Desde lo alto de su imponente estudio, Maximus Blackwell observaba con detenimiento a Daniel y Clara conversando en el jardín. El sol apenas comenzaba a ponerse, bañando todo con un brillo anaranjado que normalmente calmaría su agitada mente. Pero esta vez, su atención estaba fija en los dos jóvenes, su protegido y su hija, hablando en silencio, compartiendo algo que Maximus sabía que no podía controlar. Había visto ese tipo de conversación antes, una en la que las emociones comenzaban a entrelazarse peligrosamente con los negocios. Maximus apretó el puño que descansaba sobre el escritorio de caoba, con la mirada perdida en ellos. Sabía lo que Clara le estaba contando a Daniel. No era la primera vez que su hija se atrevía a desafiar las reglas, a mostrarle a alguien las verdades ocultas t

