Cuando Ezequiel estaba yéndose, un auto lujoso estacionó frente a la casa de los hermanos Medina. Era gris metalizado, y de los modelos más costosos del valle. Se trataba del carro de Damián Bustamante.
Se saludaron simpáticamente. Acevedo no disimuló la admiración que sentía por ese hombre, y le sonrió hasta que éste ingresó a su vivienda.
Isabel se sintió asqueada al observar esa escena: si Ezequiel le había parecido una persona machista y frívola, su afinidad con su padrastro había hecho que lo detestara aún más.
Ezequiel giró la cabeza antes de marcharse, y comentó:
—Te voy a decir dos cosas. La primera: no voy a dejar de luchar por conquistarte. La segunda: Damián tenía razón: sos bastante caprichosa. Ya me ha advertido que no intente meterme con una niña mimada como vos, pero no le haré caso. Simplemente esperaré a que cambies ese defecto tuyo.
—¿Quién te dio derecho para que me hables de esa forma? —gruñó Isabel, pero el muchacho ya se había alejado.
Necesitaba caminar un poco, despejar su cabeza. Aunque estando Damián en la casa no podía tardar mucho, media hora le alcanzaría para sentirse menos abrumada.
No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido la noche anterior: Luis herido, la cuestión de la muerte de la madre de Samuel y la rosa negra que había aparecido en su habitación la llenaban de dudas. Se preguntaba qué secretos ocultaba el joven Aguilar, y por qué estaba tan reacio a contárselos.
De repente, alguien la distrajo de sus pensamientos.
—¿Qué hace una chica tan hermosa paseando sola por acá? —inquirió un hombre de mediana edad, bastante alto y regordete. Estaba fumando.
Ella lo ignoró, y siguió su camino. Le asqueaba la forma primitiva en la cual se comportaban algunas personas del sexo masculino.
—Isabel Medina —continuó—, te he hecho una pregunta. Deberías responderme.
¿Cómo podía ser que supiera su nombre? Se quedó inmóvil, observándolo con los ojos abiertos de par en par.
—Sos tan hermosa… —la contempló con deseo, y se relamió los labios. Isabel se sintió asqueada, pero no fue capaz de correr—. Es una pena que ellos estén buscándote.
—¿Cómo dijo? —su corazón latía con violencia. No sabía cuánto tiempo más toleraría aquella situación ¡Estaba harta de los misterios y de que diferentes personas estuvieran molestándola!
—Ellos. No son tan buenos como dicen de sí mismos. Hay un grupo de fraudes, y el esposo de tu madre, Damián, es su cómplice.
—¡Explíquese, por favor!
—Ya lo sabrás muy pronto, muñeca.
Apagó el cigarrillo contra un muro de mármol, y comenzó a caminar hacia la joven.
Isabel empezó a trotar de forma instintiva, y el hombre también. Ella sabía que al ser menuda y pequeña podría escapar de las garras de aquel degenerado si se apresuraba. Sin embargo, si la atrapaba, no tendría la fuerza suficiente para huir.
—¡Déjeme en paz! —exclamó la muchacha con desesperación.
Quería llorar de impotencia ¿Por qué estaban sucediéndole esas cosas? ¿Acaso el destino le estaba exigiendo que se olvidara de Samuel para siempre? ¿Por qué tenía tanta mala suerte?
—Ni se te ocurra tocarla —amenazó un joven de aspecto vagabundo y ojos claros. Tenía algunas vendas y cicatrices, pero se veía mejor que la noche anterior.
El hombre de mediana edad se detuvo, y le lanzó una mirada asesina.
—No vas a decirme lo que tengo que hacer, Luis Roldán.
—No sólo ellos van a matarte si la tocás, sino que Samuel y yo le daremos tus restos a los cerdos, buitre. Ella es menor de edad.
—Deseaba tocarla un poquito… Por algo ellos la quieren. No sólo les interesa porque es el amorcito de Sam ¿Verdad? Debe tener algo especial.
