Capítulo 2: El debut de Daniel

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El coche n***o se deslizaba por las calles de la ciudad, iluminada por las luces que brillaban desde los altos rascacielos. Daniel observaba el reflejo de su propio rostro en la ventana, perdido en sus pensamientos. Esta noche era su primera gran prueba, la oportunidad que Maximus había preparado durante meses. No era solo una cena, como Maximus le había recordado, sino su introducción oficial al mundo de los magnates. Él ya no era solo el joven desconocido que había salido de la nada. Era Daniel Mercer, el futuro del imperio Blackwell. —Recuerda —dijo Maximus desde el asiento del coche, su tono sereno—, esta noche es tu oportunidad. Los hombres con los que cenarás te verán como un rival. Van a sonreír, a estrecharte la mano, pero detrás de esas sonrisas estarán calculando cómo aprovecharse de tu inexperiencia. Quieren lo que nosotros tenemos. No te equivoques. Les gusta el dinero más de lo que les gusta ganar. Daniel asintió, su rostro serio, pero sin rastros de miedo. Desde que Maximus lo tomó bajo su ala, había aprendido a ocultar cualquier signo de debilidad. Había perfeccionado el arte de mantener una fachada de confianza, incluso cuando internamente las dudas lo carcomían. El coche finalmente se detuvo frente al restaurante más exclusivo de la ciudad, una joya oculta donde solo las personas más poderosas se reunían para hacer negocios en la oscuridad. Daniel ajustó su chaqueta, respiró hondo y siguió a Maximus al interior. Dentro, el ambiente era tan lujoso como se esperaba: techos altos, candelabros colgando sobre las mesas, y un sutil aroma a vino caro impregnando el aire. Las voces de los invitados eran un murmullo discreto, cargado de poder. Ningún extraño se aventuraría en ese lugar; cada persona en la sala había hecho su fortuna dominando el arte del control. Un mayordomo impecablemente vestido los condujo hasta la mesa reservada, donde ya esperaban varios hombres de negocios. Eran figuras imponentes, hombres que habían construido imperios con las mismas manos con las que ahora levantaban copas de champán. Daniel reconoció a algunos de ellos por las investigaciones previas que había realizado. Sabía quiénes eran y lo que buscaban. Y también sabía que esta noche intentarían usar su juventud y falta de experiencia en su contra. —Maximus, qué gusto verte —dijo uno de los hombres, levantándose de la mesa para estrechar la mano del anfitrión—. Y tú debes ser el famoso Daniel Mercer. He oído hablar mucho de ti. El hombre tenía una sonrisa afable, pero sus ojos fríos no dejaban lugar a dudas de sus intenciones. Se llamaba Lawrence Preston, un magnate de bienes raíces que había pasado décadas acumulando riqueza de manera implacable. —Es un placer conocerte, Lawrence —dijo Daniel con una sonrisa cortés, estrechándole la mano. Sentía la fuerza de su apretón, como si fuera una prueba. —Maximus me ha hablado mucho de ti. Espero que podamos hacer grandes cosas juntos —continuó Preston, aún midiendo a Daniel. —Yo también lo espero —respondió Daniel, manteniendo su voz firme. Maximus se sentó en la cabecera de la mesa, pero antes de que Daniel pudiera tomar su lugar a su lado, Maximus lo detuvo con un gesto discreto. —Esta noche es tu noche, Daniel —le dijo en un susurro, apenas audible para los demás—. Te encargarás de todo. Daniel entendió de inmediato. Maximus lo había entrenado para esto, para que se enfrentara solo a los lobos. Era su manera de mostrarle al mundo que Daniel Mercer no era un simple protegido; era alguien que debía tomarse en serio. Los otros hombres en la mesa intercambiaron miradas, todos conscientes de la prueba que Daniel estaba a punto de enfrentar. Pensaban que podrían aprovecharse de su juventud y de su aparente inexperiencia, y Daniel lo sabía. Pero lo que no entendían era que él estaba listo. Más que listo. La cena comenzó con cortesías, conversaciones superficiales sobre el clima y los últimos movimientos en la bolsa. Daniel participaba en la charla con calma, sonriendo en los momentos apropiados, pero siempre observando, midiendo. Luego, llegó el momento de la negociación, el verdadero motivo por el que todos estaban allí. —Daniel —dijo Preston, inclinándose ligeramente hacia él—, hemos estado siguiendo de cerca las inversiones del Grupo