El sol apenas comenzaba a despuntar en el horizonte cuando Daniel se levantó de la cama. La mansión Blackwell estaba inmersa en el silencio, apenas interrumpido por los pasos suaves de los sirvientes que comenzaban sus tareas diarias. Para cualquier observador, Daniel parecía tenerlo todo: riqueza, poder y el favor de Maximus Blackwell, pero por dentro, se sentía atrapado.
La noche anterior había sido un éxito. No solo había dejado claro a los magnates reunidos en la cena que no era alguien a quien subestimar, sino que había conseguido asegurar uno de los mayores contratos inmobiliarios del año. Maximus estaba complacido, pero Daniel sabía que ese solo era un paso más en la complicada danza que ahora definía su vida. Todo lo que había logrado estaba teñido por un solo hecho: la sombra de Joshua, el hijo que Maximus había sacrificado por su propio imperio.
Mientras se vestía con una impecable camisa blanca y un traje oscuro, su mente volvía una y otra vez a Clara Blackwell. La hermana de Joshua, que había estado ausente durante todo el último año, finalmente estaba de vuelta en la ciudad. Clara, con su carácter fuerte y sus ojos llenos de vida, representaba todo lo que Daniel deseaba y todo lo que no podía tener. ¿Cómo podría mirarla a los ojos sabiendo lo que había hecho? Y, más importante aún, ¿cómo podría amar a alguien que, tarde o temprano, descubriría la verdad?
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Era uno de los sirvientes.
—El señor Blackwell lo espera en su despacho, señor Mercer.
Daniel asintió, ajustándose el nudo de la corbata. Sabía que esta reunión sería importante. Maximus rara vez lo convocaba tan temprano, y menos después de una noche como la anterior. Algo estaba en marcha.
Al llegar al despacho de Maximus, lo encontró de pie frente a la gran ventana que daba al jardín. El hombre estaba vestido con su habitual traje n***o, con las manos detrás de la espalda y la mirada fija en algún punto distante del horizonte. La postura de Maximus siempre transmitía control absoluto, como si el mundo entero estuviera a su disposición.
—Daniel —dijo Maximus sin volverse, reconociendo su llegada—. Anoche lo hiciste bien. Mejor de lo que esperaba.
—Gracias, señor —respondió Daniel, manteniendo la formalidad que siempre adoptaba con él.
Maximus giró lentamente, sus ojos azules afilados como cuchillas. No había una sonrisa en su rostro, solo una mirada calculadora.
—Pero hay algo más que debemos discutir —continuó Maximus—. Has demostrado ser más que capaz en el negocio, pero si vas a heredar mi imperio, hay algo que aún falta.
Daniel sintió una punzada de incertidumbre. Sabía que, con Maximus, siempre había una segunda parte en cualquier elogio.
—¿A qué se refiere? —preguntó, manteniendo su tono neutral.
Maximus se acercó a su escritorio, apoyando las manos sobre la superficie de caoba pulida.
—La consolidación de poder no solo se logra con negocios. También está en las alianzas que haces fuera de la oficina. Y como mi heredero, necesitas formar una alianza más… permanente.
Daniel frunció el ceño, empezando a entender hacia dónde iba esta conversación.
—¿Permanente?
Maximus lo miró fijamente.
—Un matrimonio, Daniel. No es solo una cuestión de sentimientos o deseos personales. Es una herramienta para unir fuerzas, para fortalecer el legado. Has ganado mi confianza, y por eso quiero que hagas esto. Debes casarte con alguien que eleve tu estatus, alguien que aporte poder a nuestro nombre.
Daniel sintió una mezcla de sorpresa y resistencia. No había esperado que Maximus tocara ese tema tan directamente. Sabía que en su mundo las relaciones eran, a menudo, transacciones más que uniones de amor, pero escuchar a Maximus hablar de su futuro matrimonio como si fuera otro movimiento en el tablero de ajedrez lo incomodaba profundamente.
—¿Ya tiene a alguien en mente? —preguntó, su voz más controlada de lo que realmente se sentía.
Maximus esbozó una sonrisa fina, pero no fue una sonrisa de calidez. Era la sonrisa de alguien que ya había hecho los cálculos.
—Hay varias opciones. He hablado con algunos socios de negocios. Tienen hijas que serían perfectas. Inteligentes, bien conectadas, y, lo más importante, leales a la causa. Ya hemos comenzado las negociaciones.
El estómago de Daniel se revolvió. El peso de lo que Maximus le pedía caía sobre él con fuerza. Un matrimonio arreglado no era algo fuera de lo común en su círculo, pero la idea de vincular su vida a alguien por pura conveniencia le resultaba sofocante.
Y entonces, sin previo aviso, Maximus lanzó la bomba que lo sacudió.
—Clara regresará hoy —dijo Maximus de manera casual, como si no fuera un hecho significativo.
El nombre de Clara atravesó a Daniel como un rayo. Durante meses había intentado ignorar lo que sentía por ella, convencido de que no tenía futuro. Pero ahora, con Maximus hablando de matrimonios arreglados y Clara de vuelta en escena, todo se complicaba aún más.
—¿Clara? —respondió Daniel, intentando sonar indiferente—. No sabía que regresaría tan pronto.
—Ha estado en Europa, en parte por placer, en parte por negocios. La mantuve lejos de todo el drama familiar después de la muerte de Joshua. Pensé que sería mejor así —dijo Maximus con una frialdad que casi le dolía a Daniel—. Pero ya es hora de que vuelva a casa y asuma su lugar en la familia.
