UNA ELECCIÓN IDIOTA

1399 Words
Maddox se sirve un café de la cafetera que está sobre la mesa. —En fin, no convirtamos esto en una competición de golpes. Todos sabemos que ganaría—. Mason suelta otra carcajada. —Lo dice el que se acuesta incluso menos que Elijah—. —Mi celibato es una elección, idiota—, bromea Maddox, esquivando la servilleta hecha una bola que Mason le lanza a la cabeza. —Nunca me poncho, así que mis estadísticas son perfectas—. Le doy otro sorbo a mi bebida, saboreando el cálido subidón del alcohol y la sensación aún más cálida de estar rodeado de mis hermanos de nuevo. Ha pasado demasiado tiempo desde que estuvimos todos en la misma habitación, intercambiando pullas y bromas privadas como si no hubiera pasado el tiempo. Mi relación con estos chicos no es perfecta, pero son la mejor familia que uno podría desear. —Bueno, Drake —Mason se inclina hacia adelante con un brillo en los ojos—. Volvamos al punto de partida. Anoche me ignoraste. Al menos me debes algunos detalles; cuéntanos más. ¿Cómo la conociste? Abro la boca para responder, pero la cierro. En serio, ¿qué más puedo decir? Ni siquiera sé su apellido, dónde vive ni ningún dato que la identifique. Debería ser olvidable al instante, simplemente otra noche placentera de sexo mutuamente satisfactorio. La verdad es que recuerdo demasiado de ella. Recuerdo el sabor de su coño y casi puedo sentir su semen sedoso en mi lengua. Lo húmeda y apretada que estaba cuando deslicé mi polla dentro de ella y los sonidos sensuales que hacía al correrse. Cómo sonaba mi nombre en sus labios, como si no tuviera ningún control sobre ello. Peor aún, recuerdo otras cosas, cosas de antes de desnudarla. Su risa. La tristeza que se escondía tras su sonrisa. El brillo de sus ojos al hablar de sus amigas y de su madre. Cómo me retó durante el desayuno. Era la combinación perfecta de dulzura y picardía, y hasta pensar en ella me distrae. Debería haberle pedido su número, debería haberle pedido que volviera a verla. Pero soy yo: no me gustan las relaciones y no rompo mis propias reglas. Así que, en lugar de eso, la dejé plantada en cuanto terminamos de follar y la dejé en paz. Se la entregué a Constantine como si no fuera más que un paquete que necesitaba entregar. Eso es lo otro que recuerdo. La forma en que me miró al irse, envuelta en ese vestido arrugado de dama de honor. Estaba decepcionada de mí, y lo odiaba. Mis hermanos me miran fijamente, esperando mi respuesta. Y supongo que es culpa mía no haberlos callado del todo. No le dije a Mason que se fuera al diablo. La dejé entrar en la conversación, en mi mente. Quizás sí quiero hablar de ella. Demonios, quizás la ahuyente si lo hago. —Bueno, si de verdad quieres saber...— —Oh, debemos hacerlo —interviene Nathan, ampliando su sonrisa. Me aclaro la garganta. «Me topé con esta boda por casualidad. Por pura casualidad, claro». Mason niega con la cabeza, divertido. —¿Cómo demonios te metes en una boda, hermano?— Me recuesto en la silla, con una sonrisa irónica en los labios. —Bueno, es una larga historia, pero digamos que incluyó el mejor filete que he comido en mi vida, un buen esmoquin y barra libre—. Elijah resopla. —Bistec y licor de primera, debería haberlo sabido—. —En fin—, continúo, ignorando su comentario. —Ahí fue donde la conocí. La vi desde la puerta, sentada sola, y supe que tenía que ir a hablar con ella. No puedo explicarlo, simplemente sentí la llamada, ¿sabes? Había una mesa de recepción donde se suponía que los invitados debían firmar y había etiquetas con sus nombres, lo cual me pareció raro porque era una boda, no un evento corporativo. Pero cogí una y entré sin pensarlo—. —¿Quién eras?