—¿Qué demonios está sucediendo? —bramó Isabel. Sentía que su cabeza estaba a punto de estallar. Se detuvo para frotarse las sienes con las yemas de los dedos. Por alguna razón, la presencia de Luis la hacía sentirse a salvo.
—Quiero saber por qué es tan especial —insistió el pervertido.
Luis lo tomó del hombro al hombre regordete y le pegó un puñetazo, que lo tiró al suelo. Éste se golpeó la cabeza contra el piso, y se quedó inconsciente en ese preciso instante. Isabel se quedó atónita: no había imaginado que el señor Roldán fuera tan fuerte.
—Vamos —le indicó a Isabel—. Te acompaño hasta tu casa.
Ella asintió. Con el corazón en la boca y los nervios a punto de hacerla estallar, se animó a preguntar con voz temblorosa:
—¿Quiénes son ellos? ¿Por qué estabas herido ayer? ¿Qué tiene que ver Sam con este grupo de gente?
—No puedo decírtelo. Acabé sumergido en la droga para sobrevivir…
—Por favor. Necesito saber la verdad ¡Esto también tiene que ver conmigo! Me siento perseguida por una fuerza invisible.
—Me caes muy bien, Isabel. Sos una buena chica y muy valiente, y por ello sólo voy a contarte lo siguiente. Todos ellos tienen misiones. A Samuel le tocan las más difíciles, a causa de una particularidad en su cuerpo. Él es muy peculiar. Salomé y Ezequiel están encargados de controlarlo, para que cumpla con su deber. Asimismo, no sólo lo vigilan a él, sino a su entorno. Han descubierto que el joven Aguilar tiene sentimientos hacia vos, amiga. Todos saben que le gustás.
—¿Misiones? ¿En qué tipo de comunidad están metidos?
Sin embargo, Luis continuó con su narración, sin responder la pregunta de Isabel.
—Ezequiel también está loco por vos. Cuando él te vigila, Samuel controla que no te haga daño. Damián conoce toda su historia, y le resulta muy divertido que los muchachos estén persiguiéndote. Por ello te ha enviado para que seas la niñera de Micaela.
Isabel estaba boquiabierta. Sin embargo, no era capaz de hacer encajar todas las piezas del rompecabezas: ¿Quiénes eran “ellos”? ¿Qué clase de misiones les asignaban a los jóvenes?
Luis prosiguió:
—Definitivamente, tenés algo especial, Isa. Todos y cada uno de ellos te conoce. El viejo pervertido que he noqueado recién, formaba parte de esa comunidad. Lo expulsaron por “mala praxis”.
—¿Qué tipo de comunidad son? ¿A qué se dedican? ¿A qué te referís con “mala praxis”? ¿Vos formabas parte de ellos?
—Era hijo de uno —sólo respondió la última pregunta—, y lo han asesinado. Investigué la muerte de mi padre. Me enteré de secretos oscuros que no debía, por ello he terminado drogándome. No me han matado, porque les sirvo para llevar a cabo algunos recados.
—Lo siento tanto…
—No te preocupes. Voy a hacer todo lo que pueda para ayudarlos, a vos y a Sam. Sé que ustedes son buenas personas. No me gustaría que nadie sufriera lo mismo que yo… por eso, quería pedirte que no investigues más. Si te doy más información de la que te brindé hasta el momento, estarás en problemas ¿Tenés tu celular aquí? Así escaneás mi código. Cualquier cosa que necesites o si tenés algún problema, no dudes en contactarme.
Isabel le entregó su móvil, y Luis registró allí su número.
—Muchas gracias, de verdad. Sos el único que ha sido honesto conmigo hasta ahora.
—Samuel no ha sido honesto porque está aterrorizado. No la está pasando bien. Deberías dejar el asunto aquí.