Daniel sintió una mezcla de alivio y pánico. Alivio porque finalmente la vería de nuevo, y pánico porque Maximus seguramente sabía de sus sentimientos hacia ella. Y si había algo que Maximus detestaba, era la debilidad.
—Sé que tienes cierto… interés en Clara —dijo Maximus, observando la reacción de Daniel con ojos calculadores—. Pero déjame dejar algo claro. Clara no es parte de tu futuro, Daniel. Ella no es una pieza que puedas usar en este juego. Para ti, ella debe ser intocable.
El tono de Maximus era firme, como una sentencia. Daniel sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Sabía que Maximus era implacable, pero escuchar esas palabras, saber que Clara no era una opción, lo dejó con una sensación de vacío.
—Entiendo —respondió Daniel con una voz que sonaba mucho más segura de lo que se sentía.
—Espero que lo hagas —dijo Maximus—. El matrimonio que te estoy pidiendo no es una sugerencia. Es una orden. Tienes la capacidad de elegir entre las candidatas, pero no hay otra opción. Si vas a llevar el nombre Blackwell a nuevas alturas, necesitas a alguien fuerte a tu lado. Y Clara no es esa persona.
Antes de que Daniel pudiera responder, Maximus se dirigió hacia la puerta.
—Tendremos una cena esta noche para darle la bienvenida a Clara. Quiero que estés presente. Y, por supuesto, algunas de las candidatas también estarán allí. Es el momento perfecto para que empieces a considerar tus opciones.
Daniel asintió, sabiendo que no tenía otra opción. El control de Maximus sobre su vida era total. Cada movimiento que hacía estaba bajo su mirada implacable. Pero por dentro, algo en él luchaba. Luchaba por encontrar un espacio para su propia vida, sus propios sentimientos. Especialmente cuando se trataba de Clara.
***
Esa noche, la mansión Blackwell estaba más viva que de costumbre. Sirvientes iban y venían, preparando todo para la cena de bienvenida de Clara. Daniel, vestido impecablemente, se sentía como un espectador en una obra en la que no quería participar. Sabía que la velada estaba diseñada no solo para celebrar el regreso de Clara, sino también para avanzar en los planes de Maximus. Y eso lo hacía sentirse aún más atrapado.
Cuando Clara finalmente apareció en el vestíbulo, Daniel apenas pudo respirar. Estaba tan hermosa como la recordaba, quizá incluso más. Su cabello castaño caía en suaves ondas sobre sus hombros, y su vestido azul oscuro realzaba la elegancia natural que siempre había poseído. Cuando sus ojos se encontraron con los de Daniel, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Daniel —dijo Clara con una suavidad que lo desarmó—. Es bueno verte de nuevo. Me han contado lo mucho que has cambiado en este último año.
—Clara —respondió Daniel, intentando controlar sus emociones—. Tú también has cambiado. Te ves… increíble.
Ella rió suavemente, pero sus ojos lo examinaron con curiosidad.
—He oído que ahora eres el hombre de confianza de mi padre. Has logrado mucho, según parece.
—Lo intento —dijo Daniel, desviando la mirada. No podía soportar la idea de que Clara descubriera lo que había hecho para llegar a donde estaba. Pero antes de que pudiera decir algo más, Maximus apareció, interrumpiendo el momento.
—Clara —dijo Maximus, con una sonrisa paternal—. Es bueno tenerte de vuelta. Esta cena es en tu honor, pero también para que conozcas a algunos amigos cercanos de la familia. Y, por supuesto, a posibles futuros socios para Daniel.
Clara arqueó una ceja, lanzándole a Daniel una mirada inquisitiva.
—¿Futuros socios?
Maximus sonrió, pero no explicó más.
La cena transcurrió con la presencia de varias personas influyentes. Hombres de negocios, sus esposas, y, como había prometido Maximus, algunas jóvenes cuidadosamente seleccionadas que podían ser las candidatas al matrimonio de Daniel. Todas eran hermosas, ricas y de familias poderosas. Cada una de ellas intentó captar la atención de Daniel, pero su mente no estaba en ellas. Cada vez que intentaba concentrarse en la conversación, sus ojos volvían a Clara, que observaba la escena desde su lugar en la mesa con una mezcla de curiosidad y distancia.
Finalmente, después de varias horas, Maximus se levantó para dar un discurso.
—Quiero agradecerles a todos por venir esta noche —dijo, levantando su copa—. Esta es una nueva etapa para la familia Blackwell, y estoy seguro de que con Daniel a mi lado, seguiremos conquistando nuevos horizontes. Y, por supuesto, una vez que encuentre a la persona adecuada para caminar a su lado, el futuro será aún más brillante.
Daniel sintió una presión creciente en su pecho. La mirada de Maximus era clara: el matrimonio era la siguiente gran decisión que debía tomar. Las opciones estaban sobre la mesa, pero lo que realmente quería —lo que realmente deseaba— estaba fuera de su alcance.
Cuando la cena terminó y los invitados comenzaron a marcharse, Clara se acercó a Daniel una vez más.
—Así que… ¿te casarás pronto? —preguntó con una sonrisa juguetona, pero en sus ojos había una chispa de algo más.
Daniel la miró, sin saber qué responder.
—No es exactamente lo que yo elegiría —admitió finalmente—. Pero en este mundo, no siempre puedes elegir.
Clara lo miró fijamente, y por un momento, el tiempo pareció detenerse.
—Bueno —dijo ella finalmente—. A veces, las decisiones más difíciles son las que más definen quiénes somos.
Y con esas palabras, Clara se marchó, dejando a Daniel con el peso de la siguiente gran decisión en sus manos.