—, pregunta Maddox, centrándose inmediatamente en algo que esperaba evitar. Lo miro con los ojos entrecerrados. —Charlie—. —Sí, pero ¿Charlie qué? —Me sonríe, y me pregunto si de alguna manera aprendió a leer la mente en algún retiro budista en Nepal o lo que sea. —Charlie Cockburn-Cummings, ¿está bien? Aullidos de risa estallan por toda la habitación y tengo que unirme a ellos. Es, después de todo, jodidamente divertido. —No me sorprende que no estuviera allí—, dice Elijah, con una sonrisa burlona. —Probablemente estaba demasiado avergonzado—. —Sí, ¡creo que lo conocí una vez en la fila de la clínica de gonorrea! —añade Mason entre carcajadas—. Necesitaba crema para la irritación del pene. Maddox intenta mantener la calma y la serenidad, pero al final él también se quiebra. —Quizás era inglés—, añade. —En Inglaterra, nadie se inmutaría ante un nombre así. Cuando estuve allí, conocí a un tipo llamado Nathaniel Gildenballs, no bromees. En fin, sigue, Drake. Charlie. Quien sea. ¿Te colaste en una boda y te liaste con alguien de una noche?— Eso es más o menos. —Sí. O sea, conocía a la pareja: Tucker McDaid, que creo que trabaja en la Fiscalía General, ¿y Emily Gregor? Ella también me sonaba.— —Conozco a Emily—, dice Elijah. —Todos la conocen, o al menos han estado en la misma habitación. Forma parte de algunas de las mismas juntas directivas de organizaciones benéficas que Amber. Es una de esas mujeres que conozco sin saber realmente—. Se encoge de hombros. —Supongo que fue una fiesta de bodas bastante buena, ¿no?— Lo fue, si te gustan ese tipo de cosas. Pero lo que más me atrajo fue esta chica. Estaba en la fiesta de bodas, todavía con un vestido morado que era claramente incómodo. En serio, parecía que quería salirse de su piel. Así que tomé mi whisky y me senté a su lado, y... Me pierdo en el recuerdo por un momento. —¿Y?—, pregunta Maddox, inclinándose hacia adelante, con interés. No me sorprende. Nunca hablo así. Nunca me siento así. ¿Qué demonios es esto? Niego con la cabeza, volviendo al presente. «Y terminamos hablando durante horas. Bailamos un poco. Luego nos encontramos en uno de los jardines detrás del hotel. Una cosa llevó a la otra, y...» —¿Y la ataste con una manguera de jardín colocada convenientemente?—, sugiere Nathan con una expresión falsamente inocente. Pongo los ojos en blanco. —Deja ya de chistes de cuerdas, gilipollas. No hagas que me arrepienta de haberte contado eso. No, simplemente... conectamos. Y sí, ya sé, soy yo quien parece que ahora ve demasiado Netflix. Volvió a mi habitación, y eso es todo lo que van a conseguir, pervertidos—. Mis hermanos intercambiaron miradas, claramente desconcertados por mi inusual sentimentalismo. Para mí, eso fue como una declaración de amor. —Entonces, ¿de verdad hablaste con ella antes de acostarte con ella? —pregunta Mason, con un tono menos provocador y más genuinamente curioso—. ¿Se quedó a dormir en tu suite o la echaste en cuanto te corriste? Joder. Probablemente debería haber hecho lo segundo. —Sí, hablamos, y sí, pasó la noche aquí. Y no, no te voy a dar más detalles—. —Hermano, suena genial. En serio, ¿por qué no conseguiste su número? —pregunta Mason, frunciendo el ceño. —¿Qué te hace pensar que no lo hice?— —Qué cara tan mala tienes, tío. Intentas hacerte el interesante, pero por cómo hablas de ella... es como si supieras que no la volverás a ver. Me encojo de hombros, intentando aparentar indiferencia, aunque tiene toda la razón. —Ya me conoces. No me gustan las relaciones. Fue solo una noche, nada más—. Pero mientras digo esas palabras, siento algo que me corroe las entrañas. ¿Arrepentimiento, quizás? Algo que no reconozco, al menos. Algo que no estoy segura de que me guste. ¿Cómo demonios logró Katherine irritarme así después de solo una noche? Ninguna otra mujer me había causado este efecto, y no tengo ni idea de qué hacer al respecto.
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