La mansión Blackwell, siempre impecable y en control, parecía estar envuelta en una atmósfera cargada de tensión esa noche. Las luces de la fiesta ya se habían apagado, y el silencio comenzaba a dominar el lugar. Sin embargo, en su habitación, **Daniel** no podía encontrar descanso. Las palabras de Clara seguían resonando en su mente desde su conversación anterior. Sabía que estaba en medio de una tormenta emocional que no podía controlar, pero intentaba mantener la calma, el control que Maximus siempre le exigía.
Se había cambiado ya para dormir, con la mente revuelta por los pensamientos de todo lo que Clara le había dicho. **"No soy una marioneta, no soy tú, Daniel."** Esas palabras le habían dolido más de lo que quería admitir. Pero algo más le preocupaba aún más: los sentimientos que se habían despertado por ella. Sabía que no debía sentir nada, que su relación con Clara era imposible, pero aún así, el fuego interno no se apagaba.
Mientras trataba de convencerse de que todo volvería a la normalidad al día siguiente, escuchó un ruido en la puerta. Era suave, casi imperceptible, pero suficiente para llamar su atención. Pensó que sería uno de los sirvientes, tal vez con alguna instrucción de Maximus. Pero cuando la puerta se abrió lentamente, no era ninguno de ellos.
Era **Clara**.
Daniel se incorporó inmediatamente, la sorpresa y la preocupación inundando su mente. Clara no llevaba el mismo semblante desafiante que tenía cuando la vio por última vez. Su rostro estaba enrojecido, y su caminar, tambaleante. La luz tenue de la habitación apenas iluminaba su figura, pero Daniel pudo ver lo evidente: había bebido demasiado.
—Clara, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó con voz ronca, tratando de mantener la calma, aunque su corazón comenzaba a acelerarse.
Clara no respondió de inmediato. Cerró la puerta detrás de ella con un leve chasquido y caminó lentamente hacia él, sus ojos fijos en los de Daniel. Estaba borracha, sí, pero había algo más en su mirada. Algo que parecía mucho más sobrio que el estado en el que se encontraba.
—No pude dormir —murmuró ella, acercándose peligrosamente al borde de la cama—. Estaba pensando… en todo. En nosotros.
La palabra “nosotros” cayó en el aire como una bomba. Daniel se tensó, alejándose un poco de ella, sin saber cómo reaccionar. Su respiración se volvió pesada, y todo su entrenamiento para mantener la compostura se desmoronaba rápidamente.
—Clara, estás… no deberías estar aquí —dijo Daniel con voz baja pero firme, poniéndose de pie rápidamente—. Estás borracha, y esto no está bien. Debes volver a tu habitación.
Pero Clara no lo escuchó. En cambio, dio un paso más hacia él, hasta que sus dedos se deslizaron por el pecho de Daniel, sobre la tela de su camiseta, tocándolo de una manera que lo hizo contener la respiración.
—Daniel —susurró—, siempre haces lo que se supone que debes hacer. Siempre lo que papá te dice que hagas. ¿No estás harto de eso?
Sus palabras estaban cargadas de algo más que alcohol. Había resentimiento, deseo, y un dolor que Daniel no había visto antes. Su mano continuó explorando su pecho, subiendo hacia su cuello, mientras su respiración se volvía más rápida.
Daniel la agarró suavemente por la muñeca, apartando su mano. Quería mantener la distancia, aunque cada parte de él le gritaba lo contrario.
—Clara, no deberíamos hacer esto. Tú no… —empezó, pero fue interrumpido bruscamente.
—¿Qué? ¿Tengo que seguir jugando el papel de la niña buena que se casa con el hombre que mi padre elija? ¿Y tú, Daniel? ¿Vas a seguir siendo su perrito faldero, obedeciendo sin cuestionar? —preguntó Clara con una amargura punzante en su voz, mientras se acercaba más, sus labios apenas a centímetros de los de él.
Daniel respiró hondo, haciendo un esfuerzo monumental para no dejarse llevar por la cercanía de Clara. Su corazón latía con fuerza, pero se alejó de ella lo suficiente como para crear una distancia prudente entre los dos.
—No soy ningún perrito faldero —respondió él, aunque sabía que esas palabras sonaban huecas. Clara estaba sacando a relucir lo que él siempre había intentado ocultar: su sumisión ante Maximus.
Clara soltó una risa amarga, y se dejó caer en la cama, sus ojos llenos de dolor y rabia.
—¿No lo eres? —preguntó con dureza, mirándolo a los ojos—. Entonces, ¿por qué siempre haces lo que él dice? ¿Por qué sigues sus órdenes como si no tuvieras otra opción? Ni siquiera fuiste capaz de resistirte cuando te dijo que… que mataras a Joshua.
El mundo de Daniel se detuvo en ese momento. El aire se escapó de sus pulmones, y sintió como si todo el peso del universo cayera sobre sus hombros. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo podía saberlo? Su mente giraba en espiral, buscando alguna explicación, pero nada tenía sentido.
—¿Cómo… cómo sabes eso? —preguntó, su voz rota por la sorpresa y el miedo. Sus ojos estaban clavados en los de Clara, buscando alguna señal de que lo que acababa de decir no era real, que no sabía la verdad.
Clara lo miró con una mezcla de dolor y resentimiento.
—Lo supe desde hace tiempo. No soy estúpida, Daniel. Mi padre puede ser un monstruo, pero no es tan buen mentiroso como cree. Y tú… —Se incorporó de nuevo, mirándolo con intensidad—. Tú siempre has tenido esa mirada. La culpa te está comiendo por dentro.
Daniel dio un paso hacia atrás, tambaleándose, como si acabara de recibir un golpe. Nunca había querido que Clara supiera la verdad, no de esa manera. No quería que lo viera como un asesino, aunque eso era lo que era.
—Clara… —murmuró, sin saber qué decir. Las palabras no salían.
Ella se levantó de la cama y se acercó a él nuevamente, esta vez sin la coquetería de antes. Ahora, solo había verdad cruda en su expresión.
—Lo mataste, Daniel. Y no solo lo mataste, te dejaste manipular para hacerlo. Mi padre te convirtió en un asesino. Y ahora… ¿Qué? ¿Vas a seguir dejándote usar? ¿Vas a seguir siendo el cobarde que hace lo que él dice?
—¡No soy un cobarde! —exclamó Daniel, su voz llena de ira y desesperación. La verdad dolía, pero era aún peor verla a través de los ojos de Clara.
—Sí, lo eres —dijo Clara suavemente, acercándose tanto que Daniel podía sentir el calor de su aliento—. Te has dejado atrapar por él. Te ha convertido en su herramienta. Y ni siquiera tienes el valor de enfrentarte a eso.
La tensión entre ambos crecía, y Daniel sentía que el suelo bajo sus pies se desmoronaba. Todo lo que había construido, su nueva identidad, su papel en el mundo de Maximus, ahora estaba tambaleándose bajo el peso de una verdad innegable.
—No tienes idea de lo que tuve que hacer —respondió Daniel finalmente, con la voz rota—. Lo que él me pidió… lo que tuve que sacrificar.
Clara lo miró, y por primera vez, sus ojos se suavizaron, pero aún había fuego en su mirada.
—Lo sé, Daniel. Lo sé mejor que nadie. Pero eso no cambia lo que hiciste. Y ahora, tienes que vivir con eso. O cambiarlo.
Ella se apartó de él lentamente, dándole la espalda mientras caminaba hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un momento y lo miró por encima del hombro.
—Decide quién quieres ser, Daniel. Porque seguir siendo el peón de mi padre te está matando.