Blackwell. Tenía algunas ideas sobre cómo podríamos trabajar juntos en un nuevo proyecto inmobiliario en la costa. Con mi experiencia y la reputación de Maximus, podríamos lograr algo increíble. Sería una alianza rentable para todos. Daniel lo escuchó, asintiendo lentamente. Sabía que este era solo el comienzo. —Suena interesante, Lawrence. ¿Qué propones exactamente? —preguntó, dejando que el hombre pensara que lo tenía donde quería. Preston desplegó su plan con rapidez, como un cazador que había estado esperando el momento perfecto para atacar. Era un proyecto de gran envergadura, pero Daniel detectó los fallos en la propuesta de inmediato. El plan estaba diseñado para beneficiarse de la infraestructura del Grupo Blackwell, pero con riesgos que, de salir mal, provocarían pérdidas considerables para la compañía. Un movimiento arriesgado que Preston pensaba que Daniel no entendería. —El contrato sería simple —continuó Preston—. Inversión compartida, riesgo compartido. Con tu apoyo, podríamos hacer de esta inversión algo único en el mercado. Los otros hombres en la mesa asentían, como si el acuerdo ya estuviera cerrado. Para ellos, Daniel era solo un joven ambicioso que podría ser manipulado con promesas de éxito rápido. —Lo entiendo —respondió Daniel con una sonrisa leve, observando a los otros hombres en la mesa—. Pero veo algunos problemas con tu propuesta. Preston levantó una ceja, sorprendido. —¿Problemas? —preguntó, con un tono que dejaba ver su incredulidad. —Sí. El contrato que propones coloca a Blackwell en una posición extremadamente vulnerable. De hecho, parece diseñado para que, si las cosas no salen como planeas, nosotros absorbamos todas las pérdidas mientras tú te llevas la ganancia. No puedo aceptar eso. La mesa quedó en silencio. Preston, claramente sorprendido, intentó mantener la compostura. —Daniel, me parece que no entiendes del todo cómo funciona este tipo de inversión. Todos asumimos riesgos. Daniel lo miró directamente a los ojos, sin flaquear. —Sé perfectamente cómo funcionan las inversiones, Lawrence. Y sé cuando alguien intenta jugar con cartas marcadas. No me interesa un acuerdo donde solo uno de los lados tenga las de ganar. Si quieres un trato con Blackwell, tendrá que ser uno justo. La tensión en la mesa creció. Lawrence Preston no estaba acostumbrado a que lo desafiaran de esa manera, y mucho menos un joven como Daniel. Pero antes de que pudiera responder, Daniel se inclinó hacia delante, con una sonrisa calculada. —De hecho, Lawrence —continuó Daniel—, tengo una propuesta mejor. Estoy interesado en tu empresa inmobiliaria, pero no para asociarme contigo. Estoy interesado en comprarla. Ahora mismo. La sorpresa fue visible en los ojos de Preston. Los otros hombres en la mesa intercambiaron miradas, sin saber si Daniel estaba hablando en serio. Pero la calma en su tono dejaba claro que no era una broma. —¿Comprarla? —repitió Preston, con una risa forzada—. Eso no está en discusión. Daniel se encogió de hombros. —Claro que está en discusión. De hecho, ya he hablado con algunos de tus accionistas. Están interesados en vender. Me temo que esta noche, Lawrence, no solo estás perdiendo un trato. Estás perdiendo tu empresa. El color desapareció del rostro de Preston. Daniel había jugado sus cartas perfectamente. Mientras todos pensaban que era un novato, él había estado un paso por delante. Había investigado, se había preparado, y ahora, con una sola jugada, acababa de dejar claro quién tenía el control. Maximus, quien había permanecido en silencio durante toda la negociación, esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción. Sabía que Daniel tenía potencial, pero verlo manejar a esos tiburones con tanta destreza era más de lo que esperaba. Preston, incapaz de responder, simplemente apretó los puños, sabiendo que no había nada que pudiera hacer. Había subestimado a Daniel, y ahora estaba pagando el precio. —Bien hecho, Daniel —dijo Maximus en voz baja mientras salían del restaurante más tarde esa noche—. No esperaba menos de ti. Daniel asintió, pero por dentro, algo se agitaba en su interior. Había ganado, sí, pero la sensación de vacío seguía allí, recordándole que el precio por el poder siempre era alto. Mientras tanto, el juego no había hecho más que empezar.
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