Un año había pasado desde aquella noche en la que el destino de Daniel cambió para siempre. Las luces de la ciudad, que alguna vez habían sido un recordatorio constante de lo que no podía tener, ahora lo iluminaban desde las ventanas de su ático. La riqueza, el poder y el estatus eran suyos, pero todo tenía un precio, y el peso de ese precio lo aplastaba cada día.
Daniel se encontraba en la sala de entrenamiento, con el cuerpo empapado en sudor después de una intensa sesión de combate. Maximus Blackwell, el millonario que lo había tomado bajo su ala, lo había convertido en mucho más que un simple hombre de negocios. Le enseñó sobre inversiones, estrategias empresariales, y también sobre cómo sobrevivir en un mundo donde los débiles eran eliminados sin piedad. Pero no importa cuánto entrenara, no podía borrar el recuerdo de la noche en que apretó el gatillo.
El disparo que acabó con la vida de Joshua Blackwell, el hijo de Maximus.
Daniel aún recordaba la expresión vacía en los ojos de Joshua cuando lo vio por primera vez, sentado en esa silla. Joshua había sido un joven brillante, con todo a su favor, pero el peso de su propio apellido lo había arrastrado al abismo de las drogas. Maximus, incapaz de ver a su hijo destruirse lentamente, había tomado una decisión que ningún padre debería tomar. Si Daniel quería convertirse en alguien en el mundo de los poderosos, tenía que empezar eliminando al mayor símbolo de fracaso para Maximus: su propio hijo.
La puerta de la sala se abrió suavemente, y Maximus entró, impecablemente vestido como siempre, con una expresión serena que nunca revelaba sus verdaderos pensamientos. Aunque su presencia imponía respeto, Daniel no podía dejar de sentir una profunda incomodidad cada vez que lo veía.
—Veo que sigues entrenando —dijo Maximus, su voz firme pero calmada—. Es bueno. Necesitas estar preparado para lo que viene.
Daniel asintió, guardando silencio. No importaba cuántas veces hablara con él, el nudo en su estómago siempre estaba presente. ¿Cómo era posible que este hombre, que lo había moldeado en lo que era ahora, pudiera haber ordenado la muerte de su propio hijo? Y más perturbador aún, ¿cómo había logrado Daniel cumplir con esa tarea?
Maximus se acercó, observando los guantes de combate de Daniel.
—Joshua… —empezó a decir, su tono más suave que de costumbre—. No pasa un día en que no piense en él. Pero no me arrepiento de la decisión que tomé. Era necesario. Él no habría sobrevivido en este mundo, no como lo estás haciendo tú.
Las palabras de Maximus eran directas, como si hubiera justificado una y otra vez en su mente la razón de la muerte de su hijo. Pero para Daniel, no era tan simple. Cada noche soñaba con el disparo, con la vida que había arrebatado, y no podía evitar preguntarse si todo lo que había ganado valía ese precio.
—Lo sé —respondió Daniel, su voz apenas un susurro.
Maximus lo miró con atención, como si intentara leer sus pensamientos.
—Lo que te pedí fue lo más difícil que alguien podría hacer, Daniel. Pero sobreviviste, y eso es lo que importa. Ahora, te estás acercando a algo más grande. Algo por lo que Joshua nunca habría podido luchar.
Daniel sabía que no podía retroceder. Había entrado en este mundo de poder y riqueza, y salir de él no era una opción. Pero la pregunta que lo carcomía era si algún día podría vivir consigo mismo por lo que había hecho.
—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó, intentando cambiar el tema, queriendo escapar de esa oscura conversación.
Maximus sonrió levemente.
—Tenemos una cena esta noche con algunos inversores importantes. Será tu primera gran aparición como mi protegido. Es hora de que el mundo te conozca, no como el chico que alguna vez revolvió en la basura, sino como Daniel Mercer, el hombre que va a conquistar este imperio.
Daniel asintió, sabiendo que debía cumplir su papel. Sin embargo, al salir de la sala, no pudo evitar que sus pensamientos volvieran a Clara, la hermana menor de Joshua. Desde el momento en que la conoció, se sintió atraído por su bondad y calidez, algo tan ajeno a todo lo que rodeaba a Maximus. Lo único que lo aterraba más que el recuerdo de lo que había hecho era la posibilidad de que Clara descubriera la verdad. ¿Podría ella algún día perdonarlo por lo que había hecho a su familia?
Mientras se preparaba para la cena, una cosa era clara: aunque el mundo veía a Daniel como el próximo gran magnate, dentro de él, seguía siendo el mismo joven atormentado por las decisiones que había tomado. Y el pasado, aunque oculto, siempre estaba al acecho, esperando el momento para destruirlo.
Daniel se quedó solo en la sala de entrenamiento, viendo la figura de Maximus desaparecer por la puerta. Respiró hondo, sintiendo la presión en su pecho que parecía nunca abandonarlo. Un año había pasado, pero el recuerdo seguía fresco en su mente. Las noches eran las peores; en sus sueños, siempre se repetía ese momento. El sonido del disparo, el cuerpo de Joshua desplomándose en la silla, la mirada impasible de Maximus cuando todo terminó.
Se quitó los guantes de combate con manos temblorosas. Aún podía recordar el peso de la pistola en sus manos y la voz de Maximus resonando en su mente: "Él no tenía futuro. Si no lo hacías tú, alguien más lo haría. No había otra opción." Y Daniel, desesperado por una salida, había cumplido con la tarea. No por odio, sino por sobrevivir. Pero eso no cambiaba la realidad. Había matado a un hombre. Peor aún, había matado al hijo de Maximus Blackwell, su mentor, el hombre que lo había sacado de la miseria.
Daniel se levantó del banco, con el sudor corriéndole por la frente, y se dirigió a las duchas. Mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo, intentaba calmarse, borrar esos pensamientos, pero no lo conseguía. La verdad era simple: nunca dejaría de cargar con esa culpa. Y aunque Maximus no parecía afectado por la muerte de su hijo, Daniel sabía que la historia era mucho más complicada. Joshua no solo había sido un drogadicto; había sido un joven perdido, alguien que había fallado bajo el peso de las expectativas. Daniel se preguntaba si, de haber conocido a Joshua en otras circunstancias, podrían haber sido amigos.
Terminó de ducharse y se vistió. La cena de esa noche con los inversores no sería solo una simple reunión de negocios. Era el gran debut de Daniel como la mano derecha de Maximus. Las expectativas eran enormes, y él debía estar a la altura. Maximus lo había entrenado en todo, desde cómo hablar con los poderosos hasta cómo manipular una situación para obtener lo que quería. Daniel había aprendido rápido, pero la duda aún lo perseguía. ¿Qué sucedería si alguien descubría la verdad detrás de la desaparición de Joshua? La versión oficial era que Joshua había muerto en un accidente relacionado con drogas, una verdad a medias que encajaba perfectamente en el mundo de los ricos y poderosos. Nadie hacía preguntas. Nadie sospechaba. Pero Daniel sabía que no podría esconder esa verdad para siempre.
Mientras se abrochaba los gemelos, su mente no pudo evitar pensar en Clara. Clara Blackwell era todo lo que su hermano Joshua no había sido: fuerte, decidida, llena de vida. Desde que la conoció, había algo en ella que lo atraía. Su sonrisa, su risa, la forma en que veía el mundo con esperanza, a pesar de las sombras que rodeaban a su familia. Daniel se había prometido mantenerse alejado, pero cada vez era más difícil. Clara lo veía como un aliado, alguien en quien podía confiar, alguien diferente a los hombres de negocios fríos que su padre frecuentaba. Para Daniel, era más que una simple atracción. Clara representaba la única chispa de luz en un mundo que se sentía cada vez más oscuro.
Pero ese amor, si es que podía llamarlo así, era un callejón sin salida. Clara no sabía la verdad. No sabía que Daniel había sido el verdugo de su hermano, que todo lo que Maximus le había contado era una fachada cuidadosamente diseñada para proteger su legado. ¿Qué sucedería si alguna vez lo descubría? Esa pregunta lo aterrorizaba. Perderla sería inevitable, y el solo pensamiento lo desgarraba por dentro.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Era uno de los sirvientes de la mansión.
—Señor Mercer, el señor Blackwell lo espera en el vestíbulo. El coche está listo.
Daniel asintió en silencio y se dirigió hacia la puerta. Mientras descendía por las escaleras de mármol de la mansión, se recordó a sí mismo lo que Maximus le había enseñado: en este mundo, solo los fuertes sobreviven. Los débiles, los que dudan, caen en el olvido. Daniel ya había tomado su decisión un año atrás. No podía flaquear ahora.
Maximus lo esperaba en la entrada, ajustando su reloj de pulsera con la precisión de un hombre que controlaba cada aspecto de su vida. Cuando vio a Daniel, esbozó una sonrisa aprobatoria.
—Perfecto —dijo Maximus—. Recuerda, esta noche no es solo una cena. Es una declaración de poder. Tú eres mi heredero. Quiero que el mundo lo sepa.
Daniel asintió, su rostro imperturbable. Maximus lo había entrenado bien, pero dentro de él, las dudas persistían. Había logrado llegar hasta aquí, había obtenido lo que siempre había deseado: una vida de riqueza y privilegios. Pero en el proceso, había perdido algo mucho más valioso: su alma.
Subió al coche junto a Maximus, y mientras las luces de la ciudad pasaban rápidamente por la ventana, una sola imagen seguía grabada en su mente: la sonrisa de Clara. Sabía que esa sonrisa desaparecería el día que la verdad saliera a la luz, y cuando eso sucediera, todo lo que había construido se derrumbaría, llevándoselo a él junto con ello.