Esa misma noche, Isabel esperó a Samuel en su habitación, con la ventana abierta. Él arrojó una pequeña piedra para avisarle que había llegado. Ella se asomó, y le hizo un gesto para que ingresara a su cuarto.
En su mesa ratona, estaba la rosa negra que él le había regalado. Isabel la señaló con el dedo índice, y comentó:
—Si querés podés contarme cómo burlaste la seguridad de mi vivienda para dejarme la flor… y ya que estoy, te comento que cualquier chica en su sano juicio no confiaría en vos ¡No te relacionás con otros seres humanos de forma normal!
—¿No te gustó la rosa? —parpadeó. Parecía realmente sorprendido.
Isabel se preguntó si Samuel se había relacionado sanamente con otros seres humanos, y pensó que era posible que la respuesta a ello fuese negativa.
—Sí, me gustó. Sólo me pareció bastante intrusivo de tu parte que entraras sin permiso ¿Y si yo estaba cambiándome?
—Tenés razón. De ahora en más, me anunciaré antes de venir.
—¿Cómo burlaste la seguridad?
—Fue bastante sencillo, ya que sé manipular distintos tipos de softwares. Conociendo a Damián no me costó nada adivinar los códigos —se encogió de hombros.
—Sos un chico súper raro, Sam —Isabel suspiró. Quería sacarle información, pero sabía que de sus labios no escucharía respuestas. Debía fingir que dejaría de lado el interrogatorio por un rato, para luego escabullirse de su casa junto a su hermano—. Olvídalo. ¿Querés ver unas fotografías?
La joven Medina encendió la pantalla de su habitación, para mostrarle a Samuel unas imágenes y videos de ella cuando era una niñita. En la mayoría de los recuerdos, Isabel vestía unos vestidos acampanados, zapatitos adornados, dos coletas y un flequillo bastante corto. En la mayoría de los clips, la niña estaba haciéndole travesuras a su hermano menor.
Dialogaron un largo rato al respecto, y también rieron.
—Reconozco que ahora te ves más linda que en ese entonces… Ese flequillo…
—¡Lo odiaba! —admitió Isabel—. También detestaba esos vestidos ¡Eran súper incómodos!
—Y eras bastante traviesa ¡Pobre Juan Cruz!
Isabel le dedicó una sonrisa, y luego preguntó:
—¿Vos no tenés recuerdos felices para enseñarme?
Samuel negó con la cabeza.
—No sé si tengo fotografías siquiera. Mi infancia fue muy difícil.
La joven Medina no se animó a hacerle más preguntas, y no pudo evitar pensar que la vida de Samuel debe de haber sido muy miserable.
—No te preocupes —murmuró Sam, intentando reconfortarla. Luego, miró el reloj de la pantalla y comentó—: son las dos de la madrugada… ¿No deberías descansar? Anoche no has dormido nada. Seguramente mañana te tocará ir a cuidar a Micaela.
—Tenés razón —asintió, y se metió debajo de las sábanas.
Tomó su teléfono móvil, simulando que estaba poniendo una alarma para “levantarse temprano”. Le escribió un nuevo mensaje a Juan Cruz para que se preparara. Luego apagó el celular.
Él se sentó a un costado de la cama, y la miró fijamente.
—Descansá, Isa. Dulces sueños.
Ella cerró los ojos, y Sam apagó la luz.
Esperó. Fingió estar dormida alrededor de media hora, hasta que sintió que Sam se escabullía por la ventana y colocaba la contraseña al retirarse, para dejarla cerrada.
Cuando se aseguró que Samuel ya no estuviese allí, se colocó unos pantalones oscuros, unas zapatillas deportivas, una remera negra y una campera de cuero. Esperaba que su plan funcionara, y que Juan Cruz no se hubiera dormido para poder llevarlo a cabo.
Llamó a su hermano por teléfono.
Después de dos timbrazos, éste atendió:
—Estaba preparándome, Isabel. Nos vemos en la puerta de la casa en dos minutos. Roguemos que mamá no nos escuche.
—No nos va a escuchar, y el idiota de Damián debe estar en el cementerio. Tranquilo.
Colgó el teléfono, tomó su bolso (que había preparado el día anterior), y se precipitó hacia la puerta principal.
Juan Cruz estaba esperándola. Vestía un pijama celeste que le habían regalado unos amigos suyos hacía un par de años.
—¿Así vas a salir a la calle? —Isabel enarcó una ceja. Sabía que su hermano era un “rebelde social”, pero podría haberse vestido mejor para la ocasión.
—¿Algún problema?
Ella no respondió. Ingresó la clave, y salieron a la calle.
Se notaba una figura delgada que iba caminando en dirección oeste. Se encontraba a poco más de cien metros de ellos. Avanzaba perezosamente.
—¡Qué bueno que va a paso lento! ¡Sigámoslo!
Los hermanos Medina se apresuraron para ir detrás de él. Estaban usando calzado liviano, para no hacer ruido y que él no notara que lo estaban siguiendo.
—Te estás comportando como una novia tóxica —le recordó Juan Cruz en un susurro.
—No es mi novio, y él me está ocultando secretos que están relacionados conmigo ¡Necesito saber la verdad!
Iban caminando alrededor de quince metros por detrás. Samuel parecía tranquilo, y de vez en cuando acomodaba su cabello con sus manos.
—¿Por qué está yendo hacia las afueras?
—No lo sé.
—¿Qué estará ocultando?
—No lo sé. Eso quiero averiguar —replicó la muchacha de forma tajante, y se concentró en no perder de vista al joven de rastas.
