—, Damián terminará su turno y de ese modo seremos libres. —¿Por qué no apareció por su búnker anoche? —Porque lo usa cuando trabaja más de diez horas. —Lo conocés más que yo —observó Isabel. Samuel se limitó a encogerse de hombros. —¿Querés comer algo? —preguntó Sam, al cabo de unos minutos—. Son provisiones de tu padrastro, pero tiene muchas cosas. No notará que le falta comida. —¿No hay cámaras y sensores aquí dentro? —No lo creo. De ser así, habría venido a echarnos ¿No lo crees? Vaciló unos segundos. No conocía la relación que unía a Damián con Samuel, pero presentía que se trataba de algo oscuro. Tampoco quería comerle las provisiones ¡Temía que Bustamante se vengara por ello! De pronto, el estómago de Isabel rugió. Samuel esbozó una amplia sonrisa, y sacó de la caja una gaseosa dietética, y una barrita de cereal. —¿Esto te apetece? —Claro. Mientras desayunaba, observó a Sam. No podía evitar preguntarse qué secretos se escondían detrás de esos cautivadores ojos verdes… Para romper el hielo, Isabel intentó conversar: —Me gusta tu cabello, hace mucho que no veía a alguien con rastas en el valle —murmuró, pero pronto se arrepintió de haberlo elogiado. Se ruborizó. —Gracias. Sos de las pocas personas que piensa así. —Bueno, supongo que te da un estilo único. —Quizás… aunque mi padre ha querido obligarme a deshacerme las rastas desde el primer momento. Dice que tengo aspecto de vagabundo con ellas, y que no voy a ser bien visto en la sociedad. —Perdón por lo que voy a decirte, pero esa forma de pensar es del siglo pasado. No puedo creer que todavía existan personas que juzgan a otras por la apariencia. Lo importante son las acciones de los seres humanos, no cómo lucen éstos. —Estoy de acuerdo con vos, Isabel. Es cierto, mi padre es muy hipócrita… Él es un científico destacado, debe ser bien visto por todo el mundo. Según su punto de vista, la imagen de cualquier individuo es sumamente relevante. —¿Cómo se llama tu papá? —Horacio Aguilar. —No lo conozco. —Mejor así —replicó con frialdad, mientras mordía una barra de cereal. —¿Qué querés decir? —Nada. Ese chico y su constante evasión de respuestas se estaban volviendo algo irritantes. Isabel le echó un vistazo a su hermano. —¿No deberíamos despertar a Juan Cruz? —Cuando quieras. Pronto, podremos irnos tranquilos de aquí. Mientras Isabel le tocaba el brazo a su hermano para que se despertara, Samuel comentó: —No sé por qué, pero vos y Juan cruz me resultan muy… familiares. Como si ya los conociera de alguna parte. Ella tosió ¡Le pasaba lo mismo! Sin embargo, no fue capaz de responder. Mientras tanto, Samuel se dispuso a hacer un poco de orden en el búnker y se golpeó la punta del pie con la mesa. Hizo gran estruendo. Juan Cruz se despertó de un brinco. Su cabello estaba completamente enmarañado, y tenía unas ojeras enormes. Lucía aún peor que cuando consumía sustancias nocivas a escondidas de su familia. —Hermanito, es hora de irnos. Llamaremos a papá ni bien hayamos recuperado la señal en nuestros móviles. Juan Cruz bostezó, y se puso de pie: —Sólo espero que papá no esté enojado por esto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD