PROLOGO: LA AVENTURA MÁS ROMANTICA DE MI VIDA
El suave y fresco viento nocturno del vasto desierto que nos rodea acaricia mi piel cuyas heridas resaltan mi cansancio interno tras la intensa aventura que viví en el medio oriente hace tan solo unas semanas atrás. Contemplando la enorme luna llena que ilumina el árido horizonte cuyo escenario es digno de un relato similar a las mil y una noches, junto al estrellado firmamento que decora el oscuro cielo que cubre las enormes dunas desérticas, finalmente siento tranquilidad y deseos de sonreír después de días de intenso riesgo, fuertes penurias y, por supuesto, un ardiente romance que comenzó cuando la conocí hace varias semanas atrás. Moviendo mi cabeza hacia un costado, la veo a mi lado descansando tranquilamente y no puedo evitar preguntarme ¿Quién es ella? ¿De dónde viene y cómo puede una bella dama ser tan brava y apasionada como el mejor soldado de toda Inglaterra? ¿Quién es en realidad la joven doncella Elizabeth Foltron?
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Todo comenzó el 14 de Junio de 1881, cuando partí en misión diplomática a la ciudad de Q’Jirher la capital del imperio Tarano, uno de los remanentes del extinto imperio Bizantino que aceptó convertirse al Islam para salvarse de la furia del ejercito Otomano. Mi deber era el crear una alianza económica con el Jeque de la ciudad, Samhud Gizah, un hombre de cuestionable reputación que muchos creían que solo era una marioneta al servicio de otro poderoso que nunca mostraba su rostro delante de los demás. Gizah poseía una actitud en apariencia razonable cuando estaba en público pero se sabía que aquel caballero de finos modales desaparecía cuando se encontraba a solas, apareciendo en su lugar una bestia feroz capaz de los actos más despreciables e inimaginables que helarían la sangre de quienes tuviesen la mala suerte de verlo actuar. Otro de mis motivos para aquella visita era por razones humanitarias, se sabía que Gizah poseía un gran número de esclavos que embellecían la ciudad a coste de sus vidas y la idea de una revuelta se estaba volviendo cada vez más latente dentro de la ciudad. Revuelta que podía interferir con las negociaciones entre Inglaterra y Tarano, por ese motivo me dirigía con intenciones de persuadir a la elegante bestia de Q’Jirher.
El viaje hacia aquella ciudad portuaria fue de un mes de duración en donde pude hacer una muy buena amistad con el capitán del Dorothy, la nave en la que viajaba. Siendo un hombre rudo pero de finos modales, aquel bravo marinero me invitaba a cenar todas las noches a su camarote con intenciones de entablar una conversación.
- ¿La cena le es deliciosa señor…?- me preguntó la primera vez que cenamos y hablamos de mi misión diplomática en Tarano
- Stinger, Jack Stinger- me presenté con mi habitual sonrisa halagadora- y sí, la cena es esplendida capitán Bowers
- Me alegra oírlo, espero que disfrute del bistec porque es seguro que en Tarano no volverá a tener una comida tan decente como la que tiene en mi camarote- me aseguró Bowers tomando un poco de vino
- ¿A qué se refiere con eso capitán Bowers?- le pregunté consternado ante tal observación
- Pues verá señor Stinger, la corte del Rey Gizah- me contó Bowers pero lo interrumpí señalándole
- Jeque
- Perdón, Jeque, es conocida por ser muy egoísta con todo el mundo. Gizah es un hombre muy egoísta y aniñado que siempre desea que le sirvan lo mejor mientras el resto come sus migajas. Una vez fui invitado a cenar con él y mientras Gizah comía un digno manjar, yo me tuve que conformar con unas pocas frutas que apenas saciaron mi apetito- continuó Bowers provocándome una pequeña risa incomoda- Gizah pertenece a una vieja casta de reyes o jeques, como usted prefiera, cuyo pensamiento medieval se basa en el autoritarismo, la tiranía y la soberbia. Aunque Gizah no lo diga en voz alta, él cree ser el hijo de Dios o un Dios y su sacerdote al lado se hace cargo de recordárselo a cada minuto
- Pensé que eran Islámicos- le contesté sorprendido mientras tomaba un poco de vino
- ¿Que no se lo contaron?- me preguntó Bowers sorprendido- cambiaron de religión hace veinte años atrás, solo Dios sabe a quién le oran ahora
Pasadas las cuatro semanas, me desperté a la mañana siguiente cuando el sonido de campanas se oyó en todo el barco y el marinero que se encontraba en el mástil gritó:
- ¡Tierra a la vista!
Levantándome con rapidez, me cambié y me dirigí a donde estaba la proa solo para ver la enorme ciudad de Q’Jirher en el horizonte, siendo su enorme cúpula dorada lo que más sobresalía en la distancia. Sin siquiera sospechar lo que se me avecinaba, pude sentir como mi aventura acababa de comenzar.