Estaban a la vuelta de su casa… A media cuadra del negocio donde atendían Ezequiel Acevedo, Salomé Hiedra, y Samuel Aguilar. Quería hablarle y preguntarle por la rosa negra.
—No pases mucho tiempo con él —Luis adivinó sus pensamientos—, es peligroso.
—Será sólo un ratito ¡Te agradezco tanto tu ayuda!
—No te preocupes. Nos vemos luego.
Saludó a Luis con la mano, y caminó hasta la puerta del negocio. Respiró profundamente, y luego entró.
Como era temprano en la tarde, estaba totalmente vacío. Ezequiel estaba acomodando la mercadería (aunque podrían haber utilizado un robot para ello), Salomé se hallaba pintándose las uñas de color morado y Sam se veía ocupado configurando una máquina.
—¡Isa! ¿Qué hacés aquí? ¿Te arrepentiste de lo que me has dicho? —Acevedo le dedicó una sonrisa.
—Quiero hablar con Samuel —replicó, tajante.
La joven Hiedra soltó la pintura de uñas, y la fulminó con la mirada. Ezequiel se quedó perplejo, probablemente se sintió humillado.
Samuel no dijo una sola palabra, y se puso de pie. Salomé hizo lo mismo, y caminó detrás de él.
—¿De qué piensan hablar? —inquirió la joven Hiedra, sin poder ocultar su mal humor.
—Necesito dialogar a solas con él un momento. Regresaremos enseguida.
—Samuel… —Salomé intentó detenerlo, pero él le hizo caso omiso.
Isabel y el joven Aguilar se retiraron del negocio y caminaron hasta la esquina.
—¿Qué pasó, Isa? —se veía cansado y preocupado ¿Habría dormido?
—Necesito respuestas. Me crucé con un hombre desagradable que dijo algo respecto a que “yo era especial”, y Luis tuvo que golpearlo para que me dejara en paz ¿Por qué alguien diría algo así?
Su rostro se ensombreció.
—¿No te hizo nada, cierto? ¿Estás bien?
—Estoy bien. Ahora contestame.
—No puedo.
—Samuel, me siento vigilada. Me he escondido con vos en el panteón, luego en el galpón abandonado y has logrado trasgredir la seguridad de mi vivienda para dejarme una rosa negra ¿Y me decís que no podés contestarme? Ni siquiera te estoy pidiendo que me hables de esa comunidad, sino que me respondas aquello que está directamente relacionado conmigo.
—Lo siento —se arrodilló ante ella, y le tomó las manos. Isabel no pudo evitar sorprenderse por el gesto—, lo siento tanto. Si querés, podés golpearme, podés gritarme y decirme que no querés verme nunca más y lo comprenderé. Siento tanto haberte metido en problemas… Te suplico que no investigues más, por favor. Me lo habías prometido ¿Te acordás? —le acarició la piel de la muñeca con la yema de los dedos, provocando que la joven Medina sintiera una electricidad por todo el cuerpo.
Los ojos verdes de Samuel denotaban una profunda tristeza. A Isabel se le encogió el corazón. Justo cuando apartó una mano para intentar acariciarle el rostro, alguien los interrumpió:
—Samuel ¿No te da vergüenza escabullirte de tu trabajo para coquetear con una chica? —Salomé no fue capaz de ocultar sus celos.
El joven Aguilar se puso de pie. Sin apartar la mirada de Isabel, le susurró:
—Cuidate, por favor. Debo irme.
—Vos también, cuídate.
Isabel no se despidió, y empezó a caminar rumbo a su casa. Se sentía increíblemente abrumada. Habían sucedido demasiadas cosas en cuestión de veinticuatro horas. Lo peor de todo era que, a pesar de las advertencias de Luis y de Samuel, ella estaba decidida a descubrir la verdad.
Buscó su móvil, y grabó un mensaje de voz cuyo remitente era su hermano:
—Esta madrugada no vamos a dormir. Vos y yo tenemos algo que hacer.