A medida que avanzaba, su paso iba cada vez más lento. En ocasiones miraba hacia ambos lados ¿Qué estaría haciendo?
Pasaban los minutos. A Isabel no le gustaba estar a las afueras del valle, siempre se había comentado que era una zona bastante peligrosa.
Había arbustos secos, estepas y tierra suelta. Recordó las botas llenas de barro que le había visto a Sam aquella madrugada que estaba fumando un cigarrillo en la entrada de su casa ¿Acaso él frecuentaba ese lugar? ¿Qué había por allí?
Estaba oscuro, apenas había unos faroles que iluminaran el sitio. Samuel empezó a meterse entre las plantas con rapidez. Isabel y Juan Cruz intercambiaron unas miradas suspicaces, pero lo siguieron. Avanzaron con cautela, tratando de ser lo más silenciosos posible.
Samuel iba muy rápido. Se notaba que conocía el sitio a la perfección.
Le traía alguna especie de mal recuerdo, no sabía por qué o cuál era exactamente. El paisaje era desolado y aterrador.
En ese instante, Isabel tropezó con la rama de un arbusto, y cayó de bruces al suelo. Fue bastante ruidosa. Ella soltó unas palabrotas. Su hermano la ayudó a levantarse.
—Cuando Sam está cerca, te volvés la persona más idiota del mundo.
—No necesito que me regañes ahora ¿Nos habrá escuchado?
—No tengo idea.
Intentaron continuar, pero se dieron cuenta de que Samuel ya no estaba en su campo visual. Lo habían perdido.
—¿Hacia a dónde se ha ido?
Juan Cruz negó con la cabeza, y miró en diferentes direcciones para lograr localizarlo.
Isabel estaba comenzando a alterarse ¡Esa noche era la única oportunidad que tendrían para descubrir la verdad!
—Sigamos hacia adelante… Algo debe haber por esta zona.
—No estoy de acuerdo. No sabés con qué clase de gente podemos encontrarnos…
—Esto ya lo sabías, Juan Cruz. No es momento para darnos por vencidos ¿Querés pasar la noche en el medio de la nada? Debemos continuar con lo planeado.
Su hermano le hizo caso omiso.
—Samuel parece un buen chico. Te ha pedido en más de una ocasión que te mantengas alejada de estos asuntos… por algo debe ser ¿O no?
—Sos un cobarde, Juan Cruz —gruñó, y lo hizo a un lado con la mano, abriéndose paso entre los arbustos—. Si no querés acompañarme, no lo hagas. Puedo investigar sola.
—No es cobardía… Es cordura. No podés hacer cualquier cosa en cualquier lugar. Quizá nos estamos metiendo en una propiedad privada, y podemos tener problemas con la policía por ello. O incluso peor ¿Si Samuel trabaja para un grupo de mafiosos?
—Si fuera una propiedad privada, ya habría sonado una especie de alarma y nos hubieran atrapado con esos rociadores líquidos que paralizan físicamente a los intrusos. Y no creo que Sam sea un mafioso —hizo una mueca—. Volviendo al tema principal: hemos llegado hasta acá. No podemos volver hacia atrás. Estamos más cerca que nunca de descubrir la verdad.
—No puedo creer que nunca pienses lo que hacés. Si lográbamos seguirle el ritmo a Samuel no hubiera sido tan peligroso como haber quedado solos ¡Estamos perdidos!
—No hagas las cosas más difíciles, Juan. Volvé a casa si tenés miedo.
Se liberó de su hermano, y empezó a esquivar las ramas de los arbustos, corriéndolas con la mano. Se sentía pegajosa y sucia, y podía sentir que en su zapatilla se le estaban metiendo espinillas.
No era una chica que estuviese acostumbrada a ese tipo de ambientes tan hostiles. No obstante, era valiente, y seguía su camino sin temor a lo que pudiera sucederle. Su hermano iba un par de metros por detrás, bufando.
No supieron bien cuánto tiempo llevaron adentrándose a esos matorrales. Estaba cada vez más oscuro y no sabían qué podría aparecérseles, o si serían capaces de encontrar a Samuel.
—Isabel, lo más prudente sería volver a casa. Estamos perdiendo el tiempo acá. Sam no está, y no hay nadie en este matorral. Quizá suele salir de cacería a la noche, y no tiene esa vida tan espectacular como vos te imaginás.
—No es así, y vos lo sabés. Lo sabés por la noche que estuvimos con él en el cementerio. Hay algo relacionado con Damián y algo que también tiene que ver conmigo, y tengo que descubrirlo. Un viejo que pertenecía a esa comunidad me ha dicho que nuestro padrastro pertenecía a un grupo de fraudes ¿No te encantaría encontrar evidencia para mostrársela a mamá?
Juan Cruz vaciló.
—No sabés quiénes son “ellos” —reflexionó su hermano menor—. Tengo la sensación de que son más peligrosos de lo que imaginamos.
Isabel continuó con su camino, pensando qué podía responderle al muchacho. No había palabras que Juan Cruz pudiera decirle para que lograra convencerla de que volver a casa era lo correcto, pero ella debía intentar disuadirlo para que ya no insistiera.
—Todo esto me da mala espina —admitió la joven Medina—, pero no retrocederé.
Continuaron hacia adelante, esquivando arbustos y levantando tierra blanda con sus zapatillas. Isabel se sentía sumamente preocupada, y a su vez, la ansiedad la carcomía por dentro. Sin embargo, no se daría por vencida. Necesitaba atar cabos, urgentemente. Sino sentiría que pronto iba a estallar.